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Pedraza

Corría el año 2009 y yo, a mis 20 añitos, me enfrentaba a uno de los mayores retos de toda la humanidad: guiar por primera vez a un grupo. Bueno seguro que ahora estáis pensando que no es para tanto, pues si, para mi lo era. Yo, tan yogurina, tan inexperta, con las piernecitas temblando, una carpeta bajo el brazo para parecer profesional y unas extensiones horribles (¿ de verdad me veía mona así?), me puse delante de un grupo y les dije: Pues eso, que voy a ser vuestra guía. Ya os podéis imaginar la cara que puso el grupo. Una abuela me dio hasta un bocata, me vio cara de nieta.

Una vez pasado el shock inicial, pusimos camino de Segovia. Cada vez que recuerdo aquel primer viaje me entra vergüenza ajena, pobre grupo. La voz me temblaba, el chófer era murciano cerrao y yo no lo entendía, y nunca en la vida había estado en Castilla y León, imagínense la situación.  Pero de pronto, llegamos a un pequeño pueblecito y mi suerte cambió. Pedraza, tan bonito, tan rural, tan tranquilo, taaaaaan todo, que me enamoré de él nada más poner el pie en el suelo. Fue mi primer gran amor viajero, fue dónde descubrí que mi pasión era visitar pequeños pueblitos bonitos. Pero estaba tan nerviosa que no pude disfrutarlo como yo hubiese querido, así que durante muchos años, Pedraza ha sido mi espinita clavada en mi cuaderno viajero.

Y ahora ya, a mi vejez ( que 8 años no es tontería, ¿eh?) decidí que era hora de volver. Cogí mi súper Nikon, me puse mona para la ocasión (no todos los días te reencuentras con un viejo amor) y hacia Pedraza que nos fuimos. Y si, es tal y como lo recordaba, bonico del todo.

Si vais en coche no tendréis ningún problema, repartidos por todo el pueblecito hay varios parkings donde poder dejar el coche y empezar a callejear. Nos da la bienvenida una antigua puerta de la muralla, conocida como la Puerta de la Villa. Es traspasar este arco y sentirte como en la Edad Media. De ella parten varias callecitas, escoger la que más os guste, todas  merecen la pena: casas llenas de tiestos con flores, viejas puertas, vid colgando de los muros… Pero si además queréis empaparos con algo de historia, justo al ladito de la puerta se encuentra la antigua cárcel, donde se pueden visitar las diferentes salas y aprender un poquitín sobre la historia local (precio 3€).

Pero el verdadero encanto de Pedraza reside en sus calles, oye y no lo digo yo. Sus vecinos han visto rodajes como Águila Roja, Toledo, e incluso aquel famoso anuncio de la lotería de navidad, donde Rafael entonaba el Na, na na na na naaaaa (sabes que lo has leído cantando). Así que, viajero mío, va siendo hora de que saques tu cámara a relucir y te saques unas cuantas fotos de postureo, ¡de esas que tanto nos gustan! ¡Qué no todos los días estamos paseando por las calles donde gravó el mismísimo Rafael!

Y uno de los puntos más fuertes que tiene Pedraza es su Plaza Mayor. Y aquí estoy indignada. Señor Alcalde o Alcaldesa de Pedraza, llevaba yo esperando volver a su municipio 8 añacos, y cuando llego a la plaza que recordaba con tanto cariño, ¿con qué me encuentro? ¡Con la plaza de toros medio a montar! ¡No pude hacerme la foto en esa plaza taaan bonica! Mira, casi me faltó llorar. Pensaréis que soy una peliculera, y si, pero vamos que a mi estas cosas me afectan mucho y casi no duermo yo luego por la noche. Pero que lo sepáis, Pedraza tiene una de las plazas mayores más bonicas que e visto en mi vida. Queda dicho.

Así que algo cabizbaja, seguí mi camino hacia el Castillo. Tengo que reconocer que se me pasó a los dos minutos cuando vi una casa hiper mega mona llena de florecitas como a mi me gusta, y le hice unas cuántas fotos. Si, a veces soy así de simple. Pues eso, que llegamos al Castillo y la vista es genial. Allí tan imponente, se alza la fortaleza de origen árabe. Se conserva muy muy bien y paseando por su interior te puedes llegar a sentir como la dueña y señora de Pedraza, que a mi eso de venirme arriba me lleva poco tiempo. Por si os interesa visitarlo la entrada son 6€ y abre de miércoles a domingo.

Hay algo muy curioso que siempre he querido ver de este encantador pueblo y es la famosa Noche de las Velas. Durante los dos primeros sábados de Julio, el pueblecito se llena con casi 40.000 velas repartidas por todas sus calles. Además se realizar actividades culturales y conciertos durante estos días…¿algún alma caritativa segoviana me quiere adoptar para julio? ¡Cruzo los dedos para poder ir al año que viene!

Y como no…¡no os podéis ir de Pedraza sin comer un buen cochinillo! Qué estamos en la provincia del buen yantar, y para los amantes de la carne es toda una delicia. Pero os voy a confesar algo, eso si, que no salga de aquí y se enteren los segovianos… no me gusta eso de que me sirvan el pobre cochinillo enterito… me da una penita verlo ahí. Eso si, ¡huele que alimenta!

Tenía tantas, tantas ganas de volver a mi primer pueblito bonito que la mañana se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Para mi, Pedraza siempre tendrá un huequito especial en mi corazón.

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

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Road trip: las fiestas de pueblo

Pues si, que vivan las fiestas de pueblo.

¿Me vais a negar que no os mola cantidad bailar en la verbena de vuestro pueblo? Aunque durante el resto del año seamos los más cosmopolitas del mundo, es llegar agosto, irnos a casa de la abuela y nos trasformamos en una versión 1.1 de nosotros mismos (eso del 2.0 lo dejamos para la city).

Y os estaréis preguntando que hace un post como este en un blog como este. Pues bien, yo, como buena chica viajera, tengo creada una ruta de fiestas la cual me obliga a hacer más kilómetros con mi cochecito que un road trip por la ruta 66. Empezamos flojito en junio (no vaya a ser que nos perdamos alguna), ya en julio vamos calentando motores, y sin darte cuenta llega el plato fuerte: agosto, ahí ya, el cuerpo está tan cansado de bailar la canción de Despacito, que te aparece hasta en tus peores pesadillas. Y diréis, bueno ahí termina todo, ¡pues no! En septiembre vienen las súper fiestas de mi pueblito bonito y ahí si, es cuando te dejas la piel. Te pones la camiseta de tu peña (solo hay una para todos los días, así que al final de las fiestas, la camiseta anda sola), te preparas tu colección de gafas de sol (hay que aguantar como una campeona las mañanas con la charanga), y lo más importante de todo, te pones bien mona para las verbenas de la noche, que competimos por ver quien lleva el mejor modelito de las fiestas.

Y estas noches en las verbenas son las que luego recuerdas el resto del año enfrente del ordenador de la oficina. Y es que, lo mismo te da si bailas un pasodoble o una de perreo (bueno, eso serán las jovenzuelas de hoy en día, que a mi eso de mover el culo pa’ rriba y pa’bajo como que no se me da bien). La cuestión es darlo todo hasta que el sol te de los buenos días. ¿Y luego a dormir? Noooooo, por Dios, la gente de pueblo estamos hecha de otra pasta. Después del perreo intenso , nos tomamos unos churros con chocolate (o un kebab, eso depende del estómago de cada uno), y nos vamos junto con la charanga (benditas charangas, ¡monumento nacional ya!) a ver a quién pilla la vaquilla esa mañana. No se, llamadnos bestias, pero aquí en mi pueblo, día que no pilla a nadie, día que la gente se va a aburrida a casa… somos así, que vamos a hacerle.

¡Y la cosa no acaba ahí! Corre a tu casa, dúchate, y como buen valenciano vete al parque del pueblo a comerte la paella gigante. Yo he llegado a ver, a una mujer con una olla (de esas gigantes del puchero), ¡para que se la llenaran de arroz y así comer toda la semana! Y de esto me acuerdo a la perfección, doy fe que solo tenía una mínima resaca. Y ahora si, es justo cuando el cuerpo te pide un poco de descanso, que a los de pueblo eso de la siesta nos va muchísimo. Así que te vas a casa y al fin, te espera tu soñada cama.

¡Ey, pero no te confíes! Que en mi tierra nos van los petardos más que un niño a una piruleta. En cuanto más agustito estás, aparecen unos niños del mismísimo diablo… ¡¡¡¡¡¡y se ponen a tirar petardos en tu ventana!!!!!!! Así que ya piensas, bueno pa’que voy a dormir, te levantas, te plantas tu camiseta de la peña y te vas al bar a tomarte la primera de la noche. Y de nuevo, vuelta a empezar.

Pues si, viajeros, este es mi road trip de todos los veranos, me conozco la zona de mi alrededor al dedillo. Y en el fondo sabéis que tengo razón, sabéis que no deseáis que llegue verano para iros a una playa desértica del Mar Caribe… ¡si no para bailar Despacito hasta que te duelan los pies!

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros, bien sea a la China, a Canadá o a las fiestas del pueblo de al lado!

¡Qué vivan los pueblos y su gente bonita!

 

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Playa de Valdevaqueros

¿Queréis alegraros la vista viendo a chicos hiper mega guapos surcando las olas? ¡Pues bienvenidos a Valdevaqueros!

Allí estaba yo, en una de las playas más bonitas que había visto en mi vida, cámara en mano, esperando hacer mil fotos del paraíso, pero no, mi mente estaba ocupada en otra cosa… ¿habéis visto lo bien que les queda el traje de neopreno a los surferos? Ay Dios mío. Amorcillo, si lees esto, yo te quiero mucho, pero es que algo así solo lo había visto en las películas…

Pues a la media hora de estar yo allí embobada, me di cuenta de que las piernas me empezaban a doler…¡era como si miles de mosquitos me picaran todos a la vez! ¡El espectáculo era tan bonito como picante! El viento de levante levantaba la arena y hacia que se vieran olas en la arena, pero eso si, esas olas se estrellaban en tus piernas, ¡y duele mucho! Fue entonces cuando salí de mi mundo de imaginación de los Vigilantes de la Playa y me percaté de lo bonita que era la playa.

La arena era blanca, blanquísima diría yo. El agua, parecía sacada de una postal del Caribe, azul cielo. Y para rematar el conjunto, las dunas que se iban perdiendo en el horizonte. Empezamos a andar para alejarnos un poco de la gente, ya que aunque era maravilloso verlos volar en el aire con sus tablas, la playa merecía que le dedicaramos un largo paseo y unas mejores fotos.

Tuvimos la gran suerte de pillar marea baja y al poco de empezar a andar, cuando ya la gente quedaba a lo lejos, llegamos a una zona llena de pequeñas roquitas que al subir la marea quedaban escondidas. Y desde aquí, señores creadores de Juego de Tronos, si algún día leen esto ( yo apunto alto, oye), que sepan que sería un lugar fantástico para rodar alguna de sus escenas.

Yo me sentía como si estuviera en una película, como si los piratas fueran a venir de un momento a otro a guardar algún tesoro en las dunas que teníamos detrás. Al rato de estar soñando otra vez, salí corriendo del agua ¡qué fría estaba! ¡tenía los pies congeladitos!

Seguimos caminando un poco más y llegamos a lo que en principio parecía otra escena de película: los restos de un barco hundido. Me puse a hacer unas cuantas fotos, cuando de pronto caí en lo que era: una patera. No podía creerlo, a veces no somos conscientes sobre la realidad. Lo que para mi estaba siendo el paraíso, para estas personas que intentaban tener una vida mejor, había sido el infierno. Cada año miles de personas pierden la vida en nuestras costas y a veces, es mucho mejor mirar hacia otro lado y no querer ver la realidad. Pero allí estaba, me senté a su lado y empecé a llorar. Hacía viento, mucho viento… ¿se habrían hundido en un día como el de hoy? Se que siempre suelo escribir medio de broma, pero me sentí destrozada en ese momento y solo pude desearles suerte a todas aquellas personas que sueñan con una vida mejor.

Decidimos que ya era hora de volver, pero nos quedaba algo por hacer: subir una duna. Si, ahí a lo loco. Yo pensé: total, si al bajar la duna está la carretera, no se tardará mucho, ¿no? ¡Maldito el momento en el que tuve la idea! Después de una media hora larga, ¡la duna seguía creciendo! Cuando creíamos haber llegado a la cima… nooooooo era solo un espejismo,¡aún quedaba más!

¿Pero sabéis qué? Fue lo más bonito de todo el viaje. Allí arriba, viendo la panorámica de la playa, solo el amorcillo, la arena y yo, sentí una paz enorme. El tiempo se había parado y simplemente me senté y disfruté de las vistas. Pero tranquilos, ¡qué al fin llegamos a la carretera! ¡solo nos faltó besar el suelo!

Viajeros míos, si queréis pasar un día disfrutando de las olas, practicando un poquito de windsurf, recorrerte las dunas cual intrépido viajero en el Sahara, o simplemente convertirte en un cangrejito, la Playa de Valdevaqueros es tu opción número uno.

¡Ah y recordar las magníficas vistas con neopreno!

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

El Tumbao. Clases de windsurf y kitesurf

Hostal el Levante. Tarifa

 

 

Hostal El Levante, Tarifa

Hay persona que no se cruzan en tu camino por casualidad, y Diego llegó a la mía para hacer que me enamorara de Cádiz.

Todo un empezó una tarde, de esas de aburrimiento extremo que te pones a ver vídeos de gatitos en Youtube (son tan cuquis). Pues así estaba yo, vídeo tras vídeo (en el momento empiezas, no puedes parar), cuando de repente recibí una llamada de Diego para que me animara a conocer Cádiz en las vacaciones de Semana Santa… oye, ¿por qué no? Solecito, playas, chico surferos guapos, buena comida… ¡era el plan ideal!

Cargamos las maletas en el coche y pusimos rumbo hacia la paradisíaca Tarifa. Y allí, frente al Mar Altántico, encontramos un pequeño hostal, todo blanco, con pequeñas terracitas… ¡y una zurrapa que está para hacerle un monumento! Si hay algún andaluz en la sala, necesito que me envíe un camión lleno de esa delicia para el paladar ( y par las caderas…)

Diego, su gerente, nos recibió con los brazos abiertos, ¡con esa alegría andaluza que tanto me gusta! Nos dijo que nos iba a dar la mejor habitación de todo el Hostal El Levante… ¡y que gran razón! De un blanco impoluto, con una decoración minimalista pero exquisita, unas fotografías que te animan a dejar las maletas e irte corriendo a la playa, ¡y una cama que te atrapa y no te deja salir hasta que no duermas una buena siesta de unas tres horas! (ahí, como Dios manda). Y mirad que yo tenía un montón de ganas de conocer Tarifa, pero decidimos darnos un par de horitas en el Hostal y poder disfrutar del lujo andaluz.

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Saqué mi ordenador a nuestra terracita y fue todo un placer poder escribir escuchando las olas del mar y tomando el solecito que tanto necesitaba (!que en Tarifa están todos tostados por el sol¡). Mientras yo escribía, mi amorcillo se tumbó al sol y en cinco minutos, en el espectacular jardín del Hostal el Levante, ¡acabó mas tostado que mi desayuno por la mañana! Que le vamos a hacer, los hay con mucha suerte en este mundo…

Pero lo que más me gustó de todo es el ambiente familiar que se respira en el Hostal. Durante los días que pasamos allí todos y cada uno de los integrantes del equipo, nos hicieron sentir que eramos parte de esa familia. Entendieron en cada momento mi problema con las alergias alimenticias, me lo prepararon todo aparte y me dijeron que estaban muy concienciados sobre ese tema… ¡así que un 10 para vosotros familia!

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¿Y que deciros de su  maravillosa zurrapa casera? Yo, que nunca la había probado, decidí que era hora de que algún blog le rindiera homenaje a tan exquisito manjar. Restregadita en unas tostadas, es el mejor desayuno para empezar con fuerza la mañana para subir las dunas de las playas de Tarifa, Valdevaqueros, Bolonia… ¡Qué más da que se peguen en las cartucheras! ¡Viajamos para disfrutar, no para sufrir!

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Si vais a pasar unos días por la zona de Tarifa, el Hostal el Levante es vuestro sitio ideal: decoración cuquísima, precios económicos, desayunos de rechupete, gente encantadora… ¡Yo ya le he prometido a Diego que volveremos en verano para unas clases de surf! ¡Qué no se va a librar de mi tan fácilmente!

Viajeros, apostar por los alojamientos familiares, donde recibes un trato exquisito y siempre con una sonrisa. Así que apuntar el Hostal el Levante para vuestras próximas vacaciones por la provincia de Cádiz.

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¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

 

 

 

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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

 

 

 

 

 

Viajar con niños por carretera

Yo, de pequeña, era la típica niña que daba por saco en el coche. Eso de dormirme durante el trayecto no iba conmigo. Mis ganas de llegar al destino eran tan grandes, que me tiraba toooodo el viaje preguntando a mi padre: ¿Hemos llegado ya? ¿Cuánto falta? ¿Por dónde vamos?… Ah y a todo esto añadidle él: Mamaaaa tengo hambre, me hago pis… Pero el caos total llegaba cuando abría mi boca para decir: Estoy aburrida, ¿jugamos a algo?

Año tras año, mis padres fueron mejorando su táctica, el Veo Veo ya me aburría y pedía a a gritos un juego nuevo. Juego del cual, me aburría a la media hora y pedía otro (¿divertidos mis trayectos en coche, eh?). Así que he decidido hacer la vida un poquito más fácil a aquellos papis viajeros. Que si, que el ser padres no puede ser una excusa para viajar. ¿Qué mejor educación le puedes dar a tu hijo que ver mundo? Así que, coged las cuarenta maletas que hacen falta para mover a vuestro bebé, y cargad una dosis extra de paciencia, que allá vamos.

BEBES

Recuerda llevar siempre su peluche, mantita o sonajero favorito, eso le ayudará a relajarse y a mantenerse entretenido durante el trayecto. Si tu bebé está muy pegado a su mantita o su juguete, apúntalo el primero en la lista ¡pobre de vosotros como se os olvide!

Muy importante que vuestro bebito conserve su rutina del sueño, ya que se adaptará mucho mejor a la llegada al hotel. Una buena ayuda pueden ser las canciones relajantes al empezar el viaje…¡seguro que tarda muy poquito en caer rendido! En cuanto se duerma ya podemos poner nuestro mejor repertorio de reaggeton… ¡Qué una vez al año no hace daño!

Otra opción que, además de segura, le sirve para entretenerse, son los protectores de cinturones con forma de animal. Podrá pasar un buen rato toqueteando el peluche a la par que va seguro en su sillita.

Además si vuestro peque es aún muy bebé, mi recomendación es que al menos un adulto lo acompañe en el asiento trasero. Esto le dará seguridad y podremos entretenerlo mediante juegos o canciones. Eso si, y esto va para todas las edades: aunque yo sea una férrea defensora de la lectura, evitarla a ser posible en el coche. ¡A mi me entran unos mareos! Así que, si no queréis que vuestro peque se maree más de la cuenta, ¡dejad los cuentos para el hotel!

 

NIÑOS

Para los niños un poco más mayorcitos hay que echar muuucha  imaginación. Van a querer cambiar mucho de juego, ¡así que intentad llevar varios preparados! Además, yo recuerdo que me encantaba el chantaje con comida (siempre he sido muy golosa). Es bueno llevar siempre una neverita con algunas bebidas frías, (sobretodo en los meses de verano) para que se puedan ir hidratando, y algo de comer que les guste y les permita ir un pelín más contentos.

¿Algunas ideas de juegos? Ahí van mis sugerencias:

El personaje escondido: Es un juego muy divertido. Se trata de adivinar el personaje famoso en el que esté pensando cada uno de los jugadores, y las respuestas se limitan a un “No”, “Sí” o “A veces”. Jugadores de fútbol, actores, personajes de dibujos animados, cantantes… Este juego hará que los niños ejerciten su mente tratando de adivinar quién es el personaje.

Suma la matrícula: Y para que también practiquen el cálculo mental otro de los juegos que no pueden faltar cuando viajamos con niños es el de… ¡Suma la matrícula! Deberán sumar cada número de la matrícula y el primero que diga el resultado correcto ganará un punto

Cambiar las vocales: Tienen que ir nombrando cosas que vayan viendo por la carretera. A continuación se dice una vocal y todo aquello que vean se tiene que decir completamente con esa vocal: ¡Ahora todos hablamos con la E! ¡Ya verás las risas de tus peques!

Jugar con un mapa: Esto puede ser interesante si lo enfocamos bien, y es mejor si usamos un mapa de papel. El juego puede ser tan simple como pedirles que sigan el viaje en el mapa, con un lápiz y señalando las ciudades y pueblos por los que vayamos pasando. ¡Este juego es muy indicado para miniviajeros que les gusten las aventuras!

Adivina la canción: Juego super entretenido y además se lo van a pasar pipa. Descargamos en el móvil o un Pendrive sus canciones favoritas. El juego consiste en poner los primeros segundos de la canción y darle al stop. Tienen que adivinar qué canción es y cantar un trocito. Cuándo acierten se le da al play otra vez y se les anima a que la vayan cantando la canción entera.

Trivial viajero: Recomiendo este juego para el viaje de vuelta. Se preparan una serie de preguntas (fáciles, que estamos de vacaciones) sobre los lugares que hemos visitado, su gastronomía, sus costumbres, sus monumentos… Por cada pregunta acertada se les da un quesito (pueden ser gomets, o cualquier cosita que se os ocurra como una chuche). Al final del juego gana el que más quesitos haya conseguido. Es un juego genial para ver cuánto han aprendido nuestros peques durante el viaje.

Además os puede servir cualquier juego de vuestra infancia que recordéis: El Veo Veo, Palabras Encadenadas, juegos de Mímica, el clásico de Piedra, papel o tijera… Y como útlima, pero última opción, estarían las nuevas tecnologías. Y es que, viajeros míos, vamos a reconocerlo… es taaan facil enchufar el DVD portátil o darle la tablet y olvidarnos durante un ratito que en el asiento trasero va un pequeñajo deseoso de llegar… Evitarlo hasta último momento, enseñarle que podemos disfrutar del trayecto tanto como del destino.

Ya veis, viajar con peques es algo más duro de lo habitual, pero seguro que en un futuro, os agradecerán todos y cada uno de los momentos vividos viajando. ¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

Viajes marcianos

En cada viaje, encontramos situaciones únicas, maravillosas…raras. Si, mis viajeros, hay cosas muy raras que solo te pasan viajando. ¿No os habéis fijado que estés donde estés sieeeempre hay alguien de tu pueblo? Te vas a la estepa más perdida de Mongolia, y de la nada, como si fuera un espejismo, aparece tu vecino del 5º…. ¿Qué fuerza mayor tienen los viajes para que ocurran momentos tan raros?

Pues la situación con la que me encontré el fin de semana pasado fue ya rizar el rizo: viví una invasión alienígena. Si, no habéis ledo mal, así como suena. Y no, no me fui de viaje al Área 51.  Me fui de excursión a Castilla la Mancha, al pequeño pueblito de Villanueva de los Infantes. Y ahí en plena España profunda, encontré la evidencia de que vivimos rodeados de seres de otro planeta… ¿No os lo creéis? Ahí van las pruebas:

Todo parecía normal, pueblito encantador de los que a mi me enamoran, tapeo a rebentar (con botón del pantalón desabrochado incluído), y un solecito primaveral que hizo aparecer mi piel de gamba de Denia. De pronto, en una de sus calles vimos esta extraña señal:

Estuvimos como media hora riéndonos y sacando nuestro lado malo, pero malo malo, a la hora de contar chistes de marcianos. Llegamos a la conclusión de que si pasabas por ese paso de cebra, vendrían unos alienígenas manchegos y te abducirían a su nave espacial a punta de navaja y con chantaje de vino y queso manchego incluídos ( yo soy una presa fácil en estos casos).

Al rato nos tragamos nuestras risas. De la nada apareció un objeto volador no identificado, con su humo y luces, para que se notara bien que venían a por nosotros. Me quedé en estado de shock hasta que uno de los azulitos marcianos, se acercó a mi, sacó su pistola marciana, e intentó inmovilizarme con un especie de ácido extraterrestre. ¡Resulta que la NASA está buscando vida en el lugar equivocado! ¡Señores, dejen de buscar en el espacio sideral, todos los marcianos se encuentran en Castilla la Mancha!

Pasado el shock inicial, me dio por pensar: ¿Por qué habrán elegido estas tierras remotas? La respuesta vino hacia mi, literalmente. Un gran cabezón de ‘La Cospe‘ hizo que de golpe lo entendiera todo. Nuestra Minista de Defensa (otra cosa no se, pero que mona va esta chica siempre), quiso matar dos pájaros de un tiro: conseguir repoblar pueblitos bonitos del interior de España y tener al enemigo cerca… ¿No es un plan perfecto? Eso si, futuros habitantes de Villanueva, si vuestros nietos tienen un cierto color azulado, no os preocupéis, la próxima peli de Avatar será grabada en vuestros dominios.

Después de todo el follón, resultó que los marcianitos solo querían un poco de fiesta y mucho, mucho vino manchego. Les enseñamos como se baila Paquito el Chocolatero debidamente y sellamos el acuerdo de paz. Pero… ahora que lo pienso… ¿el fin de semana pasado fue Carnaval, no? Bueno, da igual, yo seguiré pensando que fui abducida por extraterrestres en tierras de Don Quijote. Al fin y al cabo, esta es mi historia, y yo la viví así.

¡A seguir viviendo enormes aventuras mis viajeros!

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Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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Verdadero amor

Banyoles, 2013. Fue en ese mismo lugar donde comprendí qué era el amor.

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Allí estaban, sentados frente al lago, como si nada más en este mundo les importara. Sólo ellos dos y su nieto. El niño estaba sentado a sus pies, jugando con los patos. Tenía un trozo de pan en las manos e iba dándoles pequeñas migajas. De vez en cuando, giraba la cabeza y les sonreía a sus abuelos.

Decidí hacer un alto en el camino y sentarme a observarlos. Sus arrugadas y gastadas manos no dejaban de tocarse. Se acariciaban. Se besaban. Se amaban.

La gente seguía pasando pero nadie les miraba. ¿Cómo puede ser que nadie viera tan bonita escena? ¿Nadie se había fijado cómo sus miradas se entrecruzaban y se besaban sin ni siquiera tocarse? Hemos dejado de creer en el amor, pero no el tipo de amor que nos venden en las películas, si no el verdadero. Ése que se demuestra día tras día, semana tras semana, año tras año. El amor de los pequeños detalles: una sonrisa al despertar, un beso al volver a casa, una caricia al acostarse…

Y yo, a kilómetros de casa, comprendí qué era el amor. Me habían hecho falta muchos viajes a mis espaldas, muchas aventuras, muchas fotografías. Pero allí estaba, ante mis ojos. Fue un bonito golpe del destino que lo descubriera viajando. O igual no, al fin de cuentas el viajar es una de las mayores muestras de amor existentes. En cada viaje aprendes a amar de una forma diferente, cada kilómetro te enseña a querer cada rincón y cada persona de este planeta. Viajar nos abre la mente y el corazón. Así que era mi destino encontrar el verdadero amor viajando.

Les di las gracias desde la lejanía, y, como si lo supieran, la mujer se apoyó en el hombro del marido y sonrió (se que lo hizo,no me hacía falta verlo). Los miré una vez mas, tomé la fotografía y me fui. Quería guardar este recuerdo para siempre, que nunca se borrara de mi memoria. Ahora esta historia, la historia de dos desconocidos que cambiaron mi mundo, también es la vuestra. Cuidarla.

 

PD: Esta historia va para ti, se que serás el primero en leerla. ¡Qué suerte la mía!

Ayna

Por mis venas corre sangre manchega. Me gusta el campo, correr detrás de las ovejitas (siempre he querido abrazar una…), y sacar una navaja para cortarme un buen trozo de chorizo, de esos caseros que trajo mi abuela del pueblo.

Siendo yo pequeña, mi abuelo me contaba sus andanzas de jovenzuelo. Me decía que en Albacete to’ era campo. Que allí, hasta para ir a ver el fútbol, iban en carro. Así que ya os podréis imaginar cuál era mi percepción de aquellas tierras, a lo película de Almodóvar. Cuál fue mi sorpresa, al echarme yo novio manchego (cosas del destino), que descubrí que Albacete no solo tiene molinos sacados de los mejores versos de Don Quijote, si no que tiene paisajes y pueblecitos dignos de aparecer en un blog de viajes (que si amigos, que lo tenemos olvidado en nuestros escritos).

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Y como estamos en la semana del amor, os voy a recomendar un pueblecito muy muy romántico: Ayna. Enclavado en plena Sierra del Segura, es conocido como ‘La Suiza Manchega’, ya que está situado en pleno cañón del Río Mundo. Para llegar hasta allí imaginaros la de curvas que os vais a encontrar…¡Viodramina a mano! Y para entender el por qué de este nombre tan curioso, os aconsejo parar en el Mirador del Diablo (que no os asuste el nombre, esta foto no puede faltar en vuestro álbum). Desde lo alto del mirador podremos apreciar la agradable visita que nos espera del pueblecito.

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Pero antes de llegar, hubo un detalle que me llamó muchísimo la atención: una vieja moto con sidecar. Al acercarnos nos dimos cuenta de que es un homenaje a una película grabada en estas tierras: ‘Amanece que no es poco’ (si no me equivoco del año 89). Y yo, que soy la reina del postureo turistil, no pude aguantar mis ganas de hacerme la foto con el sidecar y la Sierra de fondo. ¿Mola, eh?

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Ya llegamos y tuvimos la mejor suerte del mundo: ¡aparcamos justo a la entrada del pueblo! Nada más bajar del coche, sentí la paz que se respiraba en sus calles. Libres de turistas, (sólo estábamos nosotros en todo el pueblo), sin tiendas de souvenirs, y con las puertas de los vecinos abiertas de par en par.¡Me gustó tanto! Allí el tiempo se había parado, no importaban las prisas ni los atascos de las grandes ciudades. Varios vecinos, sentados en sus portales, nos saludaron y nos dieron la bienvenida. ¡Qué bonicos por Dios!

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¿Y que contaros del pueblo? Es precioso. Lo mejor es no ir con un plan establecido, simplemente dejarte llevar por sus callecitas. Cada rincón tiene algo especial, que te llama la atención para que le fotografíes. No esperéis grandes monumentos como iglesias grandiosas o murallas fortificadas. A cambio vais a encontrar un pueblo de verdad, de los que aún conservan sillas de mimbre en las calles, botijos colgados de las fachadas y olor a pan recién hecho en la panadería del pueblo.

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Lo mejor de Ayna son sus miradores, además del ya mencionado, en nuestro recorrido por el pueblo nos encontraremos con varios de ellos. Para mi, el más bonito es el Mirador de los Mayos. Se encuentra al fin de la Calle del Castillo y para poder acceder tienes que pasar por un cortado en la roca. ¡Si vais con niños les va a resultar super emocionante! (bueno y a los no tan niños también…). Y el otro que me llamó mucho la atención fue el Balcón de los Picarzos. Se encuentra junto al Centro Social y es ideal para tomarte un café acompañado de unas vistas inmejorables.

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Si os encanta disfrutar de la naturaleza, ¡estáis de suerte! El pueblecito cuenta con un mantial de agua y una pequeña cascada. Es un lugar ideal para sentarse y relajarse, dejar atrás el estrés y darte cuenta de que el paraíso está mucho más cerca de lo que nos pensamos.

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Nos sentamos en la plaza del pueblo para descansar un poco los pies y se nos acercó un adorable señor. Nos contó que era vecino de toda la vida y que le daba mucha pena ver que el pueblo se estaba despoblando. Los jóvenes estaban emigrando a las grandes ciudades y cada vez había más casas cerradas y abandonadas. Casas señoriales que en su época habían sido grandes almacenes de ropa, a los que acudían gente de toda la provincia, hoy estaban cerrados a cal y canto. Se que es difícil la vida en estos pueblecitos, pero Ayna no puede desaparecer. Su magia, sus tradiciones y sus encantadores vecinos merecen que sus calles vuelvan a estar repletas de turistas, turistas que aprecien las bellezas rurales.

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Antes de poner rumbo a casa tenía que hacer algo que llevaba toda la mañana deseando: entrar a la panadería y comprarme unos suspiros de Ayna. ¡Qué buenos estaban! Recién hechos, calentitos, con un olor a dulce casero… (si, podéis babear). ¡Qué bien sienta al cuerpo una ración de pueblecito encantador!

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Viajar mucho mis turistas, pero sobretodo, descubrir lugares tan maravillosos como Ayna, que a veces, pasan desapercibidos para el turista deseoso de grandes clichés turísticos.  Si buscáis un rinconcito de paz en pleno corazón de España, Ayna os va a enamorar.

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

– Turismo de Ayna

– Turismo Sierra de Albacete