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Amor

Un rayo de luz acaba de iluminar la estación. Una chica de unos 20 años, sonríe y mira nerviosa el móvil. Sonríe tanto que me entra una enorme curiosidad por saber qué le provoca esa felicidad.

Sus piernas empiezan a moverse nerviosas. Tanto como sus dedos al teclear. Si, está esperando a su Romeo. Le delata el brillo que irradian sus ojos cada vez que mira hacia las vías del tren. No puede esperar ni un segundo más, lo necesita ya en sus brazos.

Esto me hace pensar en lo bonita qué está la estación hoy. Tiene un brillo especial, igual es por el haz de luz que ha entrado hace unos instantes, o quizás es porque el amor y la belleza se contagian, te hacen ver la vida de color de rosa. Sea como sea, una sonrisa se empieza a dibujar también en mi cara. ¡Qué emoción! ¿Cómo será él?

Ansiosas las dos, anuncian la llegada del tren de las 18.30 con salida desde Sevilla. ¡Cómo no! Sevilla, tierra de colores, de sabores y de amores. Y allí estaba él. Tal y como lo había imaginado. Sus miradas se funden en un gran beso antes de que sus cuerpos puedan siquiera tocarse.

Los veo marchar de la mano, no pueden dejar de acariciarse, de besarse, de amarse. Y yo, que solo he sido una simple espectadora, sonrío y pienso en que no hay nada más bonito en esta vida que el amor. Si, ámense.

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Verdadero amor

Banyoles, 2013. Fue en ese mismo lugar donde comprendí qué era el amor.

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Allí estaban, sentados frente al lago, como si nada más en este mundo les importara. Sólo ellos dos y su nieto. El niño estaba sentado a sus pies, jugando con los patos. Tenía un trozo de pan en las manos e iba dándoles pequeñas migajas. De vez en cuando, giraba la cabeza y les sonreía a sus abuelos.

Decidí hacer un alto en el camino y sentarme a observarlos. Sus arrugadas y gastadas manos no dejaban de tocarse. Se acariciaban. Se besaban. Se amaban.

La gente seguía pasando pero nadie les miraba. ¿Cómo puede ser que nadie viera tan bonita escena? ¿Nadie se había fijado cómo sus miradas se entrecruzaban y se besaban sin ni siquiera tocarse? Hemos dejado de creer en el amor, pero no el tipo de amor que nos venden en las películas, si no el verdadero. Ése que se demuestra día tras día, semana tras semana, año tras año. El amor de los pequeños detalles: una sonrisa al despertar, un beso al volver a casa, una caricia al acostarse…

Y yo, a kilómetros de casa, comprendí qué era el amor. Me habían hecho falta muchos viajes a mis espaldas, muchas aventuras, muchas fotografías. Pero allí estaba, ante mis ojos. Fue un bonito golpe del destino que lo descubriera viajando. O igual no, al fin de cuentas el viajar es una de las mayores muestras de amor existentes. En cada viaje aprendes a amar de una forma diferente, cada kilómetro te enseña a querer cada rincón y cada persona de este planeta. Viajar nos abre la mente y el corazón. Así que era mi destino encontrar el verdadero amor viajando.

Les di las gracias desde la lejanía, y, como si lo supieran, la mujer se apoyó en el hombro del marido y sonrió (se que lo hizo,no me hacía falta verlo). Los miré una vez mas, tomé la fotografía y me fui. Quería guardar este recuerdo para siempre, que nunca se borrara de mi memoria. Ahora esta historia, la historia de dos desconocidos que cambiaron mi mundo, también es la vuestra. Cuidarla.

 

PD: Esta historia va para ti, se que serás el primero en leerla. ¡Qué suerte la mía!