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Sala de escape Locus Fugae

Viajeros, siento comunicaros que nuestra queridísima tía Matilde ha fallecido.

Ayer, estaba yo comiéndome mi riguroso helado de cada día, cuando recibí una nota de su notario. Ya pensaba que venía a darnos el pésame a la familia, pero no, en su lugar nos entregó un misterioso sobre donde nos indicaba que si queríamos acceder a una jugosa herencia tendríamos que superar una serie de pruebas… ¿La tía Matilde, aquella mujer un pelín tacaña (por decirlo suavemente) que se gastaba todo el dinero de su paga en sus dos gatos tenía una gran fortuna? ¿Y nos enviaba una simple felicitación por navidad? Pero bueno, yo que me crié leyendo a Sherlok Holmes me empecé a emocionar… ¿Qué gran aventura nos habría dejado nuestra tita Matilde? ¿Valdría la pena hacer las maletas e ir hasta Alicante para averiguarlo? Elemental querido Watson.

Calle Calderón de la Barca, 25. Pues nada, aquí tiene que ser. Entro un poco asustada, no se muy bien que voy a encontrarme… ¿al mismísimo Dan Brown que me dará las pistas a seguir o tendré que hacer valer todos mis conocimientos de criminología aprendidos temporada tras temporada de CSI? Pues no, en la sala solo está el notario de nuestra tía, enfundado en un elegante traje negro (que calor tendrá que estar pasando el pobre). Pasamos a una sala donde solo hay un sobre encima de la mesa y un vídeo, bien, la cosa se va poniendo interesante.

“Señorita, cuando esté preparada le puede dar al play. Su tía Matilde ha dejado un mensaje grabado para usted”. Dicho esto, sale de la habitación y me deja a solas, con el sobre, el mando y dos gordos gatos que no dejan de mirarme. No se muy bien si darles de comer un sandwich que llevo en el bolso o echarlos de la habitación. Al final los dejo estar y cojo el mando, me sudan las manos, pero ya no puedo aguantar más. Ahí está, nuestra tía Matilde… ¿Qué querrá que hagamos?

Pues bien, viajeros míos, esto no es un cuento inventado, es la súper aventura que uno de vosotros podrá vivir en la maravillosa y trepidante sala de escape Locus Fugae. Yo fui y lo flipé, así tal cual. Desde el minuto uno, te hacen estar dentro del juego, ¡de verdad que acabas creyendo que Matilde era tu tía! Entras a la sala y te dan 60 minutos para poder descifrar las pruebas que os han dejado para poder llevaros su cuantioso testamento… ¡pero cuidado! El tiempo pasa tan deprisa ¡que en daros cuenta vuestro minutos se agotarán!

Locus Fugae Room Escape se encuentra en Alicante, justo en el centro, muy cerquita del Mercado Central y sus dueños son dos chicos jóvenes maravillosos que han puesto muchísimo ímpetu en los detalles para que te sumerjas en el juego. Desde su apertura se han llevado varios premios a la mejor sala de escape y mejor ambientación. Y no solo eso, desde hace unos meses han incluido dos nuevos juegos…Moorder, y Boom Scape, ¡así que no tienes excusa para volver si ya has estado! ¿no estás deseando probar tus habilidades detectivescas?

¡No te lo pienses dos veces y disfruta de algo diferente en tu aventura por la terreta!

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

 

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Road trip: las fiestas de pueblo

Pues si, que vivan las fiestas de pueblo.

¿Me vais a negar que no os mola cantidad bailar en la verbena de vuestro pueblo? Aunque durante el resto del año seamos los más cosmopolitas del mundo, es llegar agosto, irnos a casa de la abuela y nos trasformamos en una versión 1.1 de nosotros mismos (eso del 2.0 lo dejamos para la city).

Y os estaréis preguntando que hace un post como este en un blog como este. Pues bien, yo, como buena chica viajera, tengo creada una ruta de fiestas la cual me obliga a hacer más kilómetros con mi cochecito que un road trip por la ruta 66. Empezamos flojito en junio (no vaya a ser que nos perdamos alguna), ya en julio vamos calentando motores, y sin darte cuenta llega el plato fuerte: agosto, ahí ya, el cuerpo está tan cansado de bailar la canción de Despacito, que te aparece hasta en tus peores pesadillas. Y diréis, bueno ahí termina todo, ¡pues no! En septiembre vienen las súper fiestas de mi pueblito bonito y ahí si, es cuando te dejas la piel. Te pones la camiseta de tu peña (solo hay una para todos los días, así que al final de las fiestas, la camiseta anda sola), te preparas tu colección de gafas de sol (hay que aguantar como una campeona las mañanas con la charanga), y lo más importante de todo, te pones bien mona para las verbenas de la noche, que competimos por ver quien lleva el mejor modelito de las fiestas.

Y estas noches en las verbenas son las que luego recuerdas el resto del año enfrente del ordenador de la oficina. Y es que, lo mismo te da si bailas un pasodoble o una de perreo (bueno, eso serán las jovenzuelas de hoy en día, que a mi eso de mover el culo pa’ rriba y pa’bajo como que no se me da bien). La cuestión es darlo todo hasta que el sol te de los buenos días. ¿Y luego a dormir? Noooooo, por Dios, la gente de pueblo estamos hecha de otra pasta. Después del perreo intenso , nos tomamos unos churros con chocolate (o un kebab, eso depende del estómago de cada uno), y nos vamos junto con la charanga (benditas charangas, ¡monumento nacional ya!) a ver a quién pilla la vaquilla esa mañana. No se, llamadnos bestias, pero aquí en mi pueblo, día que no pilla a nadie, día que la gente se va a aburrida a casa… somos así, que vamos a hacerle.

¡Y la cosa no acaba ahí! Corre a tu casa, dúchate, y como buen valenciano vete al parque del pueblo a comerte la paella gigante. Yo he llegado a ver, a una mujer con una olla (de esas gigantes del puchero), ¡para que se la llenaran de arroz y así comer toda la semana! Y de esto me acuerdo a la perfección, doy fe que solo tenía una mínima resaca. Y ahora si, es justo cuando el cuerpo te pide un poco de descanso, que a los de pueblo eso de la siesta nos va muchísimo. Así que te vas a casa y al fin, te espera tu soñada cama.

¡Ey, pero no te confíes! Que en mi tierra nos van los petardos más que un niño a una piruleta. En cuanto más agustito estás, aparecen unos niños del mismísimo diablo… ¡¡¡¡¡¡y se ponen a tirar petardos en tu ventana!!!!!!! Así que ya piensas, bueno pa’que voy a dormir, te levantas, te plantas tu camiseta de la peña y te vas al bar a tomarte la primera de la noche. Y de nuevo, vuelta a empezar.

Pues si, viajeros, este es mi road trip de todos los veranos, me conozco la zona de mi alrededor al dedillo. Y en el fondo sabéis que tengo razón, sabéis que no deseáis que llegue verano para iros a una playa desértica del Mar Caribe… ¡si no para bailar Despacito hasta que te duelan los pies!

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros, bien sea a la China, a Canadá o a las fiestas del pueblo de al lado!

¡Qué vivan los pueblos y su gente bonita!

 

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Playa de Valdevaqueros

¿Queréis alegraros la vista viendo a chicos hiper mega guapos surcando las olas? ¡Pues bienvenidos a Valdevaqueros!

Allí estaba yo, en una de las playas más bonitas que había visto en mi vida, cámara en mano, esperando hacer mil fotos del paraíso, pero no, mi mente estaba ocupada en otra cosa… ¿habéis visto lo bien que les queda el traje de neopreno a los surferos? Ay Dios mío. Amorcillo, si lees esto, yo te quiero mucho, pero es que algo así solo lo había visto en las películas…

Pues a la media hora de estar yo allí embobada, me di cuenta de que las piernas me empezaban a doler…¡era como si miles de mosquitos me picaran todos a la vez! ¡El espectáculo era tan bonito como picante! El viento de levante levantaba la arena y hacia que se vieran olas en la arena, pero eso si, esas olas se estrellaban en tus piernas, ¡y duele mucho! Fue entonces cuando salí de mi mundo de imaginación de los Vigilantes de la Playa y me percaté de lo bonita que era la playa.

La arena era blanca, blanquísima diría yo. El agua, parecía sacada de una postal del Caribe, azul cielo. Y para rematar el conjunto, las dunas que se iban perdiendo en el horizonte. Empezamos a andar para alejarnos un poco de la gente, ya que aunque era maravilloso verlos volar en el aire con sus tablas, la playa merecía que le dedicaramos un largo paseo y unas mejores fotos.

Tuvimos la gran suerte de pillar marea baja y al poco de empezar a andar, cuando ya la gente quedaba a lo lejos, llegamos a una zona llena de pequeñas roquitas que al subir la marea quedaban escondidas. Y desde aquí, señores creadores de Juego de Tronos, si algún día leen esto ( yo apunto alto, oye), que sepan que sería un lugar fantástico para rodar alguna de sus escenas.

Yo me sentía como si estuviera en una película, como si los piratas fueran a venir de un momento a otro a guardar algún tesoro en las dunas que teníamos detrás. Al rato de estar soñando otra vez, salí corriendo del agua ¡qué fría estaba! ¡tenía los pies congeladitos!

Seguimos caminando un poco más y llegamos a lo que en principio parecía otra escena de película: los restos de un barco hundido. Me puse a hacer unas cuantas fotos, cuando de pronto caí en lo que era: una patera. No podía creerlo, a veces no somos conscientes sobre la realidad. Lo que para mi estaba siendo el paraíso, para estas personas que intentaban tener una vida mejor, había sido el infierno. Cada año miles de personas pierden la vida en nuestras costas y a veces, es mucho mejor mirar hacia otro lado y no querer ver la realidad. Pero allí estaba, me senté a su lado y empecé a llorar. Hacía viento, mucho viento… ¿se habrían hundido en un día como el de hoy? Se que siempre suelo escribir medio de broma, pero me sentí destrozada en ese momento y solo pude desearles suerte a todas aquellas personas que sueñan con una vida mejor.

Decidimos que ya era hora de volver, pero nos quedaba algo por hacer: subir una duna. Si, ahí a lo loco. Yo pensé: total, si al bajar la duna está la carretera, no se tardará mucho, ¿no? ¡Maldito el momento en el que tuve la idea! Después de una media hora larga, ¡la duna seguía creciendo! Cuando creíamos haber llegado a la cima… nooooooo era solo un espejismo,¡aún quedaba más!

¿Pero sabéis qué? Fue lo más bonito de todo el viaje. Allí arriba, viendo la panorámica de la playa, solo el amorcillo, la arena y yo, sentí una paz enorme. El tiempo se había parado y simplemente me senté y disfruté de las vistas. Pero tranquilos, ¡qué al fin llegamos a la carretera! ¡solo nos faltó besar el suelo!

Viajeros míos, si queréis pasar un día disfrutando de las olas, practicando un poquito de windsurf, recorrerte las dunas cual intrépido viajero en el Sahara, o simplemente convertirte en un cangrejito, la Playa de Valdevaqueros es tu opción número uno.

¡Ah y recordar las magníficas vistas con neopreno!

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

El Tumbao. Clases de windsurf y kitesurf

Hostal el Levante. Tarifa

 

 

SanSan Festival. ¿Cómo fue el primer día?

La que tiene clase, tiene clase. Y eso es así de toda la vida.

Y por desgracia, no era yo quien la tenía. Os pongo en situación: yo, de pueblo a más no poder, rodeada de la crême de la crême del panorama indie y rock nacional. Yo, con mis zapatitos, mi mochila de Anís Tenis y mi vestido del Primark, junto a chicas monísimas, que parecía que iban vestidas de mercadillo, pero que solo de pensar en lo que valían sus zapatos me entraba el vértigo.

¿Y cuál fue mi conclusión? Que la gente VIP no come. Si, si, no comen nada. Y mira que mi amigo el cocinero Agustín les sacó delicias: mini hamburgesitas, brochetas de frutas, pinchitos de tortilla… pero nada, que nadie cogía nada, oye. Y allí estaba yo, mirando la comida como quien mira al amor de su vida, y esperando que alguien de el paso y coja la primera hamburgesa… ¡Pero por qué no coméis! Nada, al final me harté y fui al ataque, que soy de pueblo, pero no soy tonta (nunca le digo que no a un buen aperitivo).

Que a todo esto venía yo a contaros que tal mi experiencia SuperVip de la mano de Anís Tenis, el primer día del festival. Pasado el susto de ver que has hecho pis en el mismo baño que Sidecars, que has tomado un vinito con Supersubmarina y te has hecho la foto de postureo con Sansito, decidimos que era hora de ver algún concierto, que a fin de cuentas, para eso estábamos allí.

Y para mi sorpresa me enamoré perdidamente de Coque Malla. ¡Qué elegancia por Dios! Todo vestido de negro, con una pequeña bufanda y una presencia escénica enorme. No le hace falta hacer locuras de viejo roquero, él, con sus gestos elegantes, se vale para enamorarte canción tras canción. Fíjate que conforme iban pasando las canciones, se iba volviendo más y más atractivo… ¡Qué tendrán los músicos que nos vuelven locas! Para mí, ha sido mi gran revelación del festival.

Pero la cosa no había hecho más que empezar, quedaban los tres platos fuertes de la noche.  Empezamos a oír los primeros acordes y Vero, la chica Tenis Glee y yo, nos fuimos corriendo a ver a Sidecars. Y con ellos, nos dimos cuenta de una de las verdades irrefutables del rock nacional: para ser un buen roquero, tienes que tener unos pantalones negros de pitillo, de esos que no te dejan ni respirar. De verdad, que yo sufro con solo verlos… ¡y de pensar cómo se los quitarán luego! A todo esto, tenía al lado al fan numero uno de la banda. Yo creo que me tiré más tiempo mirándole a él que a Sidecars. Lo daba todo en cada canción, lo vivía, lo disfrutaba, y eso viajeros míos, es el verdadero motivo de los festivales… la pasión por la música.

Pero Sidecars fue el telonero para el plato gordo de la noche: Leiva. Allí estaba él, 13 años después de haber actuado en un festival, volvía a la vida en el San San. Fue el fiestón de la noche. Leiva se quiere, se ama a sí mismo, y eso lo refleja en sus conciertos. Es hipnótico, no puedes dejar de mirarlo.  Con cada movimiento que hace, te van dando ganas de ir quitándote el sujetador para lanzárselo… aish el rollito bohemio. Pero desde aquí, quiero realzar a los verdaderos protagonistas del concierto: su saxofonista y su trompetista. ¡Qué espectáculo de hombres! Hacen que esos instrumentos tan clásicos, queden de lo más cool arriba del escenario, ¡bravo por ellos!

Y me estaban empezando a entrar los nervios. Todos tenemos una canción que forma parte de nuestra vida. Tenía yo unos 7 u 8 años y estaba en una granja escuela, y un chico me dijo que escuchara una canción que acababa de salir: Llamando a la tierra de MClan. Desde entonces, ha sido mi canción. No hay día en que no la escuche, me levanta el ánimo en días malos y me acompaña en mis viajes largos por carretera. Y allí los tenía, a solo unos metros de mí. ¡No podía creerme que los tuviera tan cerca!, fueron pasando sus canciones, el público se venía arriba al son de la pandereta, y de repente llegó mi momento. Empezaron a sonar los primeros acordes de mi canción y todo el mundo empezó a gritar… ¡Allí estaba mi canción! ¡por los grandes clásicos del rock nacional! Ah, un saludo a mi amigo festivalero, si, el del ‘aguántame el cubata que voy a aplaudir’. De verdad, no sabes la paciencia que tienes hasta que te toca el festivalero borracho al lado en tu canción favorita… ¡Todo sea por Mclan!

Y la chica Glee y yo, mayores ya para tantos trotes, decidimos bebernos un par de chupitos de Glee Frambuesa e irnos a dormir. Que los festivales están genial, pero ya vamos teniendo nuestra edad y se va notando.

Hoy intentaremos no perdernos por Benicàssim para llegar al festival, ¡qué mis piernas no dan para más!

¡A seguir sumando experiencias mis viajeros!

Entrevista ESATUR Formación

http://esaturformacion.com/entrevista-a-noelia-lopez-creadora-del-blog-con-dos-tacones/

Arpa de ojos vacíos

A simple vista, parecía un hombre sin hogar.

Sus viejos pantalones estaban desgastados, el color marrón había ido perdiendo su tonalidad con el paso de los años. La camisa le quedaba grande, le caía por los lados, como queriendo escapar y recordar sus años de gloria. En su día fue de un tono blanco reluciente, hoy se veía amarillenta, desgastada. Y para cubrir su cabeza, una gorra. Creo distinguir que promociona algún casino local, fíjate en la ironía. Publicidad de una sociedad consumista, acostumbrada a gastar cada uno de los céntimos que reciben, y en cambio, su portador, deseaba el poder siquiera acariciarlos.

Pero lo peor de todo no era su ropa, era su mirada. Vacía. Sus ojos miraban al suelo, como deseando que nadie posara su vista en él. De vez en cuando se miraba las manos y las frotaba, no hacía frío, estaban llegando los primeros aires primaverales, pero algo me hizo pensar que el frío salía de su interior.  Me sentí mal por un momento, ¿qué hacía yo imaginando su vida? ¿y si no quería que yo la adivinara? Decidí que lo dejaría pasar, él deseaba pasar desapercibido, que nadie fijara su mirada en la suya, vacía.

Pero de pronto se levantó y fue hacia un gran objeto que había apoyado en la pared. Hasta ese momento no me había fijado, era enorme, tan grande como nuestro misterioso hombre. ¿Qué habría ahí dentro? Me acerqué a él y vi como se fue convirtiendo. Su mirada empezó a cobrar vida, empezó a aparecer una media sonrisa en su cara, casi pasaba desapercibida, pero ahí estaba. Se sentó, abrió su gran maleta y sacó un objeto que me dejó descolocada: un arpa. ¡Vaya, nunca lo habría imaginado! Mi intuición me había fallado, mi triste hombre, era un poeta musical.

Empezaron a sonar sus primeras notas y la estación se congeló. Cientos de ojos se volvieron hacia él, y curiosamente vi que lo disfrutaba. Había pasado de ser un hombre sin rostro, a la persona más atractiva de todo el recinto. Nota tras nota, su mirada iba cobrando vida, ya no me parecía un hombre sin hogar, esta vez me había equivocado. Consiguió crear un ambiente mágico, miles de personas, sin nada en común entre ellas, empezaron a sonreir. Por un momento me pareció que nadie tenía prisa, nadie se acordaba que su tren estaba a punto de partir, daba igual, solo querían disfrutar de un instante de paz.

La melodía que desprendía con su arca llenaba cada rincón de la estación de tren. Parecía como si las notas estuvieran flotando a nuestro alrededor, deslizándose suave entre los transeúntes, escapando por las ventanas. Sus dedos se movían suavemente entre las cuerdas, esos dedos tan desgastados por el duro trabajo, se convertían en frágiles y delicados, sabían como acariciar el arpa, cómo darle amor.

Aplaudí en mi interior a este gran músico, de golpe, mi día había cambiado por completo. Decidí que era el momento de decirle adiós, cogí mi chaqueta, lo miré un instante más y me marché entrela multitud. Paso a paso, la melodía se iba desvaneciendo, las notas se iban agotando, pero para mi sorpresa, al llegar a casa, me di cuenta de que la música seguía en mi, no conseguía sacarla de mi cabeza. Así que cogí, le hice un hueco y la guardé bajo llave. Quería recordar por siempre al arpa de los ojos vacíos. tradetra

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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!