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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

 

 

 

 

 

¡Valencia en fallas!

¡Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!

Mira, es solo pensar en ese momento y se me pone el pelo de punta. Y es que, no hay mayor placer para un valenciano que el olor a pólvora. No nos preguntes el por qué, pero nos encanta, creo que va incrustado en nuestro ADN. Desde pequeños nuestra mayor diversión es tirar petardos, y cuanto más gordo sea su sonido, más mola. Pero para mi, hay algo superior a la pólvora: las charangas. Ni Enrique Iglesias, ni Beyoncé,  ni el mismísimo Bon Jovi, a mi tócame Paquito el Chocolatero y me vengo arriba. El ‘He He’ lo tenemos más que dominado, bailamos el Caballo camina pa’ lante que ni el mejor ballet ruso, y seguimos al pie de la letra el ‘No en volem cap que no estiga borratxo’… Aish, ¡qué buenas son las fiestas valencianas!

Y es que, viajeros míos, si visitáis este fin de semana Valencia, os vais a enamorar de su cultura y sus tradiciones. Si ya de por si es una ciudad preciosa, en fiestas aún lo es más. Todos y cada uno de sus barrios engalanan sus calles con dos monumentos: la Falla Infantil y la Falla Adulta. Son monumentos con fecha limitada, ya que la noche del 19 de marzo arderán al son de la dolçaina y el tabal, acompañados por las lágrimas de sus Falleras Mayores que tienen que despedirse de unas fiestas llenas de emociones.

Las fallas no son solo fiesta nocturna, que la hay y mucha, para mi es una fiesta para vivirla por el día. Como no, uno de mis actos favoritos es la mascletà. Y ahí va un consejo: se tiran a las 14.00h, pero no esperéis ir media hora antes y coger un buen sitio. ¡El año pasado estuve plantada desde las 11 del medio día justo debajo del balcón del Ayuntamiento! (no hace falta que seáis tan exagerados como yo, fue por el puro postureo fallero). Estaría bien ir unas dos horas u hora y media antes, buscáis un buen sitio a la sombra, te sacas tu bocata y tu bebida !y a disfrutar con la música fallera¡

Y como no, el gran consejo de las Fallas: paciencia, mucha paciencia. La ciudad durante sus días grandes recibe a miles de turistas, así que sus calles, negocios, transportes… ¡están abarrotados! ¡Ríete tu del metro de China comparado con el de Valencia en los días de Fallas! Si vais en coche, dejarlo aparcado muy a las afueras y coged el transporte público, madrugar para poder ver los monumentos ganadores sin el menor numero de personas posibles, y si sois de un tono de piel rojo gamba de Denia como el mío, no os olvidéis de la crema solar ¡no veas como pega el caloret faller!

Hay una foto que todo buen turista de postureo que se precie, tiene que llevarse de Valencia: ¡la foto con una Fallera Mayor! Ellas estarán encantadas de pararse un segundo y posar para vuestro objetivo, y tu podrás apreciar de cerca lo maravillosos que son estos trajes. Siguen un estricto protocolo para recrear a la perfección la vestimenta del s. XVIII. ¡Espero algún día poder ponerme uno de esos trajes! ¡Son taaaaan bonitos!

Mi lugar favorito de la ciudad es la Plaza de la Virgen, justo a espaldas de la Catedral. Y durante los días de Fallas, es una plaza que tiene un olor especial. Cientos de flores, entregadas por los falleros a su virgen, ‘La Cheperudeta’, conforman un manto florar de vivos colores, que además de ser precioso, es uno de los actos más esperado por los valencianos: el día 18, por la noche, la Fallera Mayor de Valencia, entregará su ramo entre las lágrimas y los aplausos de los allí presentes. Si queréis presenciar este maravilloso momento,  ya podéis tener mucha, mucha, pero que mucha paciencia. ¡Hay gente esperando desde por la mañana para coger sitio! ¡Así que mucha suerte!

Y después de ver todos los monumentos falleros, vamos a lo que de verdad importa: comer. ¡Qué de eso en Valencia saben, y mucho! Yo cada vez que voy hacia allí, se me hace la boca agua pensando en una horchata fresquita con fartons. ¡Son dos de mis cosas favoritas en este mundo! Encontraréis un montón de puestos callejeros donde degustar un vasito fresquito o en cualquier horchatería típica de la ciudad ¡hay una en cada esquina!

¿Y que me decís dels bunyols? En nuestra tierra, el día el padre es sinónimo de estos dulces, hechos con calabaza, harina, levadura y fritos en aceite. Se suelen mojar en chocolate, pero yo, que soy más valenciana que los murciélagos, ¡los mojo en la horchata! ¡todo en uno! ¿Y la paella? ¿Donde mejor para degustar un rico arroz que en la Comunidad Valenciana? Intentad saliros del centro para comer, ¡ya que durante esos días os van a sacar un riñón por una ración de paella!

Y si, por la noche, si aún tenéis fuerzas, hay dos cosas imprescindibles para hacer: ver las luces de algunas fallas como Cuba Literato Azorín, las cuales se llenan con millones de bombillas y crean un espectáculo de luces y sonido, que os va a fascinar. Y como no, si estáis en Valencia la noche del 19 de marzo, acudir a la Cremà. Es el momento más esperado pero también el más triste. Toca decir adiós a los monumentos falleros y dar la bienvenida a las fiestas del año que viene. ¡En el momento veáis la cremà de la alguna de las fallas, entenderéis la pasión que tenemos los valencianos por el fuego! ¡Te hechiza tanto que no puedes dejar de mirar!

Así que ya sabéis, si queréis pasar unos días inolvidables, rodeados de buena comida, buen ambiente y mucha fiesta, ¡os espero este fin de semana en Valencia! ¿quedamos y nos tomamos una horchata fresquita?

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!