Tú, mujer viajera

¿De verdad vas a viajar sola?

Contemplo la escena desde la lejanía. La chica lleva una gran mochila a cuestas, zapatillas y un libro en la mano. A su lado, su madre no entiende nada. ¿Cómo es capaz su niña de volar ella sola por el mundo? ¿No le da miedo?

Miro a la valiente viajera a los ojos, si, tiene miedo. Sabe que va a tener que romper muchas reglas, tendrá que echar abajo muchos estigmas. ¿Por qué una mujer no puede viajar sola? ¿Acaso necesitamos un hombre a nuestro lado que luche por nosotras?

Isabella Bird, la viajera escritora.

No, claro que no lo necesitamos. Todas y cada una de nosotras libramos pequeñas batallas personales que, al juntarse, conforman una gran revolución femenina: Lucha por equiparar tu salario al de tu compañero, lucha por conseguir el puesto más alto en tu empresa, lucha por ser madre y no perder tu empleo, lucha por tu espacio personal, lucha por vestir a tu hija en carnaval de Spiderman, lucha por viajar sola…

Valiente viajera, no te rindas, tu pequeña revolución hará cambiar tu mundo y el de todo aquel que se cruce en tu camino. Enseña a todas aquellas mujeres que no se atreven a dar el paso, que nosotras solas nos valemos. Que vas a ir hasta Tanzania, China, Canadá o la Luna. Tú y solo tú, vas a marcar tu destino.

Annie Londonderry, la viajera ciclista.

Ha llegado el momento de marchar, su tren está apunto de partir. Le da un beso a su madre y le tranquiliza, todo irá bien. Volverá a casa con mil historias por contar y mil recuerdos que guardará bajo llave. En su recorrido encontrará la tolerancia, el respeto y puede ser que hasta el amor. Vive, valiente viajera, que nadie te corte nunca las alas para volar.

Amelia Earhart, la aviadora.

Amelia Mary Earhart, este microrelato va por ti. Gracias por hacer creer a toda una generación de mujeres que no somos el sexo débil:  «Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros».

 

Arpa de ojos vacíos

A simple vista, parecía un hombre sin hogar.

Sus viejos pantalones estaban desgastados, el color marrón había ido perdiendo su tonalidad con el paso de los años. La camisa le quedaba grande, le caía por los lados, como queriendo escapar y recordar sus años de gloria. En su día fue de un tono blanco reluciente, hoy se veía amarillenta, desgastada. Y para cubrir su cabeza, una gorra. Creo distinguir que promociona algún casino local, fíjate en la ironía. Publicidad de una sociedad consumista, acostumbrada a gastar cada uno de los céntimos que reciben, y en cambio, su portador, deseaba el poder siquiera acariciarlos.

Pero lo peor de todo no era su ropa, era su mirada. Vacía. Sus ojos miraban al suelo, como deseando que nadie posara su vista en él. De vez en cuando se miraba las manos y las frotaba, no hacía frío, estaban llegando los primeros aires primaverales, pero algo me hizo pensar que el frío salía de su interior.  Me sentí mal por un momento, ¿qué hacía yo imaginando su vida? ¿y si no quería que yo la adivinara? Decidí que lo dejaría pasar, él deseaba pasar desapercibido, que nadie fijara su mirada en la suya, vacía.

Pero de pronto se levantó y fue hacia un gran objeto que había apoyado en la pared. Hasta ese momento no me había fijado, era enorme, tan grande como nuestro misterioso hombre. ¿Qué habría ahí dentro? Me acerqué a él y vi como se fue convirtiendo. Su mirada empezó a cobrar vida, empezó a aparecer una media sonrisa en su cara, casi pasaba desapercibida, pero ahí estaba. Se sentó, abrió su gran maleta y sacó un objeto que me dejó descolocada: un arpa. ¡Vaya, nunca lo habría imaginado! Mi intuición me había fallado, mi triste hombre, era un poeta musical.

Empezaron a sonar sus primeras notas y la estación se congeló. Cientos de ojos se volvieron hacia él, y curiosamente vi que lo disfrutaba. Había pasado de ser un hombre sin rostro, a la persona más atractiva de todo el recinto. Nota tras nota, su mirada iba cobrando vida, ya no me parecía un hombre sin hogar, esta vez me había equivocado. Consiguió crear un ambiente mágico, miles de personas, sin nada en común entre ellas, empezaron a sonreir. Por un momento me pareció que nadie tenía prisa, nadie se acordaba que su tren estaba a punto de partir, daba igual, solo querían disfrutar de un instante de paz.

La melodía que desprendía con su arca llenaba cada rincón de la estación de tren. Parecía como si las notas estuvieran flotando a nuestro alrededor, deslizándose suave entre los transeúntes, escapando por las ventanas. Sus dedos se movían suavemente entre las cuerdas, esos dedos tan desgastados por el duro trabajo, se convertían en frágiles y delicados, sabían como acariciar el arpa, cómo darle amor.

Aplaudí en mi interior a este gran músico, de golpe, mi día había cambiado por completo. Decidí que era el momento de decirle adiós, cogí mi chaqueta, lo miré un instante más y me marché entrela multitud. Paso a paso, la melodía se iba desvaneciendo, las notas se iban agotando, pero para mi sorpresa, al llegar a casa, me di cuenta de que la música seguía en mi, no conseguía sacarla de mi cabeza. Así que cogí, le hice un hueco y la guardé bajo llave. Quería recordar por siempre al arpa de los ojos vacíos. tradetra

Niño Yuntero

Martes, 28 de marzo. La estación está empezando a cobrar vida, cada día nuevos pasajeros se cruzan en mi camino. Yo, como siempre, les observo, pero hoy, no veo nada especial.

De repente, una ráfaga de aire frío pasa por mi lado. Miro hacia atrás extrañada, no hay nadie. Las ventanas siguen cerradas y las puertas están lo bastante lejos como para hacerme llegar la más mínima brisa. Entonces me doy cuenta, la estación se ha quedado parada en el tiempo. Los transeúntes, que antes llenaban la estación con sus gritos y pasos acelerados, ahora están congelados, mudos, reina el silencio.

Lentamente me levanto, estoy temblando, las piernas no me funcionan y el corazón se va a salir del pecho. ¿Qué acaba de pasar? ¿Por qué nadie se mueve? Miro alarmada a mi alrededor y solo quiero salir de allí, necesito tomar el aire. ¿Me estaré volviendo loca? Pero no puedo salir, las puertas están cerradas. Estoy a punto de gritar, pero de pronto lo veo. Allí, justo en el mismo asiento donde yo estaba antes, hay un viejo libro. Casi no me atrevo a tocarlo, lo acaricio con la yema de mis dedos, tengo fascinación por los libros antiguos. Antes de abrirlo, lo huelo. Si, adoro ese olor a libro viejo, desgastado.

Es entonces cuando me fijo en la portada. En ella solo hay escrita una fecha: 28 de marzo de 1942. Aún sigo presa del pánico, pero mi curiosidad puede conmigo. Lo abro y de él empieza a emerger música escrita. Se ha roto el silencio de la estación, ahora, escucho bellos sonetos, odas al amor y llantos desgarrados.

Cierro los ojos y percibo un ligero aroma a cebolla y pan. Ni siquiera me atrevo a preguntar como puede ser eso, simplemente me dejo llevar. Oigo el llanto de un bebé, un llanto desgarrador, tiene hambre. Junto a él hay una madre consolándole, dándole el poco alimento que sale de su ser: sangre de cebolla. No, mi niño, no llores, ríe. ‘Ríete, que te traigo la luna cuando es preciso’.

El viento vuelve a cambiar, pero el niño sigue ahí. Ha crecido, pero sigue estando hambriento. Sus manos están cansadas, su mirada desolada. Ya no juega, no ríe, no sueña. “Me duele este niño hambriento, como una grandiosa espina”. Sus días transcurren tras los surcos y los arados. Ya nadie bajará la luna por él. Quiero arrullarlo en mis manos, consolarlo, decirle que nunca más será un niño yuntero. Pero, al fin y al cabo, “¿quién salvará este chiquillo menor que un grano de avena?”

Voy corriendo hacia el, pero su silueta se va perdiendo en el tiempo. Me detengo y escucho pasos detrás de mí. Al girarme veo a un chico joven. Lo miro a los ojos y se que es mi niño yuntero. Ahí siguen fríos, vacíos, hambrientos. Se descalza y pone sus zapatos en el alféizar de la fría ventana. Se gira hacia mí y me susurra: “nunca tuve zapatos, ni trajes ni palabras.” Su vida transcurrió entre surcos y sangre de cebolla.  Su único vestido durante muchos años fue la pobreza. Me derrumbo, no puedo más. “Rabié de llanto, hasta cubrir de sal mi piel”. Vida, ¿cómo has podido ser tan cruel con mi niño yuntero? Me acerco a la fría ventana, acaricio sus raídos zapatos, y se que cuando me gire ya no estará, me habrá vuelto a dejar.

La luz empieza a tornarse más cálida. Ya no hace frío, la ventana ha dejado de estar helada. Ansío ver a mi niño yuntero, pero, en su lugar, aparece una bella mujer de con aroma de rosas. Por primera vez sonrío: mi niño hambriento se ha enamorado. Luchan por un amor dividido por la guerra. Ella espera ansiosa cada poema escrito con sangre de cebolla. Mujer rosada, “ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo.”  Tranquila, yo te guiaré, te cuidaré. Esperaremos juntas a nuestro niño yuntero. Él, desde las trincheras, te está gritando, ¿no lo oyes? “Tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.”

No deseo que se vaya, pero se que tiene que partir. Al decirle adiós la estación se queda completamente a oscuras. No veo nada, estoy helada. Presiento que algo malo va a pasar. Ya nadie me acompaña, ¿dónde está mi niño hambriento? Intento salir, correr hacia mi libertad, pero estoy encerrada. Grito desesperada, ¿por qué nadie me ayuda? Yo solo quería escribir, solo quería ser feliz. Voy a un rincón y me doy por rendida, ya está, “aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue.” Suspiro y entiendo que todo llega a su fin. Mi viaje, el viaje de mi niño yuntero, acaba aquí, solo, encerrado, a oscuras. “Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.” Sus días han acabado como empezaron, con llantos, cebolla y pan.

Alguien me despierta. Una mujer, me mira con ojos rosados y me dice que mi tren acaba de partir, que es hora de irme a casa. Tiene razón, no quiero explicarme lo que acaba de pasar. Igual solo fue un sueño, no hay que darle más vueltas. Salgo lentamente de la estación pero tengo el corazón en un puño. Antes de marcharme por completo, algo en mi me dice que entre a la librería de la esquina. Y allí estaba, esperándome. Entre libros de ciencia ficción y amores imposibles, veo a mi niño de ojos vacíos, Miguel. Me sonríe y me entrega un viejo libro: 28 de marzo de 1942. Lo guardaré, mi niño poeta, lo guardaré otros 75 años más.