Musical El Rey León, por Jose Joaquín Guardia

Llegamos a la entrada al teatro aproximadamente una hora antes del inicio de la función. Había
ya una gran cantidad de gente esperando para acceder, pero en ningún momento se siente
masificado. El ambiente era realmente agradable, y se notaba que había gente venida desde
muchos rincones de nuestro país. Hubo un pequeño retraso en la apertura de puertas, que duró
en torno a la media hora. Realmente no se hizo pesado, ya que comprendíamos que un
espectáculo de estas características y con tanto público suele acarrear este tipo de
inconvenientes.


Una vez dentro del recinto, en la planta baja se pueden encontrar gran cantidad de servicios
adicionales, como guardarropa, puesto de merchandaising, golosinas y un servicio de bar.
Habíamos sido avisados de la masificación que suele ocurrir en estos servicios, dado el
desconocimiento general de que en cada una de las plantas del teatro, justo antes de la entrada
a sala, existen estos mismos servicios. De modo que nos dirigimos a nuestra planta e hicimos
nuestras compras con mayor tranquilidad. Los precios entran dentro de lo esperado en estas
circunstancias, si bien hay quien pueda considerarlo algo caro.


Finalmente accedimos a la sala y ocupamos nuestros asientos. Estuvimos situados en el primer
anfiteatro y teníamos una vista panorámica increíble de todo el escenario, así como de los
diversos elementos dispersos por la sala. Hay que reconocer que la decoración de esta, así como
la música ambiental ya hacen al espectador anticipar el espectáculo que está a punto de
disfrutar. La única pega en este aspecto es que los asistentes más corpulentos se podrán sentir
un poco estrechos en los asientos, ya que hay poco espacio entre las filas de butacas. Sin
embargo, no habrá problemas de que alguien alto situado delante te pueda tapar, ya que la
altura de las butacas está diseñada para evitarlo.

Sobre el espectáculo en sí no queremos revelar mucho, puesto que es una experiencia que debe
vivirse en persona. Desde el inicio de la primera canción, hasta el cierre definitivo del telón todo
es pura magia. Las casi 2 horas y media que dura el espectáculo se pasan realmente rápido, y no
hay momento para el aburrimiento. Tanto el nivel de las actuaciones, como todo el apartado
artísticos y técnico son sobresalientes, dejándonos algunas veces con la boca abierta antes
situaciones antes las que solo se puede pensar “¿cómo han logrado hacer eso?”. Las diversas
escenas que ocurren fuera del escenario, en la propia sala, están diseñadas para que puedan
disfrutarse desde cualquier butaca, por lo que no existen las llamadas “butacas malas”.
En definitiva, acudir al Lope de Vega para ver este musical es una experiencia realmente
inolvidable, con un precio que si bien puede parecer un poco elevado, se justifica por sí mismo.

Una experiencia mágica que todo el mundo debería experimentar.

Lucainena de las Torres

Una vez me regalaron un gato.

No tiene nada de especial en principio, ¿verdad? Pues os equivocáis, fue raro pero raro, raro. Os pongo en situación. Corría el año 2015 y por aquel entonces ya me encantaba visitar pueblitos bonitos perdidos por el mundo. Cogí un mapa de la provincia de Almería y enseguida me llamó la atención un pueblecito con un nombre un tanto extraño: Lucainena de las Torres (tardé varios días en enseñarme el nombre). Y pensé, ese pueblo con ese nombre tan guay tiene escrito mi nombre en grande, y para allá que me fui.

Mirad, para empezar está allí perdido donde cristo perdió el gorro, tal cual. Nos llevó unas cuantas curvas y unos cuantos para que me mareo (soy propensa a marearme en cuanto subo al coche, y aún así me encanta hacer road trips, llamadme masoca) pero al fin, llegamos al pueblito. Y la gran pregunta fue: ¿dónde aparcamos? No nos dio tiempo a pensar mucho ya que sin quererlo estábamos ya en la Plaza Mayor del pueblo, y oye muy bonita…. tenía hasta una cabina de teléfonos!!!! Si, si de esas en las que llamaba yo a mi madre para decirle que llegaba tarde a casa (cosa que pasaba finde si y finde también). Pues como buena postureante pensé ahí me tengo que hacer yo una foto.

 

Bajo del coche y me veo a un grupito adorable de abueletes almerienses y ingenua de mi les pregunto:

Disculpen, ¿aquí se puede aparcar?

A lo que los adorables abuelitos empezaron a descojonarse, y justo cuando se les empezaban a saltar las lágrimas de los ojos me miraron extrañada y me preguntaron:

¿Te has perdido cariño? 

No, vengo a ver el pueblo

¡Manoloooo que tenemos una turista! ¡Bienvenida al pueblo bonica! ¡Puedes aparcar donde quieras!

Os juro que creía que iban a sacar la banda de música del pueblo (americanooooos). Ya me veía yo, bailando al son de la charanga y comiendo croquetas caseras del bar del pueblo. Pero bueno volvamos a lo que estábamos. Al comprobar que de verdad no me había perdido me indicaron una ruta para hacer por el pueblecito para que no me perdiera nada de nada. Les di las gracias, me colgué la cámara y empecé mi ruta.

A los cinco minutos de ir caminando, noté que alguien me seguía. Me giré muuuuy despacito, que jope e leído muchas novelas negras y tengo una imaginación muy vivaz. ¡Y ahí estaban! Los abuelitos saludándome…

-Vas bien nena, sigue todo recto y gira a la derecha y te encontraras con la iglesia. Saluda al padre de nuestra parte y dile que has venido a ver el pueblo.

¡Solo les faltaba ponerme la alfombra roja! Pero bueno a todo esto no os he contado nada del pueblo. Es precioso: callecitas blancas, geranios de colores, vistas geniales de todo el valle… Pero lo mejor de todo son unos enormes hornos de fundición que se conservan tal y como estaban en la época y es un placer visitarlos, algo totalmente diferente que no había visto nunca.

Y tal como me dijeron, la iglesia de la Virgen de Montesión era una pequeñita maravilla y por si eso fuera poco, las vistas que tiene desde su placita son para sentarse un ratito y contemplar tranquilamente el paisaje. Y justo ahí me crucé con el primer gatito. Se me sentó al lado y se acurrucó a mi lado para que lo acariciara. Pero lo que yo no sabía es que tenía más compañía… más tarde me enteraría de que los abuelitos estaban observándome como yo acariciaba ese gatito, y a los amables señores se les ocurrió una idea.

Pues ya habían pasado un par de horitas, me había hecho unas cuantas fotos de postureo en esas callecitas andaluzas blancas y decidí que ya era hora de volver. Tomé el camino hacia la Plaza Mayor, que era donde tenía el coche, y al llegar se me acercaron mis ya coleguis de toda la vida y como si fuera lo más normal del mundo me dijeron:

Toma bonica, como hemos visto que te gustan mucho los gatos, te queremos regalar uno para que te acuerdes siempre de nosotros. 

Me pusieron un gataco en mis brazos, ellos sonreían y yo no sabía que cara poner. Si, me encantan los gatos (y todos los animales en general), pero yo no me podía llegar a ese gato!!! Y encima me miraba con cara de pena como pensando qué está pasando aquí…

Pues ahí estaba yo, perdida en un pueblecito pequeñito, con un gato en los brazos y cinco abuelitos mirándome de lo más contentos. ¿Cómo les iba a rechazar yo a ese gato?

Casi llorando les dije que no podía quedármelo pero que le podían poner mi nombre para así acordarse de mi cuando lo vieran. ¡Menos mal que aceptaron! ¡Qué ya me veía yo el enfado de mi madre cuando entrara con un gato a casa!

Así que amigos míos, si buscáis un pueblo donde os acepten como uno más, donde os hagan sentir como en casa, donde encuentres pequeños tesoros escondidos que poca gente conoce… Lucainena de las Torres es vuestro pueblito bonito. Además, está declarado uno de los pueblos más bonitos de España, así que merece la pena una visita, ¿verdad?

Ah y no os olvidéis de algo muy importante… ¡saludar a el gato Noelia de mi parte! Creo que aún tiene pesadillas conmigo…

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!