Arpa de ojos vacíos

A simple vista, parecía un hombre sin hogar.

Sus viejos pantalones estaban desgastados, el color marrón había ido perdiendo su tonalidad con el paso de los años. La camisa le quedaba grande, le caía por los lados, como queriendo escapar y recordar sus años de gloria. En su día fue de un tono blanco reluciente, hoy se veía amarillenta, desgastada. Y para cubrir su cabeza, una gorra. Creo distinguir que promociona algún casino local, fíjate en la ironía. Publicidad de una sociedad consumista, acostumbrada a gastar cada uno de los céntimos que reciben, y en cambio, su portador, deseaba el poder siquiera acariciarlos.

Pero lo peor de todo no era su ropa, era su mirada. Vacía. Sus ojos miraban al suelo, como deseando que nadie posara su vista en él. De vez en cuando se miraba las manos y las frotaba, no hacía frío, estaban llegando los primeros aires primaverales, pero algo me hizo pensar que el frío salía de su interior.  Me sentí mal por un momento, ¿qué hacía yo imaginando su vida? ¿y si no quería que yo la adivinara? Decidí que lo dejaría pasar, él deseaba pasar desapercibido, que nadie fijara su mirada en la suya, vacía.

Pero de pronto se levantó y fue hacia un gran objeto que había apoyado en la pared. Hasta ese momento no me había fijado, era enorme, tan grande como nuestro misterioso hombre. ¿Qué habría ahí dentro? Me acerqué a él y vi como se fue convirtiendo. Su mirada empezó a cobrar vida, empezó a aparecer una media sonrisa en su cara, casi pasaba desapercibida, pero ahí estaba. Se sentó, abrió su gran maleta y sacó un objeto que me dejó descolocada: un arpa. ¡Vaya, nunca lo habría imaginado! Mi intuición me había fallado, mi triste hombre, era un poeta musical.

Empezaron a sonar sus primeras notas y la estación se congeló. Cientos de ojos se volvieron hacia él, y curiosamente vi que lo disfrutaba. Había pasado de ser un hombre sin rostro, a la persona más atractiva de todo el recinto. Nota tras nota, su mirada iba cobrando vida, ya no me parecía un hombre sin hogar, esta vez me había equivocado. Consiguió crear un ambiente mágico, miles de personas, sin nada en común entre ellas, empezaron a sonreir. Por un momento me pareció que nadie tenía prisa, nadie se acordaba que su tren estaba a punto de partir, daba igual, solo querían disfrutar de un instante de paz.

La melodía que desprendía con su arca llenaba cada rincón de la estación de tren. Parecía como si las notas estuvieran flotando a nuestro alrededor, deslizándose suave entre los transeúntes, escapando por las ventanas. Sus dedos se movían suavemente entre las cuerdas, esos dedos tan desgastados por el duro trabajo, se convertían en frágiles y delicados, sabían como acariciar el arpa, cómo darle amor.

Aplaudí en mi interior a este gran músico, de golpe, mi día había cambiado por completo. Decidí que era el momento de decirle adiós, cogí mi chaqueta, lo miré un instante más y me marché entrela multitud. Paso a paso, la melodía se iba desvaneciendo, las notas se iban agotando, pero para mi sorpresa, al llegar a casa, me di cuenta de que la música seguía en mi, no conseguía sacarla de mi cabeza. Así que cogí, le hice un hueco y la guardé bajo llave. Quería recordar por siempre al arpa de los ojos vacíos. tradetra

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