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Tú, mujer viajera

¿De verdad vas a viajar sola?

Contemplo la escena desde la lejanía. La chica lleva una gran mochila a cuestas, zapatillas y un libro en la mano. A su lado, su madre no entiende nada. ¿Cómo es capaz su niña de volar ella sola por el mundo? ¿No le da miedo?

Miro a la valiente viajera a los ojos, si, tiene miedo. Sabe que va a tener que romper muchas reglas, tendrá que echar abajo muchos estigmas. ¿Por qué una mujer no puede viajar sola? ¿Acaso necesitamos un hombre a nuestro lado que luche por nosotras?

Isabella Bird, la viajera escritora.

No, claro que no lo necesitamos. Todas y cada una de nosotras libramos pequeñas batallas personales que, al juntarse, conforman una gran revolución femenina: Lucha por equiparar tu salario al de tu compañero, lucha por conseguir el puesto más alto en tu empresa, lucha por ser madre y no perder tu empleo, lucha por tu espacio personal, lucha por vestir a tu hija en carnaval de Spiderman, lucha por viajar sola…

Valiente viajera, no te rindas, tu pequeña revolución hará cambiar tu mundo y el de todo aquel que se cruce en tu camino. Enseña a todas aquellas mujeres que no se atreven a dar el paso, que nosotras solas nos valemos. Que vas a ir hasta Tanzania, China, Canadá o la Luna. Tú y solo tú, vas a marcar tu destino.

Annie Londonderry, la viajera ciclista.

Ha llegado el momento de marchar, su tren está apunto de partir. Le da un beso a su madre y le tranquiliza, todo irá bien. Volverá a casa con mil historias por contar y mil recuerdos que guardará bajo llave. En su recorrido encontrará la tolerancia, el respeto y puede ser que hasta el amor. Vive, valiente viajera, que nadie te corte nunca las alas para volar.

Amelia Earhart, la aviadora.

Amelia Mary Earhart, este microrelato va por ti. Gracias por hacer creer a toda una generación de mujeres que no somos el sexo débil:  «Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros».

 

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Niño Yuntero

Martes, 28 de marzo. La estación está empezando a cobrar vida, cada día nuevos pasajeros se cruzan en mi camino. Yo, como siempre, les observo, pero hoy, no veo nada especial.

De repente, una ráfaga de aire frío pasa por mi lado. Miro hacia atrás extrañada, no hay nadie. Las ventanas siguen cerradas y las puertas están lo bastante lejos como para hacerme llegar la más mínima brisa. Entonces me doy cuenta, la estación se ha quedado parada en el tiempo. Los transeúntes, que antes llenaban la estación con sus gritos y pasos acelerados, ahora están congelados, mudos, reina el silencio.

Lentamente me levanto, estoy temblando, las piernas no me funcionan y el corazón se va a salir del pecho. ¿Qué acaba de pasar? ¿Por qué nadie se mueve? Miro alarmada a mi alrededor y solo quiero salir de allí, necesito tomar el aire. ¿Me estaré volviendo loca? Pero no puedo salir, las puertas están cerradas. Estoy a punto de gritar, pero de pronto lo veo. Allí, justo en el mismo asiento donde yo estaba antes, hay un viejo libro. Casi no me atrevo a tocarlo, lo acaricio con la yema de mis dedos, tengo fascinación por los libros antiguos. Antes de abrirlo, lo huelo. Si, adoro ese olor a libro viejo, desgastado.

Es entonces cuando me fijo en la portada. En ella solo hay escrita una fecha: 28 de marzo de 1942. Aún sigo presa del pánico, pero mi curiosidad puede conmigo. Lo abro y de él empieza a emerger música escrita. Se ha roto el silencio de la estación, ahora, escucho bellos sonetos, odas al amor y llantos desgarrados.

Cierro los ojos y percibo un ligero aroma a cebolla y pan. Ni siquiera me atrevo a preguntar como puede ser eso, simplemente me dejo llevar. Oigo el llanto de un bebé, un llanto desgarrador, tiene hambre. Junto a él hay una madre consolándole, dándole el poco alimento que sale de su ser: sangre de cebolla. No, mi niño, no llores, ríe. ‘Ríete, que te traigo la luna cuando es preciso’.

El viento vuelve a cambiar, pero el niño sigue ahí. Ha crecido, pero sigue estando hambriento. Sus manos están cansadas, su mirada desolada. Ya no juega, no ríe, no sueña. “Me duele este niño hambriento, como una grandiosa espina”. Sus días transcurren tras los surcos y los arados. Ya nadie bajará la luna por él. Quiero arrullarlo en mis manos, consolarlo, decirle que nunca más será un niño yuntero. Pero, al fin y al cabo, “¿quién salvará este chiquillo menor que un grano de avena?”

Voy corriendo hacia el, pero su silueta se va perdiendo en el tiempo. Me detengo y escucho pasos detrás de mí. Al girarme veo a un chico joven. Lo miro a los ojos y se que es mi niño yuntero. Ahí siguen fríos, vacíos, hambrientos. Se descalza y pone sus zapatos en el alféizar de la fría ventana. Se gira hacia mí y me susurra: “nunca tuve zapatos, ni trajes ni palabras.” Su vida transcurrió entre surcos y sangre de cebolla.  Su único vestido durante muchos años fue la pobreza. Me derrumbo, no puedo más. “Rabié de llanto, hasta cubrir de sal mi piel”. Vida, ¿cómo has podido ser tan cruel con mi niño yuntero? Me acerco a la fría ventana, acaricio sus raídos zapatos, y se que cuando me gire ya no estará, me habrá vuelto a dejar.

La luz empieza a tornarse más cálida. Ya no hace frío, la ventana ha dejado de estar helada. Ansío ver a mi niño yuntero, pero, en su lugar, aparece una bella mujer de con aroma de rosas. Por primera vez sonrío: mi niño hambriento se ha enamorado. Luchan por un amor dividido por la guerra. Ella espera ansiosa cada poema escrito con sangre de cebolla. Mujer rosada, “ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo.”  Tranquila, yo te guiaré, te cuidaré. Esperaremos juntas a nuestro niño yuntero. Él, desde las trincheras, te está gritando, ¿no lo oyes? “Tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.”

No deseo que se vaya, pero se que tiene que partir. Al decirle adiós la estación se queda completamente a oscuras. No veo nada, estoy helada. Presiento que algo malo va a pasar. Ya nadie me acompaña, ¿dónde está mi niño hambriento? Intento salir, correr hacia mi libertad, pero estoy encerrada. Grito desesperada, ¿por qué nadie me ayuda? Yo solo quería escribir, solo quería ser feliz. Voy a un rincón y me doy por rendida, ya está, “aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue.” Suspiro y entiendo que todo llega a su fin. Mi viaje, el viaje de mi niño yuntero, acaba aquí, solo, encerrado, a oscuras. “Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.” Sus días han acabado como empezaron, con llantos, cebolla y pan.

Alguien me despierta. Una mujer, me mira con ojos rosados y me dice que mi tren acaba de partir, que es hora de irme a casa. Tiene razón, no quiero explicarme lo que acaba de pasar. Igual solo fue un sueño, no hay que darle más vueltas. Salgo lentamente de la estación pero tengo el corazón en un puño. Antes de marcharme por completo, algo en mi me dice que entre a la librería de la esquina. Y allí estaba, esperándome. Entre libros de ciencia ficción y amores imposibles, veo a mi niño de ojos vacíos, Miguel. Me sonríe y me entrega un viejo libro: 28 de marzo de 1942. Lo guardaré, mi niño poeta, lo guardaré otros 75 años más.

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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

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La viajera ‘especial’

Si, soy una viajera rarita.

Señores hosteleros españoles, si algún día me veis cruzar la puerta de vuestro local, yo de vosotros pondría el cartel de reservado en todas las mesas, advertidos estáis.  Si corréis el riesgo y me dejáis sentarme, os pediré carta de alérgenos (hay Dios mío, ¿eso existe?), os rogaré que me tratéis como una marquesa y lo cocinéis todo para mi solita y tendré el morro de sacar mi propio pan, y si me apuráis hasta mis propios cubiertos.

Ya, estaréis pensando menuda viajera más arrogante. Pues bien, eso es lo que piensan en la mayoría de sitios a los que acudo. Piensan que soy rarita, especial, señorona… Pero nada más lejos de la realidad. Soy multialérgica, no puedo comer nada que contenga ni huevo, cereales, leche de vaca, soja, kiwi, berenjena, tomate, pimiento, melocotón, almendras… Ya os aseguro que soy yo quien peor lo pasa.

Adoro visitar pueblitos nuevos y probar su gastronomía local, para mi es uno de los mayores placeres que te puede dar el viajar. Ir a Cuenca y comerte unas buenas migas, ir a Segovia e hincharte a cochinillo, y algo tan simple como visitar Cataluña y degustar un pa amb tumaca que quita el hipo. Yo todo eso no puedo hacerlo, de esos platos, lo único que degusto es el flash de mi Nikon al fotografiarlos para el blog. Así que, queridos hosteleros, ¿de verdad pensáis que es un simple capricho o una moda pasajera?

Cada uno, día a día tiene que luchar sus propias batallas, a mi me ha tocado esta. Desde mi humilde blog quiero empezar una campaña de concienciación en mundo del turismo en cuanto a las alergias alimenticias. Hay viajeros de todo tipo: celíacos, veganos, diabéticos, vegetarianos, intolerantes… y como en mi caso multialérgicos. Si cada bar, hotel, restaurante, camping… pusiera su granito de arena, muchísima gente que está en la misma situación que yo, se animaría a viajar, a descubrir nuevos lugares, a expandir sus horizontes.

¿Qué puedes hacer por nosotros?

  • ¡Carta de alérgenos!: Parece algo que se da ya por hecho, pero en el 80% de los bares a los que he ido, ¡no tienen! Para mi, el que un establecimiento la tenga, ya me da un poquito más de seguridad ¡y dejo mi cámara a un lado para disfrutar de la comida!

  • Menús adaptados a diferentes alergias o intolerancias: Se que esto conlleva un poco de trabajo, pero es taaan de agradecer cuando un restaurante te ofrece una alternativa que ¡si que puedes comer! ¡Se me saltan hasta las lágrimas!
  • Formación de los empleados: Y es que, me han llegado a decir, ¿no puedes comer huevo? ¡Te quito el huevo de la ensaladilla y apañao! Ummm… ¿Contaminación cruzada? ¿De que está hecha la mayonesa? Hay que llevar mucho cuidado con lo que se le recomienda comer a un cliente, si el camarero en cuestión no sabe si puede contener un alérgeno, ¡mejor consultarlo antes de meter la pata!
  • Contaminación cruzada: Aquí viene el graaaan problema. No os pido que me cocinéis mi pechugita de pollo aparte por capricho, si la sartén, el cuchillo, las pinzas… han tocado algo que lleve un alérgeno…¡Peligro! Este es nuestro mayor miedo, el no controlar lo que pasa en la cocina.

  • Una sonrisita por favor: Ya lo estoy pasando lo suficientemente mal por no poder probar vuestro plato de huevos estrellados con bacon y queso fundido, así que hazme el favor, y al menos no me pongas cara de muerto cuando te hablo de mis alergias, lo agradecería muchísimo. Parece una tontería, pero cuando intentan que yo me sienta cómoda, ¡mi pechuga a la plancha solitaria sabe mucho mejor!

Así que, viajeros míos, mi intención es ir creando una lista de establecimientos donde he sido atendida a las mil maravillas. Y aquí es donde pido vuestra colaboración. ¿Conocéis algún establecimiento turístico donde cumplan al menos gran parte de estos requisitos? Entre todos seguro que podremos crear una red de servicios turísticos donde no nos traten de raritos y hagan que nuestras vacaciones se disfruten en todos los sentidos.

Os agradecería muchísimo que compartáis este post para que llegue a la mayor gente posible, esta es mi lucha, y no voy a dejarla hasta que pueda viajar tranquila. Y dicho esto, solo me queda decir… ¡Qué viva la gastronomía española! Sus tortillas, sus paellas, sus caldos, sus tapitas, sus vinos… Y que por favor… ¡Algún día los pueda volver a disfrutar!

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¡Valencia en fallas!

¡Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!

Mira, es solo pensar en ese momento y se me pone el pelo de punta. Y es que, no hay mayor placer para un valenciano que el olor a pólvora. No nos preguntes el por qué, pero nos encanta, creo que va incrustado en nuestro ADN. Desde pequeños nuestra mayor diversión es tirar petardos, y cuanto más gordo sea su sonido, más mola. Pero para mi, hay algo superior a la pólvora: las charangas. Ni Enrique Iglesias, ni Beyoncé,  ni el mismísimo Bon Jovi, a mi tócame Paquito el Chocolatero y me vengo arriba. El ‘He He’ lo tenemos más que dominado, bailamos el Caballo camina pa’ lante que ni el mejor ballet ruso, y seguimos al pie de la letra el ‘No en volem cap que no estiga borratxo’… Aish, ¡qué buenas son las fiestas valencianas!

Y es que, viajeros míos, si visitáis este fin de semana Valencia, os vais a enamorar de su cultura y sus tradiciones. Si ya de por si es una ciudad preciosa, en fiestas aún lo es más. Todos y cada uno de sus barrios engalanan sus calles con dos monumentos: la Falla Infantil y la Falla Adulta. Son monumentos con fecha limitada, ya que la noche del 19 de marzo arderán al son de la dolçaina y el tabal, acompañados por las lágrimas de sus Falleras Mayores que tienen que despedirse de unas fiestas llenas de emociones.

Las fallas no son solo fiesta nocturna, que la hay y mucha, para mi es una fiesta para vivirla por el día. Como no, uno de mis actos favoritos es la mascletà. Y ahí va un consejo: se tiran a las 14.00h, pero no esperéis ir media hora antes y coger un buen sitio. ¡El año pasado estuve plantada desde las 11 del medio día justo debajo del balcón del Ayuntamiento! (no hace falta que seáis tan exagerados como yo, fue por el puro postureo fallero). Estaría bien ir unas dos horas u hora y media antes, buscáis un buen sitio a la sombra, te sacas tu bocata y tu bebida !y a disfrutar con la música fallera¡

Y como no, el gran consejo de las Fallas: paciencia, mucha paciencia. La ciudad durante sus días grandes recibe a miles de turistas, así que sus calles, negocios, transportes… ¡están abarrotados! ¡Ríete tu del metro de China comparado con el de Valencia en los días de Fallas! Si vais en coche, dejarlo aparcado muy a las afueras y coged el transporte público, madrugar para poder ver los monumentos ganadores sin el menor numero de personas posibles, y si sois de un tono de piel rojo gamba de Denia como el mío, no os olvidéis de la crema solar ¡no veas como pega el caloret faller!

Hay una foto que todo buen turista de postureo que se precie, tiene que llevarse de Valencia: ¡la foto con una Fallera Mayor! Ellas estarán encantadas de pararse un segundo y posar para vuestro objetivo, y tu podrás apreciar de cerca lo maravillosos que son estos trajes. Siguen un estricto protocolo para recrear a la perfección la vestimenta del s. XVIII. ¡Espero algún día poder ponerme uno de esos trajes! ¡Son taaaaan bonitos!

Mi lugar favorito de la ciudad es la Plaza de la Virgen, justo a espaldas de la Catedral. Y durante los días de Fallas, es una plaza que tiene un olor especial. Cientos de flores, entregadas por los falleros a su virgen, ‘La Cheperudeta’, conforman un manto florar de vivos colores, que además de ser precioso, es uno de los actos más esperado por los valencianos: el día 18, por la noche, la Fallera Mayor de Valencia, entregará su ramo entre las lágrimas y los aplausos de los allí presentes. Si queréis presenciar este maravilloso momento,  ya podéis tener mucha, mucha, pero que mucha paciencia. ¡Hay gente esperando desde por la mañana para coger sitio! ¡Así que mucha suerte!

Y después de ver todos los monumentos falleros, vamos a lo que de verdad importa: comer. ¡Qué de eso en Valencia saben, y mucho! Yo cada vez que voy hacia allí, se me hace la boca agua pensando en una horchata fresquita con fartons. ¡Son dos de mis cosas favoritas en este mundo! Encontraréis un montón de puestos callejeros donde degustar un vasito fresquito o en cualquier horchatería típica de la ciudad ¡hay una en cada esquina!

¿Y que me decís dels bunyols? En nuestra tierra, el día el padre es sinónimo de estos dulces, hechos con calabaza, harina, levadura y fritos en aceite. Se suelen mojar en chocolate, pero yo, que soy más valenciana que los murciélagos, ¡los mojo en la horchata! ¡todo en uno! ¿Y la paella? ¿Donde mejor para degustar un rico arroz que en la Comunidad Valenciana? Intentad saliros del centro para comer, ¡ya que durante esos días os van a sacar un riñón por una ración de paella!

Y si, por la noche, si aún tenéis fuerzas, hay dos cosas imprescindibles para hacer: ver las luces de algunas fallas como Cuba Literato Azorín, las cuales se llenan con millones de bombillas y crean un espectáculo de luces y sonido, que os va a fascinar. Y como no, si estáis en Valencia la noche del 19 de marzo, acudir a la Cremà. Es el momento más esperado pero también el más triste. Toca decir adiós a los monumentos falleros y dar la bienvenida a las fiestas del año que viene. ¡En el momento veáis la cremà de la alguna de las fallas, entenderéis la pasión que tenemos los valencianos por el fuego! ¡Te hechiza tanto que no puedes dejar de mirar!

Así que ya sabéis, si queréis pasar unos días inolvidables, rodeados de buena comida, buen ambiente y mucha fiesta, ¡os espero este fin de semana en Valencia! ¿quedamos y nos tomamos una horchata fresquita?

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Viajar con niños por carretera

Yo, de pequeña, era la típica niña que daba por saco en el coche. Eso de dormirme durante el trayecto no iba conmigo. Mis ganas de llegar al destino eran tan grandes, que me tiraba toooodo el viaje preguntando a mi padre: ¿Hemos llegado ya? ¿Cuánto falta? ¿Por dónde vamos?… Ah y a todo esto añadidle él: Mamaaaa tengo hambre, me hago pis… Pero el caos total llegaba cuando abría mi boca para decir: Estoy aburrida, ¿jugamos a algo?

Año tras año, mis padres fueron mejorando su táctica, el Veo Veo ya me aburría y pedía a a gritos un juego nuevo. Juego del cual, me aburría a la media hora y pedía otro (¿divertidos mis trayectos en coche, eh?). Así que he decidido hacer la vida un poquito más fácil a aquellos papis viajeros. Que si, que el ser padres no puede ser una excusa para viajar. ¿Qué mejor educación le puedes dar a tu hijo que ver mundo? Así que, coged las cuarenta maletas que hacen falta para mover a vuestro bebé, y cargad una dosis extra de paciencia, que allá vamos.

BEBES

Recuerda llevar siempre su peluche, mantita o sonajero favorito, eso le ayudará a relajarse y a mantenerse entretenido durante el trayecto. Si tu bebé está muy pegado a su mantita o su juguete, apúntalo el primero en la lista ¡pobre de vosotros como se os olvide!

Muy importante que vuestro bebito conserve su rutina del sueño, ya que se adaptará mucho mejor a la llegada al hotel. Una buena ayuda pueden ser las canciones relajantes al empezar el viaje…¡seguro que tarda muy poquito en caer rendido! En cuanto se duerma ya podemos poner nuestro mejor repertorio de reaggeton… ¡Qué una vez al año no hace daño!

Otra opción que, además de segura, le sirve para entretenerse, son los protectores de cinturones con forma de animal. Podrá pasar un buen rato toqueteando el peluche a la par que va seguro en su sillita.

Además si vuestro peque es aún muy bebé, mi recomendación es que al menos un adulto lo acompañe en el asiento trasero. Esto le dará seguridad y podremos entretenerlo mediante juegos o canciones. Eso si, y esto va para todas las edades: aunque yo sea una férrea defensora de la lectura, evitarla a ser posible en el coche. ¡A mi me entran unos mareos! Así que, si no queréis que vuestro peque se maree más de la cuenta, ¡dejad los cuentos para el hotel!

 

NIÑOS

Para los niños un poco más mayorcitos hay que echar muuucha  imaginación. Van a querer cambiar mucho de juego, ¡así que intentad llevar varios preparados! Además, yo recuerdo que me encantaba el chantaje con comida (siempre he sido muy golosa). Es bueno llevar siempre una neverita con algunas bebidas frías, (sobretodo en los meses de verano) para que se puedan ir hidratando, y algo de comer que les guste y les permita ir un pelín más contentos.

¿Algunas ideas de juegos? Ahí van mis sugerencias:

El personaje escondido: Es un juego muy divertido. Se trata de adivinar el personaje famoso en el que esté pensando cada uno de los jugadores, y las respuestas se limitan a un “No”, “Sí” o “A veces”. Jugadores de fútbol, actores, personajes de dibujos animados, cantantes… Este juego hará que los niños ejerciten su mente tratando de adivinar quién es el personaje.

Suma la matrícula: Y para que también practiquen el cálculo mental otro de los juegos que no pueden faltar cuando viajamos con niños es el de… ¡Suma la matrícula! Deberán sumar cada número de la matrícula y el primero que diga el resultado correcto ganará un punto

Cambiar las vocales: Tienen que ir nombrando cosas que vayan viendo por la carretera. A continuación se dice una vocal y todo aquello que vean se tiene que decir completamente con esa vocal: ¡Ahora todos hablamos con la E! ¡Ya verás las risas de tus peques!

Jugar con un mapa: Esto puede ser interesante si lo enfocamos bien, y es mejor si usamos un mapa de papel. El juego puede ser tan simple como pedirles que sigan el viaje en el mapa, con un lápiz y señalando las ciudades y pueblos por los que vayamos pasando. ¡Este juego es muy indicado para miniviajeros que les gusten las aventuras!

Adivina la canción: Juego super entretenido y además se lo van a pasar pipa. Descargamos en el móvil o un Pendrive sus canciones favoritas. El juego consiste en poner los primeros segundos de la canción y darle al stop. Tienen que adivinar qué canción es y cantar un trocito. Cuándo acierten se le da al play otra vez y se les anima a que la vayan cantando la canción entera.

Trivial viajero: Recomiendo este juego para el viaje de vuelta. Se preparan una serie de preguntas (fáciles, que estamos de vacaciones) sobre los lugares que hemos visitado, su gastronomía, sus costumbres, sus monumentos… Por cada pregunta acertada se les da un quesito (pueden ser gomets, o cualquier cosita que se os ocurra como una chuche). Al final del juego gana el que más quesitos haya conseguido. Es un juego genial para ver cuánto han aprendido nuestros peques durante el viaje.

Además os puede servir cualquier juego de vuestra infancia que recordéis: El Veo Veo, Palabras Encadenadas, juegos de Mímica, el clásico de Piedra, papel o tijera… Y como útlima, pero última opción, estarían las nuevas tecnologías. Y es que, viajeros míos, vamos a reconocerlo… es taaan facil enchufar el DVD portátil o darle la tablet y olvidarnos durante un ratito que en el asiento trasero va un pequeñajo deseoso de llegar… Evitarlo hasta último momento, enseñarle que podemos disfrutar del trayecto tanto como del destino.

Ya veis, viajar con peques es algo más duro de lo habitual, pero seguro que en un futuro, os agradecerán todos y cada uno de los momentos vividos viajando. ¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

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Amor

Un rayo de luz acaba de iluminar la estación. Una chica de unos 20 años, sonríe y mira nerviosa el móvil. Sonríe tanto que me entra una enorme curiosidad por saber qué le provoca esa felicidad.

Sus piernas empiezan a moverse nerviosas. Tanto como sus dedos al teclear. Si, está esperando a su Romeo. Le delata el brillo que irradian sus ojos cada vez que mira hacia las vías del tren. No puede esperar ni un segundo más, lo necesita ya en sus brazos.

Esto me hace pensar en lo bonita qué está la estación hoy. Tiene un brillo especial, igual es por el haz de luz que ha entrado hace unos instantes, o quizás es porque el amor y la belleza se contagian, te hacen ver la vida de color de rosa. Sea como sea, una sonrisa se empieza a dibujar también en mi cara. ¡Qué emoción! ¿Cómo será él?

Ansiosas las dos, anuncian la llegada del tren de las 18.30 con salida desde Sevilla. ¡Cómo no! Sevilla, tierra de colores, de sabores y de amores. Y allí estaba él. Tal y como lo había imaginado. Sus miradas se funden en un gran beso antes de que sus cuerpos puedan siquiera tocarse.

Los veo marchar de la mano, no pueden dejar de acariciarse, de besarse, de amarse. Y yo, que solo he sido una simple espectadora, sonrío y pienso en que no hay nada más bonito en esta vida que el amor. Si, ámense.

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Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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Soledad

Y de pronto, apareció él. Él y su maleta. Siempre he ansiado tener un tesoro como ese, tan antiguo, tan raído, tan único. ¿Qué maravillosos lugares habrá visitado una maleta como esa? ¿Qué tesoros habrá guardado en su interior? La quiero, la necesito.

Una vez pude apartar la vista de su equipaje me fijé en su expresión. ¿Tristeza? Quizás dejaba atrás épocas mejores, épocas en las que la vida había sido generosa con él. Ahora en cambio, su semblante era serio, bueno, solitario.

Todo en él creaba misterio, quería saber quién era, cuál era su historia y cuál era su destino. Ese halo de misterio empezaba en su gabardina. Larga, muy larga, hasta casi los tobillos. De un color negro intenso, color que hacía conjunto con la expresión de tristeza de su cara. Y coronando, un perfecto sombrero. Para mi sorpresa, vi que tenía un toque de color, azul vibrante. Quizás, detrás de toda esa fachada de soledad, había una pequeña mota de esperanza queriendo salir.

Eran las 17:13, eso significaba que el misterioso señor cogería el tren con destino a Barcelona. Sí, sin duda alguna es un personaje digno de pasear por las mágicas calles de Gaudí. Me lo imagino con su perfecto sombrero comprando flores de colores, de mil y un colores, para dejar atrás su oscura gabardina, para olvidarse del pasado.

Llegó la hora de decirle adiós, su tren ha llegado. Y como si supiera que he estado pensando en él, se gira, se toca el ala del sombrero y me dedica una media sonrisa. Sí, nada mejor que coger tu raída maleta y dejar atrás la soledad.

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Verdadero amor

Banyoles, 2013. Fue en ese mismo lugar donde comprendí qué era el amor.

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Allí estaban, sentados frente al lago, como si nada más en este mundo les importara. Sólo ellos dos y su nieto. El niño estaba sentado a sus pies, jugando con los patos. Tenía un trozo de pan en las manos e iba dándoles pequeñas migajas. De vez en cuando, giraba la cabeza y les sonreía a sus abuelos.

Decidí hacer un alto en el camino y sentarme a observarlos. Sus arrugadas y gastadas manos no dejaban de tocarse. Se acariciaban. Se besaban. Se amaban.

La gente seguía pasando pero nadie les miraba. ¿Cómo puede ser que nadie viera tan bonita escena? ¿Nadie se había fijado cómo sus miradas se entrecruzaban y se besaban sin ni siquiera tocarse? Hemos dejado de creer en el amor, pero no el tipo de amor que nos venden en las películas, si no el verdadero. Ése que se demuestra día tras día, semana tras semana, año tras año. El amor de los pequeños detalles: una sonrisa al despertar, un beso al volver a casa, una caricia al acostarse…

Y yo, a kilómetros de casa, comprendí qué era el amor. Me habían hecho falta muchos viajes a mis espaldas, muchas aventuras, muchas fotografías. Pero allí estaba, ante mis ojos. Fue un bonito golpe del destino que lo descubriera viajando. O igual no, al fin de cuentas el viajar es una de las mayores muestras de amor existentes. En cada viaje aprendes a amar de una forma diferente, cada kilómetro te enseña a querer cada rincón y cada persona de este planeta. Viajar nos abre la mente y el corazón. Así que era mi destino encontrar el verdadero amor viajando.

Les di las gracias desde la lejanía, y, como si lo supieran, la mujer se apoyó en el hombro del marido y sonrió (se que lo hizo,no me hacía falta verlo). Los miré una vez mas, tomé la fotografía y me fui. Quería guardar este recuerdo para siempre, que nunca se borrara de mi memoria. Ahora esta historia, la historia de dos desconocidos que cambiaron mi mundo, también es la vuestra. Cuidarla.

 

PD: Esta historia va para ti, se que serás el primero en leerla. ¡Qué suerte la mía!