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Pedraza

Corría el año 2009 y yo, a mis 20 añitos, me enfrentaba a uno de los mayores retos de toda la humanidad: guiar por primera vez a un grupo. Bueno seguro que ahora estáis pensando que no es para tanto, pues si, para mi lo era. Yo, tan yogurina, tan inexperta, con las piernecitas temblando, una carpeta bajo el brazo para parecer profesional y unas extensiones horribles (¿ de verdad me veía mona así?), me puse delante de un grupo y les dije: Pues eso, que voy a ser vuestra guía. Ya os podéis imaginar la cara que puso el grupo. Una abuela me dio hasta un bocata, me vio cara de nieta.

Una vez pasado el shock inicial, pusimos camino de Segovia. Cada vez que recuerdo aquel primer viaje me entra vergüenza ajena, pobre grupo. La voz me temblaba, el chófer era murciano cerrao y yo no lo entendía, y nunca en la vida había estado en Castilla y León, imagínense la situación.  Pero de pronto, llegamos a un pequeño pueblecito y mi suerte cambió. Pedraza, tan bonito, tan rural, tan tranquilo, taaaaaan todo, que me enamoré de él nada más poner el pie en el suelo. Fue mi primer gran amor viajero, fue dónde descubrí que mi pasión era visitar pequeños pueblitos bonitos. Pero estaba tan nerviosa que no pude disfrutarlo como yo hubiese querido, así que durante muchos años, Pedraza ha sido mi espinita clavada en mi cuaderno viajero.

Y ahora ya, a mi vejez ( que 8 años no es tontería, ¿eh?) decidí que era hora de volver. Cogí mi súper Nikon, me puse mona para la ocasión (no todos los días te reencuentras con un viejo amor) y hacia Pedraza que nos fuimos. Y si, es tal y como lo recordaba, bonico del todo.

Si vais en coche no tendréis ningún problema, repartidos por todo el pueblecito hay varios parkings donde poder dejar el coche y empezar a callejear. Nos da la bienvenida una antigua puerta de la muralla, conocida como la Puerta de la Villa. Es traspasar este arco y sentirte como en la Edad Media. De ella parten varias callecitas, escoger la que más os guste, todas  merecen la pena: casas llenas de tiestos con flores, viejas puertas, vid colgando de los muros… Pero si además queréis empaparos con algo de historia, justo al ladito de la puerta se encuentra la antigua cárcel, donde se pueden visitar las diferentes salas y aprender un poquitín sobre la historia local (precio 3€).

Pero el verdadero encanto de Pedraza reside en sus calles, oye y no lo digo yo. Sus vecinos han visto rodajes como Águila Roja, Toledo, e incluso aquel famoso anuncio de la lotería de navidad, donde Rafael entonaba el Na, na na na na naaaaa (sabes que lo has leído cantando). Así que, viajero mío, va siendo hora de que saques tu cámara a relucir y te saques unas cuantas fotos de postureo, ¡de esas que tanto nos gustan! ¡Qué no todos los días estamos paseando por las calles donde gravó el mismísimo Rafael!

Y uno de los puntos más fuertes que tiene Pedraza es su Plaza Mayor. Y aquí estoy indignada. Señor Alcalde o Alcaldesa de Pedraza, llevaba yo esperando volver a su municipio 8 añacos, y cuando llego a la plaza que recordaba con tanto cariño, ¿con qué me encuentro? ¡Con la plaza de toros medio a montar! ¡No pude hacerme la foto en esa plaza taaan bonica! Mira, casi me faltó llorar. Pensaréis que soy una peliculera, y si, pero vamos que a mi estas cosas me afectan mucho y casi no duermo yo luego por la noche. Pero que lo sepáis, Pedraza tiene una de las plazas mayores más bonicas que e visto en mi vida. Queda dicho.

Así que algo cabizbaja, seguí mi camino hacia el Castillo. Tengo que reconocer que se me pasó a los dos minutos cuando vi una casa hiper mega mona llena de florecitas como a mi me gusta, y le hice unas cuántas fotos. Si, a veces soy así de simple. Pues eso, que llegamos al Castillo y la vista es genial. Allí tan imponente, se alza la fortaleza de origen árabe. Se conserva muy muy bien y paseando por su interior te puedes llegar a sentir como la dueña y señora de Pedraza, que a mi eso de venirme arriba me lleva poco tiempo. Por si os interesa visitarlo la entrada son 6€ y abre de miércoles a domingo.

Hay algo muy curioso que siempre he querido ver de este encantador pueblo y es la famosa Noche de las Velas. Durante los dos primeros sábados de Julio, el pueblecito se llena con casi 40.000 velas repartidas por todas sus calles. Además se realizar actividades culturales y conciertos durante estos días…¿algún alma caritativa segoviana me quiere adoptar para julio? ¡Cruzo los dedos para poder ir al año que viene!

Y como no…¡no os podéis ir de Pedraza sin comer un buen cochinillo! Qué estamos en la provincia del buen yantar, y para los amantes de la carne es toda una delicia. Pero os voy a confesar algo, eso si, que no salga de aquí y se enteren los segovianos… no me gusta eso de que me sirvan el pobre cochinillo enterito… me da una penita verlo ahí. Eso si, ¡huele que alimenta!

Tenía tantas, tantas ganas de volver a mi primer pueblito bonito que la mañana se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Para mi, Pedraza siempre tendrá un huequito especial en mi corazón.

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

La antiblogger

¿Sabéis de esas influencers (llámense de viajes, moda, estilo de vida fit…) que siempre salen hiper mega monas en las fotos? Pues bien, dadle la vuelta a todo eso y me tendréis a mi. Así tal cual, influencer de pueblo.

Que a mi me dan envidia sana, y lo reconozco. Pero siempre me pregunto: ¿Son de este planeta o las han traído una serie de marcianitos con la malvada idea de conquistar nuestro mundo a base de melenazas surferas y dientes blanquísimos? Pensadlo bien, igual el día que menos lo esperemos…zasca!!! Darán el golpe maestro a nuestro influenciable mundo.

¿Qué no? Mirad la primera prueba está en su pelazo. Cualquier blogger mortal de este mundo no tiene esa melenaza. Se levantan de dormir, melenaza; se van a dar un paseo por el parque mas cool del mundo, melenaza; ojo, se van a la playa y… ¡¡¡melenaza!!! ¿Cómo es posible si yo voy a la playa y a los dos segundos tengo el pelo tan a lo rey de la selva que hasta me envían whatsapps los del musical para ser parte del elenco (y ahorrarse así las pelucas). ¿Por qué yo me levanto con unos pelos nivel loca de los gatos y ellas parece que se vayan a casar? ¿Qué mundo injusto y cruel es este?

Pero no, la cosa no acaba ahí, en todos estos meses de influencer de pueblo, me he percatado de otra señal extraterrestre: solo comen fruta y ensaladas. Y no solo eso, se parten de risa mientras comen esas cosas insulsas e insípidas. Que si, no nos engañemos, que mucha vida fit y demás, pero cuando nos plantan una buena paella (valenciana por cierto), un buen cocido, o una buena hamburguesa XXL, ¡se nos hace la boca agua! En cambio ellas, míralas, divirtiéndose al máximo con su ensalada de brotes verdes de lechuga con semillas de chía y quinoa…¡puaj! ¿Habéis probado la quinoa? No lo hagáis, ya me lo agradeceréis. Pues si, las super influencers de hoy en día, se divierten comiendo lechuga. Extraterrestres.

Y tengo la teoría de que estas influencers de otro planeta tienen todo el dinero del mundo disponible a su alcance. Que si me hago una foto en una playa paradisíaca de una isla desierta privada en pleno Mar Caribe;  Que si me alojo en un hotelazo de 8 estrellas ( lo de 5 estrellas es para cutrecillos); Que si os muestro lo guays que son las sábanas de cuatro hilos de oveja virgen enrrollándome en ellas y haciendo que me acabo de despertar…. Pues yo me alojo en hostales, para sacar una foto de un monumento sin nadie alrededor me puedo tirar como tres horas esperando el momento oportuno, y me llevo la mochila con un bocata, que así me ahorro un dinerillo oye.

Y ya para que hablar de esos cuerpazos que tienen. Piernas kilométricas, ojazos grandes, sonrisa perfecta y blanca… y sin una sola estría o celulitis en tooodo su cuerpo. Y claro, luego la influencer de pueblo, se pone a hacerse fotos en sitios muy cools como Albacete o Ávila y pues no, el resultado no es el mismo. Siempre me sobra alguna lorza, o me ha salido un grano justo en la punta de la nariz, o me ha salido una nueva estría que hace una semana no estaba ahí… ¡A este paso los seguidores los consigo con cuentagotas!

¿Pero sabéis que? Cuando ya creía que si no eres una mujer 10 no puedes inspirar a nadie se cruzó en mi camino LuciaBe, ella, tan de pueblo, tan mona y tan ámate a ti misma. Gracias a ella me di cuenta de que somos todas muy bonicas, que mas da si tu talla es una 34 o una 44, que más da si tu culete no está tieso, qué más da si sales mal (pero mal) en todas las fotos. Todo eso qué más da, somos mujeres de verdad. Somos viajeras a las que no les importa salir mal en la foto, lo que nos importa es contar la realidad de los viajes, contar la realidad del día a día de una mujer. Porque si, comemos ensalada, pero también, hamburguesas, pizzas y perritos; tenemos días de pelufos, pero también días en los que te plantas un lazo y te sientes bonita. Y nuestras fotos muestran eso, la realidad. Y sea cual sea nuestra realidad, es la más bonita de todas.

Así que antibloggers mundanas del mundo… ¡seguid sumando kilómetros! ¡Y a posturearlos en Instagram!

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Road trip: las fiestas de pueblo

Pues si, que vivan las fiestas de pueblo.

¿Me vais a negar que no os mola cantidad bailar en la verbena de vuestro pueblo? Aunque durante el resto del año seamos los más cosmopolitas del mundo, es llegar agosto, irnos a casa de la abuela y nos trasformamos en una versión 1.1 de nosotros mismos (eso del 2.0 lo dejamos para la city).

Y os estaréis preguntando que hace un post como este en un blog como este. Pues bien, yo, como buena chica viajera, tengo creada una ruta de fiestas la cual me obliga a hacer más kilómetros con mi cochecito que un road trip por la ruta 66. Empezamos flojito en junio (no vaya a ser que nos perdamos alguna), ya en julio vamos calentando motores, y sin darte cuenta llega el plato fuerte: agosto, ahí ya, el cuerpo está tan cansado de bailar la canción de Despacito, que te aparece hasta en tus peores pesadillas. Y diréis, bueno ahí termina todo, ¡pues no! En septiembre vienen las súper fiestas de mi pueblito bonito y ahí si, es cuando te dejas la piel. Te pones la camiseta de tu peña (solo hay una para todos los días, así que al final de las fiestas, la camiseta anda sola), te preparas tu colección de gafas de sol (hay que aguantar como una campeona las mañanas con la charanga), y lo más importante de todo, te pones bien mona para las verbenas de la noche, que competimos por ver quien lleva el mejor modelito de las fiestas.

Y estas noches en las verbenas son las que luego recuerdas el resto del año enfrente del ordenador de la oficina. Y es que, lo mismo te da si bailas un pasodoble o una de perreo (bueno, eso serán las jovenzuelas de hoy en día, que a mi eso de mover el culo pa’ rriba y pa’bajo como que no se me da bien). La cuestión es darlo todo hasta que el sol te de los buenos días. ¿Y luego a dormir? Noooooo, por Dios, la gente de pueblo estamos hecha de otra pasta. Después del perreo intenso , nos tomamos unos churros con chocolate (o un kebab, eso depende del estómago de cada uno), y nos vamos junto con la charanga (benditas charangas, ¡monumento nacional ya!) a ver a quién pilla la vaquilla esa mañana. No se, llamadnos bestias, pero aquí en mi pueblo, día que no pilla a nadie, día que la gente se va a aburrida a casa… somos así, que vamos a hacerle.

¡Y la cosa no acaba ahí! Corre a tu casa, dúchate, y como buen valenciano vete al parque del pueblo a comerte la paella gigante. Yo he llegado a ver, a una mujer con una olla (de esas gigantes del puchero), ¡para que se la llenaran de arroz y así comer toda la semana! Y de esto me acuerdo a la perfección, doy fe que solo tenía una mínima resaca. Y ahora si, es justo cuando el cuerpo te pide un poco de descanso, que a los de pueblo eso de la siesta nos va muchísimo. Así que te vas a casa y al fin, te espera tu soñada cama.

¡Ey, pero no te confíes! Que en mi tierra nos van los petardos más que un niño a una piruleta. En cuanto más agustito estás, aparecen unos niños del mismísimo diablo… ¡¡¡¡¡¡y se ponen a tirar petardos en tu ventana!!!!!!! Así que ya piensas, bueno pa’que voy a dormir, te levantas, te plantas tu camiseta de la peña y te vas al bar a tomarte la primera de la noche. Y de nuevo, vuelta a empezar.

Pues si, viajeros, este es mi road trip de todos los veranos, me conozco la zona de mi alrededor al dedillo. Y en el fondo sabéis que tengo razón, sabéis que no deseáis que llegue verano para iros a una playa desértica del Mar Caribe… ¡si no para bailar Despacito hasta que te duelan los pies!

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros, bien sea a la China, a Canadá o a las fiestas del pueblo de al lado!

¡Qué vivan los pueblos y su gente bonita!

 

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Playa de Valdevaqueros

¿Queréis alegraros la vista viendo a chicos hiper mega guapos surcando las olas? ¡Pues bienvenidos a Valdevaqueros!

Allí estaba yo, en una de las playas más bonitas que había visto en mi vida, cámara en mano, esperando hacer mil fotos del paraíso, pero no, mi mente estaba ocupada en otra cosa… ¿habéis visto lo bien que les queda el traje de neopreno a los surferos? Ay Dios mío. Amorcillo, si lees esto, yo te quiero mucho, pero es que algo así solo lo había visto en las películas…

Pues a la media hora de estar yo allí embobada, me di cuenta de que las piernas me empezaban a doler…¡era como si miles de mosquitos me picaran todos a la vez! ¡El espectáculo era tan bonito como picante! El viento de levante levantaba la arena y hacia que se vieran olas en la arena, pero eso si, esas olas se estrellaban en tus piernas, ¡y duele mucho! Fue entonces cuando salí de mi mundo de imaginación de los Vigilantes de la Playa y me percaté de lo bonita que era la playa.

La arena era blanca, blanquísima diría yo. El agua, parecía sacada de una postal del Caribe, azul cielo. Y para rematar el conjunto, las dunas que se iban perdiendo en el horizonte. Empezamos a andar para alejarnos un poco de la gente, ya que aunque era maravilloso verlos volar en el aire con sus tablas, la playa merecía que le dedicaramos un largo paseo y unas mejores fotos.

Tuvimos la gran suerte de pillar marea baja y al poco de empezar a andar, cuando ya la gente quedaba a lo lejos, llegamos a una zona llena de pequeñas roquitas que al subir la marea quedaban escondidas. Y desde aquí, señores creadores de Juego de Tronos, si algún día leen esto ( yo apunto alto, oye), que sepan que sería un lugar fantástico para rodar alguna de sus escenas.

Yo me sentía como si estuviera en una película, como si los piratas fueran a venir de un momento a otro a guardar algún tesoro en las dunas que teníamos detrás. Al rato de estar soñando otra vez, salí corriendo del agua ¡qué fría estaba! ¡tenía los pies congeladitos!

Seguimos caminando un poco más y llegamos a lo que en principio parecía otra escena de película: los restos de un barco hundido. Me puse a hacer unas cuantas fotos, cuando de pronto caí en lo que era: una patera. No podía creerlo, a veces no somos conscientes sobre la realidad. Lo que para mi estaba siendo el paraíso, para estas personas que intentaban tener una vida mejor, había sido el infierno. Cada año miles de personas pierden la vida en nuestras costas y a veces, es mucho mejor mirar hacia otro lado y no querer ver la realidad. Pero allí estaba, me senté a su lado y empecé a llorar. Hacía viento, mucho viento… ¿se habrían hundido en un día como el de hoy? Se que siempre suelo escribir medio de broma, pero me sentí destrozada en ese momento y solo pude desearles suerte a todas aquellas personas que sueñan con una vida mejor.

Decidimos que ya era hora de volver, pero nos quedaba algo por hacer: subir una duna. Si, ahí a lo loco. Yo pensé: total, si al bajar la duna está la carretera, no se tardará mucho, ¿no? ¡Maldito el momento en el que tuve la idea! Después de una media hora larga, ¡la duna seguía creciendo! Cuando creíamos haber llegado a la cima… nooooooo era solo un espejismo,¡aún quedaba más!

¿Pero sabéis qué? Fue lo más bonito de todo el viaje. Allí arriba, viendo la panorámica de la playa, solo el amorcillo, la arena y yo, sentí una paz enorme. El tiempo se había parado y simplemente me senté y disfruté de las vistas. Pero tranquilos, ¡qué al fin llegamos a la carretera! ¡solo nos faltó besar el suelo!

Viajeros míos, si queréis pasar un día disfrutando de las olas, practicando un poquito de windsurf, recorrerte las dunas cual intrépido viajero en el Sahara, o simplemente convertirte en un cangrejito, la Playa de Valdevaqueros es tu opción número uno.

¡Ah y recordar las magníficas vistas con neopreno!

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

El Tumbao. Clases de windsurf y kitesurf

Hostal el Levante. Tarifa

 

 

Hello Gibraltar

¿Sabéis las ganas que tenía de volver a comer un buen fish and chips? Hace ya 6 años, (¡cómo pasa el tiempo!) cogí las maletas y me fui un año a vivir a Inglaterra. Allí aprendí a conducir por la izquierda, a llevar un chubasquero siempre en el bolso y a comer muchos, muchos fish and chips. Así que ya de camino hacia Gibraltar solo iba pensando en el festín que me iba a pegar.

Llegando nos surgió la primera duda, ¿dónde aparcamos? Pero al ver la cola de entrada en la frontera lo tuvimos claro, aparcamos en la parte española, en la Línea de la Concepción. Eso si, si queréis llenar el depósito de gasolina ¡entrar el coche al peñón! ¡Menudos precios más baratos! Le hice foto y todo para luego llorar cuando tuviera que poner la gasolina en mi pueblo… La única parte mala de aparcar en el parte española es que es todo zona azul, así que nos tocó pasar por caja y dejarnos unos cuantos eurillos en La Línea.

A la hora de pasar la frontera no tendréis ningún problema, enseñando el DNI y en tan solo unos segundos…¡te encuentras en otro país! Y no solo eso, ¡te encuentras con un aeropuerto! A partir de aquí tienes dos opciones: ir andando hasta Main Street (es un paseíto de unos 20 mintuos) o coger un autobús urbano que os va a dejar en el centro de la ciudad, el cual tiene una parada justo al lado de la ‘valla’ así que no tendréis ningún problema en localizarlo. Yo quería la típica foto de postureo cruzando el aeropuerto con el peñón al fondo, así que elegí ir andando y disfrutar del solecito gibraltareño.

Llegó un momento en el que no sabíamos muy bien por donde ir, así que preguntamos a una mujer que vimos por allí: ‘Excuse me, Where is the Main Street?’  A lo que la mujer nos miró y nos dijo: Pues lo tenéis muy fácil, to parriba. Gibraltar es to roca y to parriba’. En ese momento entendí que poco inglés iba a practicar yo… Y por si no fuera poco añadió: ‘Ufff que calor hace hoy, mi arma. Los guiris nos ponemos muy rojos en cuanto llega el buen tiempo’. ¡Pero como mola la gente de Gibraltar! ¡Esto de poder hablar con un inglés perfecto y con acento andaluz al mismo tiempo es todo un lujazo!

Con una gran sonrisa pasamos los dos puentes que dan acceso al casco antiguo y llegamos a ……. Allí yo ya no pude aguantar más las ganas de comerme un buen fish and chips y nos sentamos en el restaurante Rock English Fish and Chips ¡Y menos mal que pedimos el pequeño! ¡Era enorme y estaba buenísimo! Nos trajeron una salsa tártara que estaba para chuparse los dedos y unas patatas caseras que estaban para hacerle un monumento. ¡Cómo disfruté! Por 8 libras comimos mi amorcillo y yo súper bien. Él, que nunca había probado este plato, salió encantado. ¡A la próxima en Londres!

Seguimos nuestro camino por Main Street, y aquí fue cuando reviví mi época londisense: Mark and Spenncer, Top Shop, chololate Cardbury, pubs ingleses… Y si a todo esto le añadimos que la calle es preciosa, toda decorada con farolas de las cuales cuelgan flores de colores y casas señoriales con fachadas dignas de fotografiar, hace que el paseo por esta calle sea de lo más agradable y disfrutes de cada rinconcito.

Después de fundir mi tarjeta de crédito, que oye, esto de que los precios estén más baratos es todo un peligro, llegamos al final de Main Street y nos encontramos con un cementerio precioso. Si, se que esto de visitar un cementerio suena algo raro, pero merece la pena. En el yacen alguno de los que lucharon en la famosa Batalla de Trafalgar, en la Batalla de Algeciras, Sitio de Cádiz y la Batalla de Málaga. ¡Vamos, un lugar súper recomendado si eres un amante de la historia militar!

Y a pocos metros del cementerio, llega la atracción estrella de Gibraltar: el peñón con sus famosos monos… Si, esos monos que como te acerques mucho ¡te quitan hasta los pendientes de oro que lleves puestos! Todo aquello que reluzca capta su atención, ¡así que mucho cuidado con vuestros objetos personales! Quitando esto, la verdad es que es encantador poder contemplarlos en total libertad. Y por cierto, me contaron que corre una leyenda que el día que los monos desaparezcan de Gibraltar, ésta será española… así que gibraltareños ¡cuidar bien a vuestros monos!

Y para subir a ver el paraje natural del peñón hay varias opciones: el teleférico que cuesta 19€ subir y bajar, un bus turístico, que cuesta 30€ pero hacen varias paradas por el recorrido, y un taxi privado, son un poco más caros, pero puedes bajar allí donde quieras y puedes pactar el precio con el conductor desde un principio. Y las dos opciones low cost: en tu propio coche si lo has entrado, y la más mega económica, a pie (esto solo los recomiendo para los súper héroes). Ya, como subas lo dejo a tu elección, ya que cualquiera merece la pena para poder disfrutar de las maravillosas vistas que se observan desde el peñón.

A la bajada decidimos parar en el Jardín Botánico para tomar un poco el fresquito (que menudo calor nos hizo mi arma). ¡Y que agradable sorpresa! ¡Qué sitio más bonito! Tiene rincones preciosos con pequeñas cascadas, peces koi, cabinas telefónicas, cientos de flores… ¡e incluso si hay suerte se puede ver algún monito que otro! Si vais con peques es una visita súper obligatoria ya que pasarán un ratito muy entretenido (y los no tan peques también).

Para mi, visitar Gibraltar fue como transportarme a otra época. Me encantó volver a escuchar inglés mientras andaba por la calle, pero sobretodo me encantó ver la amabilidad de sus gentes. En todo momento nos atendieron con total amabilidad y salero, ¡los ingleses más salerosos del mundo mundial!

Así que, viajeros míos, si queréis descubrir algo totalmente diferente a pocos kilómetros de casa, Gibraltar es vuestro destino ideal. En tan solo unos minutos descubriréis una cultura y tradiciones diferentes. Abrir la mente y aceptar las decisiones de los demás, Gibraltar es inglés y yo, como buena viajera, estoy encantada de que así sea.

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

 

Tú, mujer viajera

¿De verdad vas a viajar sola?

Contemplo la escena desde la lejanía. La chica lleva una gran mochila a cuestas, zapatillas y un libro en la mano. A su lado, su madre no entiende nada. ¿Cómo es capaz su niña de volar ella sola por el mundo? ¿No le da miedo?

Miro a la valiente viajera a los ojos, si, tiene miedo. Sabe que va a tener que romper muchas reglas, tendrá que echar abajo muchos estigmas. ¿Por qué una mujer no puede viajar sola? ¿Acaso necesitamos un hombre a nuestro lado que luche por nosotras?

Isabella Bird, la viajera escritora.

No, claro que no lo necesitamos. Todas y cada una de nosotras libramos pequeñas batallas personales que, al juntarse, conforman una gran revolución femenina: Lucha por equiparar tu salario al de tu compañero, lucha por conseguir el puesto más alto en tu empresa, lucha por ser madre y no perder tu empleo, lucha por tu espacio personal, lucha por vestir a tu hija en carnaval de Spiderman, lucha por viajar sola…

Valiente viajera, no te rindas, tu pequeña revolución hará cambiar tu mundo y el de todo aquel que se cruce en tu camino. Enseña a todas aquellas mujeres que no se atreven a dar el paso, que nosotras solas nos valemos. Que vas a ir hasta Tanzania, China, Canadá o la Luna. Tú y solo tú, vas a marcar tu destino.

Annie Londonderry, la viajera ciclista.

Ha llegado el momento de marchar, su tren está apunto de partir. Le da un beso a su madre y le tranquiliza, todo irá bien. Volverá a casa con mil historias por contar y mil recuerdos que guardará bajo llave. En su recorrido encontrará la tolerancia, el respeto y puede ser que hasta el amor. Vive, valiente viajera, que nadie te corte nunca las alas para volar.

Amelia Earhart, la aviadora.

Amelia Mary Earhart, este microrelato va por ti. Gracias por hacer creer a toda una generación de mujeres que no somos el sexo débil:  «Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros».

 

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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

 

 

 

 

 

Amor

Un rayo de luz acaba de iluminar la estación. Una chica de unos 20 años, sonríe y mira nerviosa el móvil. Sonríe tanto que me entra una enorme curiosidad por saber qué le provoca esa felicidad.

Sus piernas empiezan a moverse nerviosas. Tanto como sus dedos al teclear. Si, está esperando a su Romeo. Le delata el brillo que irradian sus ojos cada vez que mira hacia las vías del tren. No puede esperar ni un segundo más, lo necesita ya en sus brazos.

Esto me hace pensar en lo bonita qué está la estación hoy. Tiene un brillo especial, igual es por el haz de luz que ha entrado hace unos instantes, o quizás es porque el amor y la belleza se contagian, te hacen ver la vida de color de rosa. Sea como sea, una sonrisa se empieza a dibujar también en mi cara. ¡Qué emoción! ¿Cómo será él?

Ansiosas las dos, anuncian la llegada del tren de las 18.30 con salida desde Sevilla. ¡Cómo no! Sevilla, tierra de colores, de sabores y de amores. Y allí estaba él. Tal y como lo había imaginado. Sus miradas se funden en un gran beso antes de que sus cuerpos puedan siquiera tocarse.

Los veo marchar de la mano, no pueden dejar de acariciarse, de besarse, de amarse. Y yo, que solo he sido una simple espectadora, sonrío y pienso en que no hay nada más bonito en esta vida que el amor. Si, ámense.

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Monóvar

Toda persona tiene su corazoncito anclado en algún lugar. Para mi, ese lugar es Monóvar.

Vivo en una pequeña ciudad (la Ilustre, Fiel y Leal Ciudad de Monóvar…casi ná), pero la verdad es que no la consideramos como tal. Para nosotros es ‘el nostre poble‘. Somo monoveros, de pueblo, y a mucha honra. Nos encantan los concursos de gachamiga, bailar al son de la dolçaina y nos morimos por un chocolatito caliente mojado con tonya.

Pero hay algo que me apena: no sabemos valorar lo que tenemos. Somos un pueblo rico en patrimonio cultural, arquitectónico y gastronómico. Tenemos viejas casonas modernistas, grandes edificios religiosos, y puntos tan singulares como la Torre del Reloj o la querida Ermita de Santa Bárbara. Y no, no vemos lo que tenemos. Esta tarde, he estado haciendo fotos por el pueblo para el blog, y la propia gente me miraba extrañada… ¿Qué hace esta chica fotografiando las calles de Monóvar? Pues muy fácil, queridos vecinos, hacer ver a todo aquel que nos visite, lo bonito que es nuestro pueblo.

Hace unos meses se puso en marcha una iniciativa que me encanta: Acción poética. Consiste en volver a dar vida a viejas paredes mediante frases bonitas y murales a todo color. Y la verdad, el resultado no puede ser mejor. Hacen que el pueblo se vea más bonito, más romántico. Te dan ganas de pasear y descubrir todos estos murales, y como no ¡foto de postureo en cada uno de ellos! ¡Qué son mano de santo para Instagram! ¿Un punto de partida de inicio de la ruta? En la Plaza de Toros nos encontramos el primero, y ya que estamos, empezaremos nuestra ruta para visitar el pueblecito desde ese mismo lugar.

Os aconsejo dejar aparcado el coche y subir andando. A lo largo de toda la Calle Mayor, nos vamos a encontrar con viejos edificios con fachadas espectaculares. Si sois unos frikis como yo de las puertas y fachadas bonitas, Monóvar os va a enamorar. Mi favorita es una vieja fábrica de jabones. Ya de pequeñita le decía a mi madre que quería vivir ahí de mayor (bueno, no lo he conseguido aún, pero tiempo al tiempo).

Casi sin darnos cuenta, nos encontraremos con la Plaza de la Iglesia. Es uno de los puntos más bonitos que tiene mi pueblo. El jardín es un lugar magnífico donde parar a descansar y de paso, tomar unas magníficas fotografías de este encantador rinconcito. Si os gusta la arquitectura religiosa, no dudéis en pasar a visitar la Iglesia, ya que tiene uno de los órganos mejor conservados de toda la Comunidad Valenciana.

A tan solo dos pasos, se encuentra la Plaza de la Sala, con su Ayuntamiento. Aquí me he pasado yo muchas mañanas de mi infancia, de la mano de mi abuelo, nos sentábamos en los bancos de la plaza y me daba cinco duros para comprarme gominolas ¡qué feliz era en ese momento! Me agrada pasar y ver que aún siguen reuniéndose ahí los ancianos, es bonito ver que algunas costumbres no se pierden.

Y justo a mano derecha del Ayuntamiento, está, para mi, el lugar más especial de Monóvar: la Torre del Reloj. Mis abuelos vivían justo debajo de esta torre, y los mejores días de mi vida los he pasado ahí. Noches de verano, en las cuales todos los vecinos sacaban sus sillas a la calle y daban las tantas hablando de cómo solucionar el mundo. Quizás por estos momentos es por los que adoro los pueblos, esto no se vive en una gran ciudad,y no, no lo cambiaría por nada del mundo.

Desde este punto, os aconsejo visitar el Barrio de la Palera. Este barrio tiene un gran potencial turístico, sus viejas callecitas te llevan a unas maravillosas vistas del pueblo. Pero voy a ser sincera, necesita una pequeñita ayuda. Podría llegar a ser el barrio más visitado de nuestro pueblo si entre todos lo cuidamos un poquito más. Desde este barrio podremos visitar las ruinas del Castillo (solo queda una pared, pero mejor eso que nada oye), y subir a la Ermita de Santa Bárbara. Todos los monoveros le tenemos especial cariño a esta parte del pueblo. Sus fiestas son el último fin de semana de agosto, y desde aquí lanzo una pequeñita campaña para que no se pierdan. Son tiempos difíciles, pero si todos ponemos un granito de arena, al final este tradicional barrio podrá seguir teniendo año tras año sus fiestas.

A la bajada, viene una visita obligatoria: la Casa-Museo Azorín. Tenemos el honor, de haber tenido entre nuestros vecinos al ilustre escritor José Martínez Ruíz. Dicho museo se puede visitat y además, este año se celebrará el año de Azorín, para conmemorar el 50 aniversario de la muerte del escritor. Durante varios meses se van a realizar diferentes actividades en torno a su figura, que nos os podéis perder.

Si queréis tomar un tentempié con un entorno inmejorable, os aconsejo parar en la Sociedad Cultural Casino de Monóvar. Es un edificio de planta modernista, con un precioso jardín para pasear, y una terracita donde descansar y tomar algo fresquito. O mejor, ¿qué tal un vino de la zona? Tenemos varias bodegas donde hacen unos vinos especiales (como me tira la terreta, eh?): Bodegas Monóvar, Bodega Primitivo Quiles y Bodega Santa Catalina del Mañan. En cualquiera de ellas os atenderán amablemente y os harán una visita por sus instalaciones (eh,y con cata incluída).

Antes de iros, no os perdáis las vistas de las casas tan espectaculares que hay justo enfrente del Casino…¡Quién tuviera la suerte de vivir ahí!

Y para finalizar nuestro recorrido, visitaremos el antiguo Exconvento y la Plaza del Cristo. Desde aquí, en Semana Santa (que por cierto, una de las mejores de toda la Comunidad Valenciana, y no lo digo yo porque sea de aquí), se le cantan saetas a la imagen de la Cofradía del Cristo en el Jueves del Silencio. Si tenéis la ocasión, apuntar Monóvar para estos días, de verdad, os va a encantar su Semana Santa.

Pero eh, de mi pueblo no os podéis ir sin probar su comida. ¡Qué mira que se come bien en la terreta! Comeros una tonya, una gachamiga, unas cocas en aceite, una buena paella alicantina, una sopa con faseguras y un buen plato de embutido seco de la zona… ¡tengo la boca agua de solo pensarlo! Y es que, queridos viajeros, si mi pueblo es bonito, su gastronomía aún lo es más.

A los turistas que nos visiten, apreciar la belleza de los pueblecitos, son lugares especiales, y a mis queridos vecinos, amar y promover más nuestra cultura, que al fin y al cabo, si no lo hacemos nosotros…¿quién lo va a hacer? Espero que os guste este post especial, está hecho con todo mi cariño hacia el mejor pueblo del mundo: Monòver (bueno, Munove, que así lo diría un monovero de pro).

¡Seguir haciendo kilómetros mis viajeros!

 

Web ayuntamiento de Monóvar

Junta Festera de Monóver

Ruta del Vino Monóvar

 

 

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Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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