¿Qué ver en Lucainena de las Torres?: Pueblito bonito almeriense

Una vez me regalaron un gato.

No tiene nada de especial en principio, ¿verdad? Pues os equivocáis, fue raro pero raro, raro. Os pongo en situación. Corría el año 2015 y por aquel entonces ya me encantaba visitar pueblitos bonitos perdidos por el mundo. Cogí un mapa de la provincia de Almería y enseguida me llamó la atención un pueblecito con un nombre un tanto extraño: Lucainena de las Torres (tardé varios días en enseñarme el nombre). Y pensé, ese pueblo con ese nombre tan guay tiene escrito mi nombre en grande, y para allá que me fui.

Mirad, para empezar está allí perdido donde cristo perdió el gorro, tal cual. Nos llevó unas cuantas curvas y unos cuantos para que me mareo (soy propensa a marearme en cuanto subo al coche, y aún así me encanta hacer road trips, llamadme masoca) pero al fin, llegamos al pueblito. Y la gran pregunta fue: ¿dónde aparcamos? No nos dio tiempo a pensar mucho ya que sin quererlo estábamos ya en la Plaza Mayor del pueblo, y oye muy bonita…. tenía hasta una cabina de teléfonos!!!! Si, si de esas en las que llamaba yo a mi madre para decirle que llegaba tarde a casa (cosa que pasaba finde si y finde también). Pues como buena postureante pensé ahí me tengo que hacer yo una foto.

 

Bajo del coche y me veo a un grupito adorable de abueletes almerienses y ingenua de mi les pregunto:

Disculpen, ¿aquí se puede aparcar?

A lo que los adorables abuelitos empezaron a descojonarse, y justo cuando se les empezaban a saltar las lágrimas de los ojos me miraron extrañada y me preguntaron:

¿Te has perdido cariño? 

No, vengo a ver el pueblo

¡Manoloooo que tenemos una turista! ¡Bienvenida al pueblo bonica! ¡Puedes aparcar donde quieras!

Os juro que creía que iban a sacar la banda de música del pueblo (americanooooos). Ya me veía yo, bailando al son de la charanga y comiendo croquetas caseras del bar del pueblo. Pero bueno volvamos a lo que estábamos. Al comprobar que de verdad no me había perdido me indicaron una ruta para hacer por el pueblecito para que no me perdiera nada de nada. Les di las gracias, me colgué la cámara y empecé mi ruta.

A los cinco minutos de ir caminando, noté que alguien me seguía. Me giré muuuuy despacito, que jope e leído muchas novelas negras y tengo una imaginación muy vivaz. ¡Y ahí estaban! Los abuelitos saludándome…

-Vas bien nena, sigue todo recto y gira a la derecha y te encontraras con la iglesia. Saluda al padre de nuestra parte y dile que has venido a ver el pueblo.

¡Solo les faltaba ponerme la alfombra roja! Pero bueno a todo esto no os he contado nada del pueblo. Es precioso: callecitas blancas, geranios de colores, vistas geniales de todo el valle… Pero lo mejor de todo son unos enormes hornos de fundición que se conservan tal y como estaban en la época y es un placer visitarlos, algo totalmente diferente que no había visto nunca.

Y tal como me dijeron, la iglesia de la Virgen de Montesión era una pequeñita maravilla y por si eso fuera poco, las vistas que tiene desde su placita son para sentarse un ratito y contemplar tranquilamente el paisaje. Y justo ahí me crucé con el primer gatito. Se me sentó al lado y se acurrucó a mi lado para que lo acariciara. Pero lo que yo no sabía es que tenía más compañía… más tarde me enteraría de que los abuelitos estaban observándome como yo acariciaba ese gatito, y a los amables señores se les ocurrió una idea.

Pues ya habían pasado un par de horitas, me había hecho unas cuantas fotos de postureo en esas callecitas andaluzas blancas y decidí que ya era hora de volver. Tomé el camino hacia la Plaza Mayor, que era donde tenía el coche, y al llegar se me acercaron mis ya coleguis de toda la vida y como si fuera lo más normal del mundo me dijeron:

Toma bonica, como hemos visto que te gustan mucho los gatos, te queremos regalar uno para que te acuerdes siempre de nosotros. 

Me pusieron un gataco en mis brazos, ellos sonreían y yo no sabía que cara poner. Si, me encantan los gatos (y todos los animales en general), pero yo no me podía llegar a ese gato!!! Y encima me miraba con cara de pena como pensando qué está pasando aquí…

Pues ahí estaba yo, perdida en un pueblecito pequeñito, con un gato en los brazos y cinco abuelitos mirándome de lo más contentos. ¿Cómo les iba a rechazar yo a ese gato?

Casi llorando les dije que no podía quedármelo pero que le podían poner mi nombre para así acordarse de mi cuando lo vieran. ¡Menos mal que aceptaron! ¡Qué ya me veía yo el enfado de mi madre cuando entrara con un gato a casa!

Así que amigos míos, si buscáis un pueblo donde os acepten como uno más, donde os hagan sentir como en casa, donde encuentres pequeños tesoros escondidos que poca gente conoce… Lucainena de las Torres es vuestro pueblito bonito. Además, está declarado uno de los pueblos más bonitos de España, así que merece la pena una visita, ¿verdad?

Ah y no os olvidéis de algo muy importante… ¡saludar a el gato Noelia de mi parte! Creo que aún tiene pesadillas conmigo…

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Pedraza

Corría el año 2009 y yo, a mis 20 añitos, me enfrentaba a uno de los mayores retos de toda la humanidad: guiar por primera vez a un grupo. Bueno seguro que ahora estáis pensando que no es para tanto, pues si, para mi lo era. Yo, tan yogurina, tan inexperta, con las piernecitas temblando, una carpeta bajo el brazo para parecer profesional y unas extensiones horribles (¿ de verdad me veía mona así?), me puse delante de un grupo y les dije: Pues eso, que voy a ser vuestra guía. Ya os podéis imaginar la cara que puso el grupo. Una abuela me dio hasta un bocata, me vio cara de nieta.

Una vez pasado el shock inicial, pusimos camino de Segovia. Cada vez que recuerdo aquel primer viaje me entra vergüenza ajena, pobre grupo. La voz me temblaba, el chófer era murciano cerrao y yo no lo entendía, y nunca en la vida había estado en Castilla y León, imagínense la situación.  Pero de pronto, llegamos a un pequeño pueblecito y mi suerte cambió. Pedraza, tan bonito, tan rural, tan tranquilo, taaaaaan todo, que me enamoré de él nada más poner el pie en el suelo. Fue mi primer gran amor viajero, fue dónde descubrí que mi pasión era visitar pequeños pueblitos bonitos. Pero estaba tan nerviosa que no pude disfrutarlo como yo hubiese querido, así que durante muchos años, Pedraza ha sido mi espinita clavada en mi cuaderno viajero.

Y ahora ya, a mi vejez ( que 8 años no es tontería, ¿eh?) decidí que era hora de volver. Cogí mi súper Nikon, me puse mona para la ocasión (no todos los días te reencuentras con un viejo amor) y hacia Pedraza que nos fuimos. Y si, es tal y como lo recordaba, bonico del todo.

Si vais en coche no tendréis ningún problema, repartidos por todo el pueblecito hay varios parkings donde poder dejar el coche y empezar a callejear. Nos da la bienvenida una antigua puerta de la muralla, conocida como la Puerta de la Villa. Es traspasar este arco y sentirte como en la Edad Media. De ella parten varias callecitas, escoger la que más os guste, todas  merecen la pena: casas llenas de tiestos con flores, viejas puertas, vid colgando de los muros… Pero si además queréis empaparos con algo de historia, justo al ladito de la puerta se encuentra la antigua cárcel, donde se pueden visitar las diferentes salas y aprender un poquitín sobre la historia local (precio 3€).

Pero el verdadero encanto de Pedraza reside en sus calles, oye y no lo digo yo. Sus vecinos han visto rodajes como Águila Roja, Toledo, e incluso aquel famoso anuncio de la lotería de navidad, donde Rafael entonaba el Na, na na na na naaaaa (sabes que lo has leído cantando). Así que, viajero mío, va siendo hora de que saques tu cámara a relucir y te saques unas cuantas fotos de postureo, ¡de esas que tanto nos gustan! ¡Qué no todos los días estamos paseando por las calles donde gravó el mismísimo Rafael!

Y uno de los puntos más fuertes que tiene Pedraza es su Plaza Mayor. Y aquí estoy indignada. Señor Alcalde o Alcaldesa de Pedraza, llevaba yo esperando volver a su municipio 8 añacos, y cuando llego a la plaza que recordaba con tanto cariño, ¿con qué me encuentro? ¡Con la plaza de toros medio a montar! ¡No pude hacerme la foto en esa plaza taaan bonica! Mira, casi me faltó llorar. Pensaréis que soy una peliculera, y si, pero vamos que a mi estas cosas me afectan mucho y casi no duermo yo luego por la noche. Pero que lo sepáis, Pedraza tiene una de las plazas mayores más bonicas que e visto en mi vida. Queda dicho.

Así que algo cabizbaja, seguí mi camino hacia el Castillo. Tengo que reconocer que se me pasó a los dos minutos cuando vi una casa hiper mega mona llena de florecitas como a mi me gusta, y le hice unas cuántas fotos. Si, a veces soy así de simple. Pues eso, que llegamos al Castillo y la vista es genial. Allí tan imponente, se alza la fortaleza de origen árabe. Se conserva muy muy bien y paseando por su interior te puedes llegar a sentir como la dueña y señora de Pedraza, que a mi eso de venirme arriba me lleva poco tiempo. Por si os interesa visitarlo la entrada son 6€ y abre de miércoles a domingo.

Hay algo muy curioso que siempre he querido ver de este encantador pueblo y es la famosa Noche de las Velas. Durante los dos primeros sábados de Julio, el pueblecito se llena con casi 40.000 velas repartidas por todas sus calles. Además se realizar actividades culturales y conciertos durante estos días…¿algún alma caritativa segoviana me quiere adoptar para julio? ¡Cruzo los dedos para poder ir al año que viene!

Y como no…¡no os podéis ir de Pedraza sin comer un buen cochinillo! Qué estamos en la provincia del buen yantar, y para los amantes de la carne es toda una delicia. Pero os voy a confesar algo, eso si, que no salga de aquí y se enteren los segovianos… no me gusta eso de que me sirvan el pobre cochinillo enterito… me da una penita verlo ahí. Eso si, ¡huele que alimenta!

Tenía tantas, tantas ganas de volver a mi primer pueblito bonito que la mañana se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Para mi, Pedraza siempre tendrá un huequito especial en mi corazón.

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Playa de Valdevaqueros

¿Queréis alegraros la vista viendo a chicos hiper mega guapos surcando las olas? ¡Pues bienvenidos a Valdevaqueros!

Allí estaba yo, en una de las playas más bonitas que había visto en mi vida, cámara en mano, esperando hacer mil fotos del paraíso, pero no, mi mente estaba ocupada en otra cosa… ¿habéis visto lo bien que les queda el traje de neopreno a los surferos? Ay Dios mío. Amorcillo, si lees esto, yo te quiero mucho, pero es que algo así solo lo había visto en las películas…

Pues a la media hora de estar yo allí embobada, me di cuenta de que las piernas me empezaban a doler…¡era como si miles de mosquitos me picaran todos a la vez! ¡El espectáculo era tan bonito como picante! El viento de levante levantaba la arena y hacia que se vieran olas en la arena, pero eso si, esas olas se estrellaban en tus piernas, ¡y duele mucho! Fue entonces cuando salí de mi mundo de imaginación de los Vigilantes de la Playa y me percaté de lo bonita que era la playa.

La arena era blanca, blanquísima diría yo. El agua, parecía sacada de una postal del Caribe, azul cielo. Y para rematar el conjunto, las dunas que se iban perdiendo en el horizonte. Empezamos a andar para alejarnos un poco de la gente, ya que aunque era maravilloso verlos volar en el aire con sus tablas, la playa merecía que le dedicaramos un largo paseo y unas mejores fotos.

Tuvimos la gran suerte de pillar marea baja y al poco de empezar a andar, cuando ya la gente quedaba a lo lejos, llegamos a una zona llena de pequeñas roquitas que al subir la marea quedaban escondidas. Y desde aquí, señores creadores de Juego de Tronos, si algún día leen esto ( yo apunto alto, oye), que sepan que sería un lugar fantástico para rodar alguna de sus escenas.

Yo me sentía como si estuviera en una película, como si los piratas fueran a venir de un momento a otro a guardar algún tesoro en las dunas que teníamos detrás. Al rato de estar soñando otra vez, salí corriendo del agua ¡qué fría estaba! ¡tenía los pies congeladitos!

Seguimos caminando un poco más y llegamos a lo que en principio parecía otra escena de película: los restos de un barco hundido. Me puse a hacer unas cuantas fotos, cuando de pronto caí en lo que era: una patera. No podía creerlo, a veces no somos conscientes sobre la realidad. Lo que para mi estaba siendo el paraíso, para estas personas que intentaban tener una vida mejor, había sido el infierno. Cada año miles de personas pierden la vida en nuestras costas y a veces, es mucho mejor mirar hacia otro lado y no querer ver la realidad. Pero allí estaba, me senté a su lado y empecé a llorar. Hacía viento, mucho viento… ¿se habrían hundido en un día como el de hoy? Se que siempre suelo escribir medio de broma, pero me sentí destrozada en ese momento y solo pude desearles suerte a todas aquellas personas que sueñan con una vida mejor.

Decidimos que ya era hora de volver, pero nos quedaba algo por hacer: subir una duna. Si, ahí a lo loco. Yo pensé: total, si al bajar la duna está la carretera, no se tardará mucho, ¿no? ¡Maldito el momento en el que tuve la idea! Después de una media hora larga, ¡la duna seguía creciendo! Cuando creíamos haber llegado a la cima… nooooooo era solo un espejismo,¡aún quedaba más!

¿Pero sabéis qué? Fue lo más bonito de todo el viaje. Allí arriba, viendo la panorámica de la playa, solo el amorcillo, la arena y yo, sentí una paz enorme. El tiempo se había parado y simplemente me senté y disfruté de las vistas. Pero tranquilos, ¡qué al fin llegamos a la carretera! ¡solo nos faltó besar el suelo!

Viajeros míos, si queréis pasar un día disfrutando de las olas, practicando un poquito de windsurf, recorrerte las dunas cual intrépido viajero en el Sahara, o simplemente convertirte en un cangrejito, la Playa de Valdevaqueros es tu opción número uno.

¡Ah y recordar las magníficas vistas con neopreno!

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El Tumbao. Clases de windsurf y kitesurf

Hostal el Levante. Tarifa

 

 

Hello Gibraltar

¿Sabéis las ganas que tenía de volver a comer un buen fish and chips? Hace ya 6 años, (¡cómo pasa el tiempo!) cogí las maletas y me fui un año a vivir a Inglaterra. Allí aprendí a conducir por la izquierda, a llevar un chubasquero siempre en el bolso y a comer muchos, muchos fish and chips. Así que ya de camino hacia Gibraltar solo iba pensando en el festín que me iba a pegar.

Llegando nos surgió la primera duda, ¿dónde aparcamos? Pero al ver la cola de entrada en la frontera lo tuvimos claro, aparcamos en la parte española, en la Línea de la Concepción. Eso si, si queréis llenar el depósito de gasolina ¡entrar el coche al peñón! ¡Menudos precios más baratos! Le hice foto y todo para luego llorar cuando tuviera que poner la gasolina en mi pueblo… La única parte mala de aparcar en el parte española es que es todo zona azul, así que nos tocó pasar por caja y dejarnos unos cuantos eurillos en La Línea.

A la hora de pasar la frontera no tendréis ningún problema, enseñando el DNI y en tan solo unos segundos…¡te encuentras en otro país! Y no solo eso, ¡te encuentras con un aeropuerto! A partir de aquí tienes dos opciones: ir andando hasta Main Street (es un paseíto de unos 20 mintuos) o coger un autobús urbano que os va a dejar en el centro de la ciudad, el cual tiene una parada justo al lado de la ‘valla’ así que no tendréis ningún problema en localizarlo. Yo quería la típica foto de postureo cruzando el aeropuerto con el peñón al fondo, así que elegí ir andando y disfrutar del solecito gibraltareño.

Llegó un momento en el que no sabíamos muy bien por donde ir, así que preguntamos a una mujer que vimos por allí: ‘Excuse me, Where is the Main Street?’  A lo que la mujer nos miró y nos dijo: Pues lo tenéis muy fácil, to parriba. Gibraltar es to roca y to parriba’. En ese momento entendí que poco inglés iba a practicar yo… Y por si no fuera poco añadió: ‘Ufff que calor hace hoy, mi arma. Los guiris nos ponemos muy rojos en cuanto llega el buen tiempo’. ¡Pero como mola la gente de Gibraltar! ¡Esto de poder hablar con un inglés perfecto y con acento andaluz al mismo tiempo es todo un lujazo!

Con una gran sonrisa pasamos los dos puentes que dan acceso al casco antiguo y llegamos a ……. Allí yo ya no pude aguantar más las ganas de comerme un buen fish and chips y nos sentamos en el restaurante Rock English Fish and Chips ¡Y menos mal que pedimos el pequeño! ¡Era enorme y estaba buenísimo! Nos trajeron una salsa tártara que estaba para chuparse los dedos y unas patatas caseras que estaban para hacerle un monumento. ¡Cómo disfruté! Por 8 libras comimos mi amorcillo y yo súper bien. Él, que nunca había probado este plato, salió encantado. ¡A la próxima en Londres!

Seguimos nuestro camino por Main Street, y aquí fue cuando reviví mi época londisense: Mark and Spenncer, Top Shop, chololate Cardbury, pubs ingleses… Y si a todo esto le añadimos que la calle es preciosa, toda decorada con farolas de las cuales cuelgan flores de colores y casas señoriales con fachadas dignas de fotografiar, hace que el paseo por esta calle sea de lo más agradable y disfrutes de cada rinconcito.

Después de fundir mi tarjeta de crédito, que oye, esto de que los precios estén más baratos es todo un peligro, llegamos al final de Main Street y nos encontramos con un cementerio precioso. Si, se que esto de visitar un cementerio suena algo raro, pero merece la pena. En el yacen alguno de los que lucharon en la famosa Batalla de Trafalgar, en la Batalla de Algeciras, Sitio de Cádiz y la Batalla de Málaga. ¡Vamos, un lugar súper recomendado si eres un amante de la historia militar!

Y a pocos metros del cementerio, llega la atracción estrella de Gibraltar: el peñón con sus famosos monos… Si, esos monos que como te acerques mucho ¡te quitan hasta los pendientes de oro que lleves puestos! Todo aquello que reluzca capta su atención, ¡así que mucho cuidado con vuestros objetos personales! Quitando esto, la verdad es que es encantador poder contemplarlos en total libertad. Y por cierto, me contaron que corre una leyenda que el día que los monos desaparezcan de Gibraltar, ésta será española… así que gibraltareños ¡cuidar bien a vuestros monos!

Y para subir a ver el paraje natural del peñón hay varias opciones: el teleférico que cuesta 19€ subir y bajar, un bus turístico, que cuesta 30€ pero hacen varias paradas por el recorrido, y un taxi privado, son un poco más caros, pero puedes bajar allí donde quieras y puedes pactar el precio con el conductor desde un principio. Y las dos opciones low cost: en tu propio coche si lo has entrado, y la más mega económica, a pie (esto solo los recomiendo para los súper héroes). Ya, como subas lo dejo a tu elección, ya que cualquiera merece la pena para poder disfrutar de las maravillosas vistas que se observan desde el peñón.

A la bajada decidimos parar en el Jardín Botánico para tomar un poco el fresquito (que menudo calor nos hizo mi arma). ¡Y que agradable sorpresa! ¡Qué sitio más bonito! Tiene rincones preciosos con pequeñas cascadas, peces koi, cabinas telefónicas, cientos de flores… ¡e incluso si hay suerte se puede ver algún monito que otro! Si vais con peques es una visita súper obligatoria ya que pasarán un ratito muy entretenido (y los no tan peques también).

Para mi, visitar Gibraltar fue como transportarme a otra época. Me encantó volver a escuchar inglés mientras andaba por la calle, pero sobretodo me encantó ver la amabilidad de sus gentes. En todo momento nos atendieron con total amabilidad y salero, ¡los ingleses más salerosos del mundo mundial!

Así que, viajeros míos, si queréis descubrir algo totalmente diferente a pocos kilómetros de casa, Gibraltar es vuestro destino ideal. En tan solo unos minutos descubriréis una cultura y tradiciones diferentes. Abrir la mente y aceptar las decisiones de los demás, Gibraltar es inglés y yo, como buena viajera, estoy encantada de que así sea.

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Altea, la villa blanca

Como en la terreta en ningún sitio. Y mira que yo he viajado, y me enamoro de cada uno de los sitios a los que voy, pero como mi terreta, ninguna.

Altea tiene algo que te cautiva desde el minuto uno. No se si es su buen clima, su ambiente bohemio, sus preciosos miradores o su blanco impoluto que anima a sacarse mil fotos de postureo (que se lo digan a mi hermano, que al pobre lo tuve posando en cada rincón del casco antiguo, cansadito acabó el pobre de Altea). Sea como sea, es una de las visitas obligatorias cuando pasan unos días por la maravillosa Costa Blanca. Es uno de esos sitios, donde dejas un pedacito de tu corazón y gustosamente te quedarías allí a vivir una temporada. Cada una de sus callecitas, enlucidas de blanco, nos regalan unas vistas preciosas del azul Mediterraneo. Y si, me estoy poniendo muy romanticona, pero de verdad, Altea lo merece.

Para celebrar el día del padre, nos subimos los 5 al coche y nos pusimos camino de Altea (bueno antes tocó nuestra pelea de rigor por ver quien va en el asiento del medio, y por una sola vez en la vida, perdió mi hermano Pablo, ¡que gran placer!). Nada más llegar, dejamos aparcado el coche en la parte baja de el casco antiguo (era línea azul, pero al ser domingo, evitamos pagarla). Si no encontráis aparcamiento en esta zona, no os preocupéis, avanzáis un poquito más y hay dos aparcamientos grandes en la parte de arriba del todo de la ciudad donde podréis dejar el coche y empezar con la visita.

Y ahí va mi primer consejo: zapato cómodo. Mira que yo soy defensora de ir siempre monísima de la muerte, pero el casco antiguo es toooodo de piedrecitas, y ya vi a varias mujeres pasarlas canutas intentando que su tacón no se atascara entre una de ellas, así que evitar ir como un pato mareao, y poneros un zapatosos cuquis, pero adecuado para Altea. No os aconsejo subir por ninguna calle especial, simplemente dejaros llevar. Todas y cada una tienen algo bonito: una tiendecita de arte, un mirador hacia el mar, una puerta azul preciosa… No tengáis prisa y disfrutar de cada rinconcito.

Al poco, llegaremos a la Plaza Mayor, y lo primero que nos va a llamar la atención será la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo. Tiene dos preciosas cúpulas de color azul, conocidas como las cúpulas del Mediterraneo, y son tan famosas que ningún visitante se marcha de Altea sin su foto de rigor ¡no puedes evitar dejar de mirarlas!

Una vez te has deleitado con las preciosas cúpulas, ves que la plaza es todo un encanto: hay varios barecitos donde tomarte una cerveza fresquita y lo mejor de todo, calles blancas que contrastan con el azul del mar y un mirador que hará que me des la razón de lo bonita que es mi tierra. Desde él podrás apreciar la parte baja de la ciudad, el mar Mediterráneo, el Parque natural de la Sierra Helada e incluso, en días despejados, Alicante y Benidorm. Tuvimos el enorme placer de disfrutar de estas magníficas vistas acompañados por el sonido de la guitarra de un fabuloso artista callejero… ¡fue un momento mágico!

A continuación os recomiendo pasear por la Calle San Miguel, se encuentra a mano izquierda de la Iglesia y es una de las calles con más encanto de la ciudad. Está repleta de tiendas artesanas, y es que, Altea se caracteriza por ser el refugio de grandes artistas como Rafael Alberti o Vicente Blasco Ibáñez. Hoy en día aloja la facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández y eso le da un toque aún más especial. En esta calle encontraremos tiendecitas de cuadros, jabones artesanos, ropa hecha a mano, arstesanía local… ¡Muy recomendable para los amantes del mundo bohemio!

Otra de las calles con más encanto de Altea es la Calle Santa Bárbara. Se encuentra justo enfrente de la Plaza Mayor y tiene la clásica foto de la ciudad con el mar en el fondo. Además justo en la parte baja, tiene otro mirador precioso en el cual, nos sentamos un rato a la sombra y disfrutamos de las maravillosas vistas.

Mi hermano pequeño, que es de muy buen comer, ya tenía un hambre voraz, así que decidimos ir a llenar el estómago. Bajamos por la Calle Mayor (preciosa con puertas azules, talleres de artesanía y varios restaurantes), y entramos al Restaurante El Castell. Tiene una terraza preciosa, que para las noches de verano tiene que ser toda una delicia. Y aquí empezó el espectáculo: estaba yo, la rarita de las alergias; mi madre, con el brazo escayolado; y mi padre, que se adentró en un restaurante con comida italiana, y no le gusta el queso. La verdad es que la cosa empezó mal: no tenían carta de alérgenos. Para mi, eso fue un punto muy negativo, solo pude pedirme una sepia a la plancha y una triste (aunque buena ensalada). Lo peor vino cuando a los demás les trajeron sus pizzas… ¡según decían era la mejor pizza que habían probado nunca! Y yo allí, mirando mi triste ensalada y maldiciendo mis alergias… Así que, ¿lo recomendaría? Si buscáis un restaurante con buenas pizzas, buen ambiente y precios no muy caros, si. Si tenéis alguna especie de intolerancia o alergia, no. Yo no estuve muy agusto.

Después de comer, decidimos callejear un poquito más y bajar a la zona del paseo marítimo. Es ideal para pasear por la playa, tomarte un buen helado y disfrutar del buen tiempo de la primavera o darte un bañito en verano. Decidí que sería una buena idea que me diera un poquito el sol… de buena idea nada, vuelvo a tener mi piel de un color rojo gamba de Dènia, a que mala hora se me ocurrió…

Y si aún tenéis más ganas de turismear, os dejo dos recomendaciones muy interesantes y atípicas. La primera de ellas es la Iglesia Ortodoxa Rusa San Miguel Arcángel Se trata de un edificio espectacular, y único en España. Es tan curiosa que todos los materiales utilizados en su construcción, e incluso los propios trabajadores, son de origen ruso. Se empezó a construir en el 2002 y es una réplica de una iglesia del siglo XVII que se encuentra en la región de los urales.

Y la otra visita especial, es el El Jardín de los Sentidos. Se trata de una tetería, en la cual nada más entrar, te transportas a otro país, a otra época. La entrada son 7,5€ e incluye un te y un trozo de tarta. Además podréis pasear por sus jardines ¡y hacer mil fotos que os harán recordar al mundo asiático!

Así que, mis viajeros, si queréis disfrutar del placer y la tranquilidad de la Costa Blanca, Altea es vuestro destino idea: buen ambiente, buena comida y unas vistas espectaculares. ¡Si os animáis a venir avisadme y os hago una visita turística por la zona!

 

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Monóvar

Toda persona tiene su corazoncito anclado en algún lugar. Para mi, ese lugar es Monóvar.

Vivo en una pequeña ciudad (la Ilustre, Fiel y Leal Ciudad de Monóvar…casi ná), pero la verdad es que no la consideramos como tal. Para nosotros es ‘el nostre poble‘. Somo monoveros, de pueblo, y a mucha honra. Nos encantan los concursos de gachamiga, bailar al son de la dolçaina y nos morimos por un chocolatito caliente mojado con tonya.

Pero hay algo que me apena: no sabemos valorar lo que tenemos. Somos un pueblo rico en patrimonio cultural, arquitectónico y gastronómico. Tenemos viejas casonas modernistas, grandes edificios religiosos, y puntos tan singulares como la Torre del Reloj o la querida Ermita de Santa Bárbara. Y no, no vemos lo que tenemos. Esta tarde, he estado haciendo fotos por el pueblo para el blog, y la propia gente me miraba extrañada… ¿Qué hace esta chica fotografiando las calles de Monóvar? Pues muy fácil, queridos vecinos, hacer ver a todo aquel que nos visite, lo bonito que es nuestro pueblo.

Hace unos meses se puso en marcha una iniciativa que me encanta: Acción poética. Consiste en volver a dar vida a viejas paredes mediante frases bonitas y murales a todo color. Y la verdad, el resultado no puede ser mejor. Hacen que el pueblo se vea más bonito, más romántico. Te dan ganas de pasear y descubrir todos estos murales, y como no ¡foto de postureo en cada uno de ellos! ¡Qué son mano de santo para Instagram! ¿Un punto de partida de inicio de la ruta? En la Plaza de Toros nos encontramos el primero, y ya que estamos, empezaremos nuestra ruta para visitar el pueblecito desde ese mismo lugar.

Os aconsejo dejar aparcado el coche y subir andando. A lo largo de toda la Calle Mayor, nos vamos a encontrar con viejos edificios con fachadas espectaculares. Si sois unos frikis como yo de las puertas y fachadas bonitas, Monóvar os va a enamorar. Mi favorita es una vieja fábrica de jabones. Ya de pequeñita le decía a mi madre que quería vivir ahí de mayor (bueno, no lo he conseguido aún, pero tiempo al tiempo).

Casi sin darnos cuenta, nos encontraremos con la Plaza de la Iglesia. Es uno de los puntos más bonitos que tiene mi pueblo. El jardín es un lugar magnífico donde parar a descansar y de paso, tomar unas magníficas fotografías de este encantador rinconcito. Si os gusta la arquitectura religiosa, no dudéis en pasar a visitar la Iglesia, ya que tiene uno de los órganos mejor conservados de toda la Comunidad Valenciana.

A tan solo dos pasos, se encuentra la Plaza de la Sala, con su Ayuntamiento. Aquí me he pasado yo muchas mañanas de mi infancia, de la mano de mi abuelo, nos sentábamos en los bancos de la plaza y me daba cinco duros para comprarme gominolas ¡qué feliz era en ese momento! Me agrada pasar y ver que aún siguen reuniéndose ahí los ancianos, es bonito ver que algunas costumbres no se pierden.

Y justo a mano derecha del Ayuntamiento, está, para mi, el lugar más especial de Monóvar: la Torre del Reloj. Mis abuelos vivían justo debajo de esta torre, y los mejores días de mi vida los he pasado ahí. Noches de verano, en las cuales todos los vecinos sacaban sus sillas a la calle y daban las tantas hablando de cómo solucionar el mundo. Quizás por estos momentos es por los que adoro los pueblos, esto no se vive en una gran ciudad,y no, no lo cambiaría por nada del mundo.

Desde este punto, os aconsejo visitar el Barrio de la Palera. Este barrio tiene un gran potencial turístico, sus viejas callecitas te llevan a unas maravillosas vistas del pueblo. Pero voy a ser sincera, necesita una pequeñita ayuda. Podría llegar a ser el barrio más visitado de nuestro pueblo si entre todos lo cuidamos un poquito más. Desde este barrio podremos visitar las ruinas del Castillo (solo queda una pared, pero mejor eso que nada oye), y subir a la Ermita de Santa Bárbara. Todos los monoveros le tenemos especial cariño a esta parte del pueblo. Sus fiestas son el último fin de semana de agosto, y desde aquí lanzo una pequeñita campaña para que no se pierdan. Son tiempos difíciles, pero si todos ponemos un granito de arena, al final este tradicional barrio podrá seguir teniendo año tras año sus fiestas.

A la bajada, viene una visita obligatoria: la Casa-Museo Azorín. Tenemos el honor, de haber tenido entre nuestros vecinos al ilustre escritor José Martínez Ruíz. Dicho museo se puede visitat y además, este año se celebrará el año de Azorín, para conmemorar el 50 aniversario de la muerte del escritor. Durante varios meses se van a realizar diferentes actividades en torno a su figura, que nos os podéis perder.

Si queréis tomar un tentempié con un entorno inmejorable, os aconsejo parar en la Sociedad Cultural Casino de Monóvar. Es un edificio de planta modernista, con un precioso jardín para pasear, y una terracita donde descansar y tomar algo fresquito. O mejor, ¿qué tal un vino de la zona? Tenemos varias bodegas donde hacen unos vinos especiales (como me tira la terreta, eh?): Bodegas Monóvar, Bodega Primitivo Quiles y Bodega Santa Catalina del Mañan. En cualquiera de ellas os atenderán amablemente y os harán una visita por sus instalaciones (eh,y con cata incluída).

Antes de iros, no os perdáis las vistas de las casas tan espectaculares que hay justo enfrente del Casino…¡Quién tuviera la suerte de vivir ahí!

Y para finalizar nuestro recorrido, visitaremos el antiguo Exconvento y la Plaza del Cristo. Desde aquí, en Semana Santa (que por cierto, una de las mejores de toda la Comunidad Valenciana, y no lo digo yo porque sea de aquí), se le cantan saetas a la imagen de la Cofradía del Cristo en el Jueves del Silencio. Si tenéis la ocasión, apuntar Monóvar para estos días, de verdad, os va a encantar su Semana Santa.

Pero eh, de mi pueblo no os podéis ir sin probar su comida. ¡Qué mira que se come bien en la terreta! Comeros una tonya, una gachamiga, unas cocas en aceite, una buena paella alicantina, una sopa con faseguras y un buen plato de embutido seco de la zona… ¡tengo la boca agua de solo pensarlo! Y es que, queridos viajeros, si mi pueblo es bonito, su gastronomía aún lo es más.

A los turistas que nos visiten, apreciar la belleza de los pueblecitos, son lugares especiales, y a mis queridos vecinos, amar y promover más nuestra cultura, que al fin y al cabo, si no lo hacemos nosotros…¿quién lo va a hacer? Espero que os guste este post especial, está hecho con todo mi cariño hacia el mejor pueblo del mundo: Monòver (bueno, Munove, que así lo diría un monovero de pro).

¡Seguir haciendo kilómetros mis viajeros!

 

Web ayuntamiento de Monóvar

Junta Festera de Monóver

Ruta del Vino Monóvar

 

 

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Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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Ayna

Por mis venas corre sangre manchega. Me gusta el campo, correr detrás de las ovejitas (siempre he querido abrazar una…), y sacar una navaja para cortarme un buen trozo de chorizo, de esos caseros que trajo mi abuela del pueblo.

Siendo yo pequeña, mi abuelo me contaba sus andanzas de jovenzuelo. Me decía que en Albacete to’ era campo. Que allí, hasta para ir a ver el fútbol, iban en carro. Así que ya os podréis imaginar cuál era mi percepción de aquellas tierras, a lo película de Almodóvar. Cuál fue mi sorpresa, al echarme yo novio manchego (cosas del destino), que descubrí que Albacete no solo tiene molinos sacados de los mejores versos de Don Quijote, si no que tiene paisajes y pueblecitos dignos de aparecer en un blog de viajes (que si amigos, que lo tenemos olvidado en nuestros escritos).

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Y como estamos en la semana del amor, os voy a recomendar un pueblecito muy muy romántico: Ayna. Enclavado en plena Sierra del Segura, es conocido como ‘La Suiza Manchega’, ya que está situado en pleno cañón del Río Mundo. Para llegar hasta allí imaginaros la de curvas que os vais a encontrar…¡Viodramina a mano! Y para entender el por qué de este nombre tan curioso, os aconsejo parar en el Mirador del Diablo (que no os asuste el nombre, esta foto no puede faltar en vuestro álbum). Desde lo alto del mirador podremos apreciar la agradable visita que nos espera del pueblecito.

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Pero antes de llegar, hubo un detalle que me llamó muchísimo la atención: una vieja moto con sidecar. Al acercarnos nos dimos cuenta de que es un homenaje a una película grabada en estas tierras: ‘Amanece que no es poco’ (si no me equivoco del año 89). Y yo, que soy la reina del postureo turistil, no pude aguantar mis ganas de hacerme la foto con el sidecar y la Sierra de fondo. ¿Mola, eh?

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Ya llegamos y tuvimos la mejor suerte del mundo: ¡aparcamos justo a la entrada del pueblo! Nada más bajar del coche, sentí la paz que se respiraba en sus calles. Libres de turistas, (sólo estábamos nosotros en todo el pueblo), sin tiendas de souvenirs, y con las puertas de los vecinos abiertas de par en par.¡Me gustó tanto! Allí el tiempo se había parado, no importaban las prisas ni los atascos de las grandes ciudades. Varios vecinos, sentados en sus portales, nos saludaron y nos dieron la bienvenida. ¡Qué bonicos por Dios!

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¿Y que contaros del pueblo? Es precioso. Lo mejor es no ir con un plan establecido, simplemente dejarte llevar por sus callecitas. Cada rincón tiene algo especial, que te llama la atención para que le fotografíes. No esperéis grandes monumentos como iglesias grandiosas o murallas fortificadas. A cambio vais a encontrar un pueblo de verdad, de los que aún conservan sillas de mimbre en las calles, botijos colgados de las fachadas y olor a pan recién hecho en la panadería del pueblo.

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Lo mejor de Ayna son sus miradores, además del ya mencionado, en nuestro recorrido por el pueblo nos encontraremos con varios de ellos. Para mi, el más bonito es el Mirador de los Mayos. Se encuentra al fin de la Calle del Castillo y para poder acceder tienes que pasar por un cortado en la roca. ¡Si vais con niños les va a resultar super emocionante! (bueno y a los no tan niños también…). Y el otro que me llamó mucho la atención fue el Balcón de los Picarzos. Se encuentra junto al Centro Social y es ideal para tomarte un café acompañado de unas vistas inmejorables.

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Si os encanta disfrutar de la naturaleza, ¡estáis de suerte! El pueblecito cuenta con un mantial de agua y una pequeña cascada. Es un lugar ideal para sentarse y relajarse, dejar atrás el estrés y darte cuenta de que el paraíso está mucho más cerca de lo que nos pensamos.

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Nos sentamos en la plaza del pueblo para descansar un poco los pies y se nos acercó un adorable señor. Nos contó que era vecino de toda la vida y que le daba mucha pena ver que el pueblo se estaba despoblando. Los jóvenes estaban emigrando a las grandes ciudades y cada vez había más casas cerradas y abandonadas. Casas señoriales que en su época habían sido grandes almacenes de ropa, a los que acudían gente de toda la provincia, hoy estaban cerrados a cal y canto. Se que es difícil la vida en estos pueblecitos, pero Ayna no puede desaparecer. Su magia, sus tradiciones y sus encantadores vecinos merecen que sus calles vuelvan a estar repletas de turistas, turistas que aprecien las bellezas rurales.

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Antes de poner rumbo a casa tenía que hacer algo que llevaba toda la mañana deseando: entrar a la panadería y comprarme unos suspiros de Ayna. ¡Qué buenos estaban! Recién hechos, calentitos, con un olor a dulce casero… (si, podéis babear). ¡Qué bien sienta al cuerpo una ración de pueblecito encantador!

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Viajar mucho mis turistas, pero sobretodo, descubrir lugares tan maravillosos como Ayna, que a veces, pasan desapercibidos para el turista deseoso de grandes clichés turísticos.  Si buscáis un rinconcito de paz en pleno corazón de España, Ayna os va a enamorar.

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

– Turismo de Ayna

– Turismo Sierra de Albacete

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Cehegín

Fíjense que yo, siendo de Alicante (la mejor terreta del mon, por cierto), nunca había pisado tierras murcianas. Bueno, miento, como cualquier buen dominguero que se precie, un día mi padre nos subió al coche y nos dijo: ‘ale, nos vamos al Ikea’. Y si, el Ikea y la Nueva Condomina son muy bonicos, pero… mi instinto viajero me estaba pidiendo a gritos que me dejara de tanto domingueo y visitara las tierras murcianas como se merecen. Así que, convencí a mi amorcillo (que la verdad, lo chantajeé facilmente con un bocata y un fuet… si es así de facilón), cargamos el coche y hacia Murcia que nos fuimos.

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Tenía ya bastante ganas de visitar un pueblecito del cual siempre me habían hablado: Cehegín (que por cierto, lo mio me costó aprenderme el nombre). Así que por supuestísimo fue la primera parada de nuestra ruta. A la entrada de la población hay una vista espectacular de la silueta del pueblo: casitas de colores, campanarios, huertecitas típicas murcianas… Medio le grité emocionada a mi chico para que parara el coche, ¡esa foto no podía faltar en mi blog! Después de bajar, hacer la foto y tranquilizarme (si, tranquilizarme, y es que cuando un pueblecito veo que me va a enamorar, me empieza a entrar la histeria viajera), decidimos buscar un lugar para aparcar.

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Y en eso de aparcar, la verdad es que siempre tengo suerte. ¡Aparcamos en plena plaza del pueblo! Nada mas bajarnos del coche vimos como unos vecinos de Cehegín estaban montando como una especie de hoguera. Yo, que soy la reina de las cotillas viajeras, me acerqué a un mozo del pueblo para saber qué era lo que celebraban. Bueno pues según me contó, eran las fiestas en honor a San Sebastián (aplazadas desde el fin de semana del 20 de enero a causa del temporal de frío) y que esa misma noche encenderían la hoguera y habría música y ¡migas!. ¡Qué alegría más grande, fiesta, pueblecito encantador y comida todo en uno! ¡Mi paraíso!

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Decidimos dejarnos las migas para más tarde y empezamos nuestra visita por las calles del pueblo. Y reconozco que no esperaba la maravilla que me encontré. ¡El casco antiguo está lleno de antiguos palacetes!: la Casa de las Columnas, la Casa de las Boticarias, Palacio de los Fajardo, Palacio de la Tercia… ¡menudo patrimonio arquitectónico que tiene Cehegín! De verdad que con un mapa en la mano, es un placer poder visitar todos y cada uno de los palacetes, cada cual mas colorido y bonito que el anterior.

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Y en cuanto a monumentos religiosos Cehegín no se queda corto. Cuenta con una sinagoga y cuatro magníficas iglesias: Iglesia de la Soledad, Santo Cristo, Concepción y Santa María Magdalena. He de reconocer, que para mi la más bonita fue la de Santa María Magdalena, que se encuentra justo en la plaza del Castillo y tiene un torreón espectacular que se ve desde diferentes lugares del pueblo. Pero hubo un riconcito que se convirtió en uno de mis favoritos: La ermita de la Purísima Concepción, que, ademas de tener una plaza bien bonita, justo en sus espaldas, tiene la mejor vista de todo Cehegín. ¡Que belleza! No os olvidéis de este rinconcito ya que merece mucho la pena.

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Lo mejor es perderse en sus callecitas, ya que en cada una de ellas encontraréis algo digno de fotografiar: las diferentes puertas de la antigua muralla, las diferentes plazas, torres, casitas antiguas con un encanto especial… ¡Qué queréis que os cuente si me enamoró este pueblecito murciano!

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Volvimos a la Plaza del Castillo y en ese momento me fijé en lo bonita que era. Tiene un edificio con portales, pintado de un color amarillo vibrante, que hace que no puedas apartar la vista de él. Lo acompaña un precioso jardín con la escultura de un nazareno, la Casa de las Boticarias, y al fondo la Iglesia de Santa María Magdalena.

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Decidí sentarme, tomar aire y ver como montaban la hoguera. Me encantó ver como los mayores enseñaban a los niños cómo era la mejor forma de hacerla. Por estas cosas, es por las que amo los pueblecitos… ¡Dime tu a mi si en la capital te vas a encontrar una escena tan entrañable como esta! Eso si, los abuelitos sentados en el banco mirando y opinando que en su tiempo la hoguera era mejor, no podían faltar.

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Estaba yo tan abosorta y enamorada del pueblecito que no me di cuenta de que ya iba siendo hora de darle comida al cuerpo. ¡Y volvimos a tener la mejor suerte del mundo! ¡Celebraban el fin de semana de la tapa! De verdad, ¡qué maravillosa es la provincia de Murcia! Nos pusimos hasta las trancas de tapas murcianas, me tuve que desabrochar el cinturón y todo (luego me quejo de que la dieta no funciona…). Y así, más feliz que una perdíz, decidimos dar por finalizada la visita a esta población taaaan encantadora. Eso sí, antes de irnos tenía una misión pendiente: y es que, soy una friki total de las puertas azules y paredes blancas (si, cada uno a lo suyo con sus obsesiones). Y resulta que vi varias de ellas a lo largo de nuestro recorrido. Pues eso, foto de postureo con la preciosa puerta azul y para casa.

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Espero que después de leer este entrada, os animéis y hagáis una pequeña escapada a Cehegín, que yo no soy de enamorarme mucho, y fijaros me prometí volver tan pronto como pueda. Un saludo desde aquí a una vecina encantadora que nos hizo de guía turística improvisada, explicándonos lo maravilloso que era su pueblo, ¡qué razón tiene!.

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¡Seguid haciendo kilómetros mis viajeros!

http://www.turismocehegin.es/

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