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Niño Yuntero

Martes, 28 de marzo. La estación está empezando a cobrar vida, cada día nuevos pasajeros se cruzan en mi camino. Yo, como siempre, les observo, pero hoy, no veo nada especial.

De repente, una ráfaga de aire frío pasa por mi lado. Miro hacia atrás extrañada, no hay nadie. Las ventanas siguen cerradas y las puertas están lo bastante lejos como para hacerme llegar la más mínima brisa. Entonces me doy cuenta, la estación se ha quedado parada en el tiempo. Los transeúntes, que antes llenaban la estación con sus gritos y pasos acelerados, ahora están congelados, mudos, reina el silencio.

Lentamente me levanto, estoy temblando, las piernas no me funcionan y el corazón se va a salir del pecho. ¿Qué acaba de pasar? ¿Por qué nadie se mueve? Miro alarmada a mi alrededor y solo quiero salir de allí, necesito tomar el aire. ¿Me estaré volviendo loca? Pero no puedo salir, las puertas están cerradas. Estoy a punto de gritar, pero de pronto lo veo. Allí, justo en el mismo asiento donde yo estaba antes, hay un viejo libro. Casi no me atrevo a tocarlo, lo acaricio con la yema de mis dedos, tengo fascinación por los libros antiguos. Antes de abrirlo, lo huelo. Si, adoro ese olor a libro viejo, desgastado.

Es entonces cuando me fijo en la portada. En ella solo hay escrita una fecha: 28 de marzo de 1942. Aún sigo presa del pánico, pero mi curiosidad puede conmigo. Lo abro y de él empieza a emerger música escrita. Se ha roto el silencio de la estación, ahora, escucho bellos sonetos, odas al amor y llantos desgarrados.

Cierro los ojos y percibo un ligero aroma a cebolla y pan. Ni siquiera me atrevo a preguntar como puede ser eso, simplemente me dejo llevar. Oigo el llanto de un bebé, un llanto desgarrador, tiene hambre. Junto a él hay una madre consolándole, dándole el poco alimento que sale de su ser: sangre de cebolla. No, mi niño, no llores, ríe. ‘Ríete, que te traigo la luna cuando es preciso’.

El viento vuelve a cambiar, pero el niño sigue ahí. Ha crecido, pero sigue estando hambriento. Sus manos están cansadas, su mirada desolada. Ya no juega, no ríe, no sueña. “Me duele este niño hambriento, como una grandiosa espina”. Sus días transcurren tras los surcos y los arados. Ya nadie bajará la luna por él. Quiero arrullarlo en mis manos, consolarlo, decirle que nunca más será un niño yuntero. Pero, al fin y al cabo, “¿quién salvará este chiquillo menor que un grano de avena?”

Voy corriendo hacia el, pero su silueta se va perdiendo en el tiempo. Me detengo y escucho pasos detrás de mí. Al girarme veo a un chico joven. Lo miro a los ojos y se que es mi niño yuntero. Ahí siguen fríos, vacíos, hambrientos. Se descalza y pone sus zapatos en el alféizar de la fría ventana. Se gira hacia mí y me susurra: “nunca tuve zapatos, ni trajes ni palabras.” Su vida transcurrió entre surcos y sangre de cebolla.  Su único vestido durante muchos años fue la pobreza. Me derrumbo, no puedo más. “Rabié de llanto, hasta cubrir de sal mi piel”. Vida, ¿cómo has podido ser tan cruel con mi niño yuntero? Me acerco a la fría ventana, acaricio sus raídos zapatos, y se que cuando me gire ya no estará, me habrá vuelto a dejar.

La luz empieza a tornarse más cálida. Ya no hace frío, la ventana ha dejado de estar helada. Ansío ver a mi niño yuntero, pero, en su lugar, aparece una bella mujer de con aroma de rosas. Por primera vez sonrío: mi niño hambriento se ha enamorado. Luchan por un amor dividido por la guerra. Ella espera ansiosa cada poema escrito con sangre de cebolla. Mujer rosada, “ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo.”  Tranquila, yo te guiaré, te cuidaré. Esperaremos juntas a nuestro niño yuntero. Él, desde las trincheras, te está gritando, ¿no lo oyes? “Tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.”

No deseo que se vaya, pero se que tiene que partir. Al decirle adiós la estación se queda completamente a oscuras. No veo nada, estoy helada. Presiento que algo malo va a pasar. Ya nadie me acompaña, ¿dónde está mi niño hambriento? Intento salir, correr hacia mi libertad, pero estoy encerrada. Grito desesperada, ¿por qué nadie me ayuda? Yo solo quería escribir, solo quería ser feliz. Voy a un rincón y me doy por rendida, ya está, “aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue.” Suspiro y entiendo que todo llega a su fin. Mi viaje, el viaje de mi niño yuntero, acaba aquí, solo, encerrado, a oscuras. “Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.” Sus días han acabado como empezaron, con llantos, cebolla y pan.

Alguien me despierta. Una mujer, me mira con ojos rosados y me dice que mi tren acaba de partir, que es hora de irme a casa. Tiene razón, no quiero explicarme lo que acaba de pasar. Igual solo fue un sueño, no hay que darle más vueltas. Salgo lentamente de la estación pero tengo el corazón en un puño. Antes de marcharme por completo, algo en mi me dice que entre a la librería de la esquina. Y allí estaba, esperándome. Entre libros de ciencia ficción y amores imposibles, veo a mi niño de ojos vacíos, Miguel. Me sonríe y me entrega un viejo libro: 28 de marzo de 1942. Lo guardaré, mi niño poeta, lo guardaré otros 75 años más.