Hostal El Levante, Tarifa

Hay persona que no se cruzan en tu camino por casualidad, y Diego llegó a la mía para hacer que me enamorara de Cádiz.

Todo un empezó una tarde, de esas de aburrimiento extremo que te pones a ver vídeos de gatitos en Youtube (son tan cuquis). Pues así estaba yo, vídeo tras vídeo (en el momento empiezas, no puedes parar), cuando de repente recibí una llamada de Diego para que me animara a conocer Cádiz en las vacaciones de Semana Santa… oye, ¿por qué no? Solecito, playas, chico surferos guapos, buena comida… ¡era el plan ideal!

Cargamos las maletas en el coche y pusimos rumbo hacia la paradisíaca Tarifa. Y allí, frente al Mar Altántico, encontramos un pequeño hostal, todo blanco, con pequeñas terracitas… ¡y una zurrapa que está para hacerle un monumento! Si hay algún andaluz en la sala, necesito que me envíe un camión lleno de esa delicia para el paladar ( y par las caderas…)

Diego, su gerente, nos recibió con los brazos abiertos, ¡con esa alegría andaluza que tanto me gusta! Nos dijo que nos iba a dar la mejor habitación de todo el Hostal El Levante… ¡y que gran razón! De un blanco impoluto, con una decoración minimalista pero exquisita, unas fotografías que te animan a dejar las maletas e irte corriendo a la playa, ¡y una cama que te atrapa y no te deja salir hasta que no duermas una buena siesta de unas tres horas! (ahí, como Dios manda). Y mirad que yo tenía un montón de ganas de conocer Tarifa, pero decidimos darnos un par de horitas en el Hostal y poder disfrutar del lujo andaluz.

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Saqué mi ordenador a nuestra terracita y fue todo un placer poder escribir escuchando las olas del mar y tomando el solecito que tanto necesitaba (!que en Tarifa están todos tostados por el sol¡). Mientras yo escribía, mi amorcillo se tumbó al sol y en cinco minutos, en el espectacular jardín del Hostal el Levante, ¡acabó mas tostado que mi desayuno por la mañana! Que le vamos a hacer, los hay con mucha suerte en este mundo…

Pero lo que más me gustó de todo es el ambiente familiar que se respira en el Hostal. Durante los días que pasamos allí todos y cada uno de los integrantes del equipo, nos hicieron sentir que eramos parte de esa familia. Entendieron en cada momento mi problema con las alergias alimenticias, me lo prepararon todo aparte y me dijeron que estaban muy concienciados sobre ese tema… ¡así que un 10 para vosotros familia!

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¿Y que deciros de su  maravillosa zurrapa casera? Yo, que nunca la había probado, decidí que era hora de que algún blog le rindiera homenaje a tan exquisito manjar. Restregadita en unas tostadas, es el mejor desayuno para empezar con fuerza la mañana para subir las dunas de las playas de Tarifa, Valdevaqueros, Bolonia… ¡Qué más da que se peguen en las cartucheras! ¡Viajamos para disfrutar, no para sufrir!

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Si vais a pasar unos días por la zona de Tarifa, el Hostal el Levante es vuestro sitio ideal: decoración cuquísima, precios económicos, desayunos de rechupete, gente encantadora… ¡Yo ya le he prometido a Diego que volveremos en verano para unas clases de surf! ¡Qué no se va a librar de mi tan fácilmente!

Viajeros, apostar por los alojamientos familiares, donde recibes un trato exquisito y siempre con una sonrisa. Así que apuntar el Hostal el Levante para vuestras próximas vacaciones por la provincia de Cádiz.

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¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

 

 

 

Hello Gibraltar

¿Sabéis las ganas que tenía de volver a comer un buen fish and chips? Hace ya 6 años, (¡cómo pasa el tiempo!) cogí las maletas y me fui un año a vivir a Inglaterra. Allí aprendí a conducir por la izquierda, a llevar un chubasquero siempre en el bolso y a comer muchos, muchos fish and chips. Así que ya de camino hacia Gibraltar solo iba pensando en el festín que me iba a pegar.

Llegando nos surgió la primera duda, ¿dónde aparcamos? Pero al ver la cola de entrada en la frontera lo tuvimos claro, aparcamos en la parte española, en la Línea de la Concepción. Eso si, si queréis llenar el depósito de gasolina ¡entrar el coche al peñón! ¡Menudos precios más baratos! Le hice foto y todo para luego llorar cuando tuviera que poner la gasolina en mi pueblo… La única parte mala de aparcar en el parte española es que es todo zona azul, así que nos tocó pasar por caja y dejarnos unos cuantos eurillos en La Línea.

A la hora de pasar la frontera no tendréis ningún problema, enseñando el DNI y en tan solo unos segundos…¡te encuentras en otro país! Y no solo eso, ¡te encuentras con un aeropuerto! A partir de aquí tienes dos opciones: ir andando hasta Main Street (es un paseíto de unos 20 mintuos) o coger un autobús urbano que os va a dejar en el centro de la ciudad, el cual tiene una parada justo al lado de la ‘valla’ así que no tendréis ningún problema en localizarlo. Yo quería la típica foto de postureo cruzando el aeropuerto con el peñón al fondo, así que elegí ir andando y disfrutar del solecito gibraltareño.

Llegó un momento en el que no sabíamos muy bien por donde ir, así que preguntamos a una mujer que vimos por allí: ‘Excuse me, Where is the Main Street?’  A lo que la mujer nos miró y nos dijo: Pues lo tenéis muy fácil, to parriba. Gibraltar es to roca y to parriba’. En ese momento entendí que poco inglés iba a practicar yo… Y por si no fuera poco añadió: ‘Ufff que calor hace hoy, mi arma. Los guiris nos ponemos muy rojos en cuanto llega el buen tiempo’. ¡Pero como mola la gente de Gibraltar! ¡Esto de poder hablar con un inglés perfecto y con acento andaluz al mismo tiempo es todo un lujazo!

Con una gran sonrisa pasamos los dos puentes que dan acceso al casco antiguo y llegamos a ……. Allí yo ya no pude aguantar más las ganas de comerme un buen fish and chips y nos sentamos en el restaurante Rock English Fish and Chips ¡Y menos mal que pedimos el pequeño! ¡Era enorme y estaba buenísimo! Nos trajeron una salsa tártara que estaba para chuparse los dedos y unas patatas caseras que estaban para hacerle un monumento. ¡Cómo disfruté! Por 8 libras comimos mi amorcillo y yo súper bien. Él, que nunca había probado este plato, salió encantado. ¡A la próxima en Londres!

Seguimos nuestro camino por Main Street, y aquí fue cuando reviví mi época londisense: Mark and Spenncer, Top Shop, chololate Cardbury, pubs ingleses… Y si a todo esto le añadimos que la calle es preciosa, toda decorada con farolas de las cuales cuelgan flores de colores y casas señoriales con fachadas dignas de fotografiar, hace que el paseo por esta calle sea de lo más agradable y disfrutes de cada rinconcito.

Después de fundir mi tarjeta de crédito, que oye, esto de que los precios estén más baratos es todo un peligro, llegamos al final de Main Street y nos encontramos con un cementerio precioso. Si, se que esto de visitar un cementerio suena algo raro, pero merece la pena. En el yacen alguno de los que lucharon en la famosa Batalla de Trafalgar, en la Batalla de Algeciras, Sitio de Cádiz y la Batalla de Málaga. ¡Vamos, un lugar súper recomendado si eres un amante de la historia militar!

Y a pocos metros del cementerio, llega la atracción estrella de Gibraltar: el peñón con sus famosos monos… Si, esos monos que como te acerques mucho ¡te quitan hasta los pendientes de oro que lleves puestos! Todo aquello que reluzca capta su atención, ¡así que mucho cuidado con vuestros objetos personales! Quitando esto, la verdad es que es encantador poder contemplarlos en total libertad. Y por cierto, me contaron que corre una leyenda que el día que los monos desaparezcan de Gibraltar, ésta será española… así que gibraltareños ¡cuidar bien a vuestros monos!

Y para subir a ver el paraje natural del peñón hay varias opciones: el teleférico que cuesta 19€ subir y bajar, un bus turístico, que cuesta 30€ pero hacen varias paradas por el recorrido, y un taxi privado, son un poco más caros, pero puedes bajar allí donde quieras y puedes pactar el precio con el conductor desde un principio. Y las dos opciones low cost: en tu propio coche si lo has entrado, y la más mega económica, a pie (esto solo los recomiendo para los súper héroes). Ya, como subas lo dejo a tu elección, ya que cualquiera merece la pena para poder disfrutar de las maravillosas vistas que se observan desde el peñón.

A la bajada decidimos parar en el Jardín Botánico para tomar un poco el fresquito (que menudo calor nos hizo mi arma). ¡Y que agradable sorpresa! ¡Qué sitio más bonito! Tiene rincones preciosos con pequeñas cascadas, peces koi, cabinas telefónicas, cientos de flores… ¡e incluso si hay suerte se puede ver algún monito que otro! Si vais con peques es una visita súper obligatoria ya que pasarán un ratito muy entretenido (y los no tan peques también).

Para mi, visitar Gibraltar fue como transportarme a otra época. Me encantó volver a escuchar inglés mientras andaba por la calle, pero sobretodo me encantó ver la amabilidad de sus gentes. En todo momento nos atendieron con total amabilidad y salero, ¡los ingleses más salerosos del mundo mundial!

Así que, viajeros míos, si queréis descubrir algo totalmente diferente a pocos kilómetros de casa, Gibraltar es vuestro destino ideal. En tan solo unos minutos descubriréis una cultura y tradiciones diferentes. Abrir la mente y aceptar las decisiones de los demás, Gibraltar es inglés y yo, como buena viajera, estoy encantada de que así sea.

¡A seguir sumando kilómetros mis viajeros!

 

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Hotel Montreal, Benicàssim

La belleza está en los pequeños detalles. Esos detalles, que en un principio pasan desapercibidos pero que poco a poco se van convirtiendo en imprescindibles. Un libro esperando ser leído en la mesita de noche, una sonrisa que te da la bienvenida cuando vuelves cansado o unos caramelos esperando endulzarte tus días de vacaciones.

Nada más entrar en el Hotel Montreal me dí cuenta de que tiene algo especial. Traspasas sus puertas y te invade la tranquilidad. El hall del hotel presidido por su preciosa recepción con música relajante, la piscina thai con su gran buda y sus camas relajantes, sus talleres de yoga, masajes y tratamientos corporales. No podía creer que un hotel de playa fuera tan bonito y relajante.

Nos recibió su dueño con una sonrisa enorme, estaba encantado de tenernos por allí. Nos explicó que son un hotel atípico, que apoya el turismo responsable y las actividades culturales. Una vez al año organizan un concurso de microrrelatos, ¡con lo que me gustan a mi! Le prometí que participaría en el próximo, ya que tienen el bonito detalle, de imprimir los relatos ganadores y regalar el libro a sus clientes. ¿Veis el nivel de detalles que os decía? Además tienen prestamos de libros para que los disfrutes en su precioso jardín thai… ¡De solo pensarlo quiero volver allí unos cuantos días más!

Yo ya estaba encantada con el hotel elegido para pasar unos días en la ciudad costera de Benicàssim. Pero mi mayor sorpresa vino a la hora del desayuno… ¡tenían todos los alérgenos etiquetados en cada alimento! ¡Casi me da algo de la emoción! Yo, que siempre me quejo de que me resulta muy difícil viajar por culpa de mis alergias alimenticias, me encuentro con que tienen mucho cuidado en ese tema. Extremo cuidado de hecho: te dan pinzas y cubiertos para ti solo, te cocinan aparte todo lo que puedas comer y están pendientes de que solo te encargues de disfrutar de la comida. Estuve a punto de llorar de la emoción.

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Además tienen otra zona para diabéticos, y me contaron que poco a poco iban a sustituir todos los alimentos con aceite de palma, ya que están muy comprometidos con la buena alimentación. ¡Un 10 en este tema, de verdad! Mil gracias desde mi humilde blog.

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La playa se encuentra a tan solo unos metros del hotel, y es de las que a mi me gustan, de piedrecitas. Tiene una pequeña parte de arena que hace que se forme como una pequeña piscina natural genial para los niños. Disfrutamos un ratito del Mediterraneo, vuelta y vuelta, cual gamba de Denia acabé. Y a mi que me da un poquito de asco eso de ir llenita de arena, fue todo un placer el llegar al hotel en un segundo y darme un bañito en su jacuzzi relajante…¡no está pagado ese momento!

Si queréis relajaros, y olvidaros un poco de vuestra vida cotidiana, tienen a su disposición un montón de masajes a la carta. Yo no tuve ocasión de probarlos, ya que estuvimos muy ocupadas con el SanSan Festival, pero está prometido que la próxima vez que vaya (que espero que sea pronto), dedicaré un día entero a mimarme a mi misma con unos cuantos de ellos.

Resumiendo, el Hotel Montreal, me enamoró por los pequeños detalles. Son pequeñas cosas que las grandes cadenas hoteleras no prestan atención, pero que llegan al corazoncito de los clientes. Pero lo más importante de todo, es la gran calidad humana de sus trabajadores. Siempre nos han recibido con la mejor de sus sonrisas y nos han tratado a las mil maravillas. ¡Hasta nos sirvieron un plato de potaje que habían hecho para sus empleados! ¡Me dieron muchas ganas de abrazarlos!

Viajeros, apostar por los pequeños pero grandes proyectos. Proyectos que dan su apoyo al turismo sostenible, a la exquisita atención hacia los clientes y donde te sientes como parte de la familia.

Desde aquí mil gracias a todos los trabajadores del Hotel Montreal: desde su encantador dueño, las chicas de recepción ( a la chica del turno de noche, sentimos despertarte a esas horas), a las chicas de la limpieza, por esa sensación de limpio que dejaban en la habitación… en resumen, a todos y cada uno de ellos: mil gracias por hacer que mis días en Benicàssim fueran inolvidables.

¡Venga, a descubrir Benicàssim mis viajeros!

Hotel Montreal

Turismo de Benicàssim

 

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SanSan Festival. ¿Cómo fue el primer día?

La que tiene clase, tiene clase. Y eso es así de toda la vida.

Y por desgracia, no era yo quien la tenía. Os pongo en situación: yo, de pueblo a más no poder, rodeada de la crême de la crême del panorama indie y rock nacional. Yo, con mis zapatitos, mi mochila de Anís Tenis y mi vestido del Primark, junto a chicas monísimas, que parecía que iban vestidas de mercadillo, pero que solo de pensar en lo que valían sus zapatos me entraba el vértigo.

¿Y cuál fue mi conclusión? Que la gente VIP no come. Si, si, no comen nada. Y mira que mi amigo el cocinero Agustín les sacó delicias: mini hamburgesitas, brochetas de frutas, pinchitos de tortilla… pero nada, que nadie cogía nada, oye. Y allí estaba yo, mirando la comida como quien mira al amor de su vida, y esperando que alguien de el paso y coja la primera hamburgesa… ¡Pero por qué no coméis! Nada, al final me harté y fui al ataque, que soy de pueblo, pero no soy tonta (nunca le digo que no a un buen aperitivo).

Que a todo esto venía yo a contaros que tal mi experiencia SuperVip de la mano de Anís Tenis, el primer día del festival. Pasado el susto de ver que has hecho pis en el mismo baño que Sidecars, que has tomado un vinito con Supersubmarina y te has hecho la foto de postureo con Sansito, decidimos que era hora de ver algún concierto, que a fin de cuentas, para eso estábamos allí.

Y para mi sorpresa me enamoré perdidamente de Coque Malla. ¡Qué elegancia por Dios! Todo vestido de negro, con una pequeña bufanda y una presencia escénica enorme. No le hace falta hacer locuras de viejo roquero, él, con sus gestos elegantes, se vale para enamorarte canción tras canción. Fíjate que conforme iban pasando las canciones, se iba volviendo más y más atractivo… ¡Qué tendrán los músicos que nos vuelven locas! Para mí, ha sido mi gran revelación del festival.

Pero la cosa no había hecho más que empezar, quedaban los tres platos fuertes de la noche.  Empezamos a oír los primeros acordes y Vero, la chica Tenis Glee y yo, nos fuimos corriendo a ver a Sidecars. Y con ellos, nos dimos cuenta de una de las verdades irrefutables del rock nacional: para ser un buen roquero, tienes que tener unos pantalones negros de pitillo, de esos que no te dejan ni respirar. De verdad, que yo sufro con solo verlos… ¡y de pensar cómo se los quitarán luego! A todo esto, tenía al lado al fan numero uno de la banda. Yo creo que me tiré más tiempo mirándole a él que a Sidecars. Lo daba todo en cada canción, lo vivía, lo disfrutaba, y eso viajeros míos, es el verdadero motivo de los festivales… la pasión por la música.

Pero Sidecars fue el telonero para el plato gordo de la noche: Leiva. Allí estaba él, 13 años después de haber actuado en un festival, volvía a la vida en el San San. Fue el fiestón de la noche. Leiva se quiere, se ama a sí mismo, y eso lo refleja en sus conciertos. Es hipnótico, no puedes dejar de mirarlo.  Con cada movimiento que hace, te van dando ganas de ir quitándote el sujetador para lanzárselo… aish el rollito bohemio. Pero desde aquí, quiero realzar a los verdaderos protagonistas del concierto: su saxofonista y su trompetista. ¡Qué espectáculo de hombres! Hacen que esos instrumentos tan clásicos, queden de lo más cool arriba del escenario, ¡bravo por ellos!

Y me estaban empezando a entrar los nervios. Todos tenemos una canción que forma parte de nuestra vida. Tenía yo unos 7 u 8 años y estaba en una granja escuela, y un chico me dijo que escuchara una canción que acababa de salir: Llamando a la tierra de MClan. Desde entonces, ha sido mi canción. No hay día en que no la escuche, me levanta el ánimo en días malos y me acompaña en mis viajes largos por carretera. Y allí los tenía, a solo unos metros de mí. ¡No podía creerme que los tuviera tan cerca!, fueron pasando sus canciones, el público se venía arriba al son de la pandereta, y de repente llegó mi momento. Empezaron a sonar los primeros acordes de mi canción y todo el mundo empezó a gritar… ¡Allí estaba mi canción! ¡por los grandes clásicos del rock nacional! Ah, un saludo a mi amigo festivalero, si, el del ‘aguántame el cubata que voy a aplaudir’. De verdad, no sabes la paciencia que tienes hasta que te toca el festivalero borracho al lado en tu canción favorita… ¡Todo sea por Mclan!

Y la chica Glee y yo, mayores ya para tantos trotes, decidimos bebernos un par de chupitos de Glee Frambuesa e irnos a dormir. Que los festivales están genial, pero ya vamos teniendo nuestra edad y se va notando.

Hoy intentaremos no perdernos por Benicàssim para llegar al festival, ¡qué mis piernas no dan para más!

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Tú, mujer viajera

¿De verdad vas a viajar sola?

Contemplo la escena desde la lejanía. La chica lleva una gran mochila a cuestas, zapatillas y un libro en la mano. A su lado, su madre no entiende nada. ¿Cómo es capaz su niña de volar ella sola por el mundo? ¿No le da miedo?

Miro a la valiente viajera a los ojos, si, tiene miedo. Sabe que va a tener que romper muchas reglas, tendrá que echar abajo muchos estigmas. ¿Por qué una mujer no puede viajar sola? ¿Acaso necesitamos un hombre a nuestro lado que luche por nosotras?

Isabella Bird, la viajera escritora.

No, claro que no lo necesitamos. Todas y cada una de nosotras libramos pequeñas batallas personales que, al juntarse, conforman una gran revolución femenina: Lucha por equiparar tu salario al de tu compañero, lucha por conseguir el puesto más alto en tu empresa, lucha por ser madre y no perder tu empleo, lucha por tu espacio personal, lucha por vestir a tu hija en carnaval de Spiderman, lucha por viajar sola…

Valiente viajera, no te rindas, tu pequeña revolución hará cambiar tu mundo y el de todo aquel que se cruce en tu camino. Enseña a todas aquellas mujeres que no se atreven a dar el paso, que nosotras solas nos valemos. Que vas a ir hasta Tanzania, China, Canadá o la Luna. Tú y solo tú, vas a marcar tu destino.

Annie Londonderry, la viajera ciclista.

Ha llegado el momento de marchar, su tren está apunto de partir. Le da un beso a su madre y le tranquiliza, todo irá bien. Volverá a casa con mil historias por contar y mil recuerdos que guardará bajo llave. En su recorrido encontrará la tolerancia, el respeto y puede ser que hasta el amor. Vive, valiente viajera, que nadie te corte nunca las alas para volar.

Amelia Earhart, la aviadora.

Amelia Mary Earhart, este microrelato va por ti. Gracias por hacer creer a toda una generación de mujeres que no somos el sexo débil:  «Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros».

 

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Arpa de ojos vacíos

A simple vista, parecía un hombre sin hogar.

Sus viejos pantalones estaban desgastados, el color marrón había ido perdiendo su tonalidad con el paso de los años. La camisa le quedaba grande, le caía por los lados, como queriendo escapar y recordar sus años de gloria. En su día fue de un tono blanco reluciente, hoy se veía amarillenta, desgastada. Y para cubrir su cabeza, una gorra. Creo distinguir que promociona algún casino local, fíjate en la ironía. Publicidad de una sociedad consumista, acostumbrada a gastar cada uno de los céntimos que reciben, y en cambio, su portador, deseaba el poder siquiera acariciarlos.

Pero lo peor de todo no era su ropa, era su mirada. Vacía. Sus ojos miraban al suelo, como deseando que nadie posara su vista en él. De vez en cuando se miraba las manos y las frotaba, no hacía frío, estaban llegando los primeros aires primaverales, pero algo me hizo pensar que el frío salía de su interior.  Me sentí mal por un momento, ¿qué hacía yo imaginando su vida? ¿y si no quería que yo la adivinara? Decidí que lo dejaría pasar, él deseaba pasar desapercibido, que nadie fijara su mirada en la suya, vacía.

Pero de pronto se levantó y fue hacia un gran objeto que había apoyado en la pared. Hasta ese momento no me había fijado, era enorme, tan grande como nuestro misterioso hombre. ¿Qué habría ahí dentro? Me acerqué a él y vi como se fue convirtiendo. Su mirada empezó a cobrar vida, empezó a aparecer una media sonrisa en su cara, casi pasaba desapercibida, pero ahí estaba. Se sentó, abrió su gran maleta y sacó un objeto que me dejó descolocada: un arpa. ¡Vaya, nunca lo habría imaginado! Mi intuición me había fallado, mi triste hombre, era un poeta musical.

Empezaron a sonar sus primeras notas y la estación se congeló. Cientos de ojos se volvieron hacia él, y curiosamente vi que lo disfrutaba. Había pasado de ser un hombre sin rostro, a la persona más atractiva de todo el recinto. Nota tras nota, su mirada iba cobrando vida, ya no me parecía un hombre sin hogar, esta vez me había equivocado. Consiguió crear un ambiente mágico, miles de personas, sin nada en común entre ellas, empezaron a sonreir. Por un momento me pareció que nadie tenía prisa, nadie se acordaba que su tren estaba a punto de partir, daba igual, solo querían disfrutar de un instante de paz.

La melodía que desprendía con su arca llenaba cada rincón de la estación de tren. Parecía como si las notas estuvieran flotando a nuestro alrededor, deslizándose suave entre los transeúntes, escapando por las ventanas. Sus dedos se movían suavemente entre las cuerdas, esos dedos tan desgastados por el duro trabajo, se convertían en frágiles y delicados, sabían como acariciar el arpa, cómo darle amor.

Aplaudí en mi interior a este gran músico, de golpe, mi día había cambiado por completo. Decidí que era el momento de decirle adiós, cogí mi chaqueta, lo miré un instante más y me marché entrela multitud. Paso a paso, la melodía se iba desvaneciendo, las notas se iban agotando, pero para mi sorpresa, al llegar a casa, me di cuenta de que la música seguía en mi, no conseguía sacarla de mi cabeza. Así que cogí, le hice un hueco y la guardé bajo llave. Quería recordar por siempre al arpa de los ojos vacíos. tradetra

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Niño Yuntero

Martes, 28 de marzo. La estación está empezando a cobrar vida, cada día nuevos pasajeros se cruzan en mi camino. Yo, como siempre, les observo, pero hoy, no veo nada especial.

De repente, una ráfaga de aire frío pasa por mi lado. Miro hacia atrás extrañada, no hay nadie. Las ventanas siguen cerradas y las puertas están lo bastante lejos como para hacerme llegar la más mínima brisa. Entonces me doy cuenta, la estación se ha quedado parada en el tiempo. Los transeúntes, que antes llenaban la estación con sus gritos y pasos acelerados, ahora están congelados, mudos, reina el silencio.

Lentamente me levanto, estoy temblando, las piernas no me funcionan y el corazón se va a salir del pecho. ¿Qué acaba de pasar? ¿Por qué nadie se mueve? Miro alarmada a mi alrededor y solo quiero salir de allí, necesito tomar el aire. ¿Me estaré volviendo loca? Pero no puedo salir, las puertas están cerradas. Estoy a punto de gritar, pero de pronto lo veo. Allí, justo en el mismo asiento donde yo estaba antes, hay un viejo libro. Casi no me atrevo a tocarlo, lo acaricio con la yema de mis dedos, tengo fascinación por los libros antiguos. Antes de abrirlo, lo huelo. Si, adoro ese olor a libro viejo, desgastado.

Es entonces cuando me fijo en la portada. En ella solo hay escrita una fecha: 28 de marzo de 1942. Aún sigo presa del pánico, pero mi curiosidad puede conmigo. Lo abro y de él empieza a emerger música escrita. Se ha roto el silencio de la estación, ahora, escucho bellos sonetos, odas al amor y llantos desgarrados.

Cierro los ojos y percibo un ligero aroma a cebolla y pan. Ni siquiera me atrevo a preguntar como puede ser eso, simplemente me dejo llevar. Oigo el llanto de un bebé, un llanto desgarrador, tiene hambre. Junto a él hay una madre consolándole, dándole el poco alimento que sale de su ser: sangre de cebolla. No, mi niño, no llores, ríe. ‘Ríete, que te traigo la luna cuando es preciso’.

El viento vuelve a cambiar, pero el niño sigue ahí. Ha crecido, pero sigue estando hambriento. Sus manos están cansadas, su mirada desolada. Ya no juega, no ríe, no sueña. “Me duele este niño hambriento, como una grandiosa espina”. Sus días transcurren tras los surcos y los arados. Ya nadie bajará la luna por él. Quiero arrullarlo en mis manos, consolarlo, decirle que nunca más será un niño yuntero. Pero, al fin y al cabo, “¿quién salvará este chiquillo menor que un grano de avena?”

Voy corriendo hacia el, pero su silueta se va perdiendo en el tiempo. Me detengo y escucho pasos detrás de mí. Al girarme veo a un chico joven. Lo miro a los ojos y se que es mi niño yuntero. Ahí siguen fríos, vacíos, hambrientos. Se descalza y pone sus zapatos en el alféizar de la fría ventana. Se gira hacia mí y me susurra: “nunca tuve zapatos, ni trajes ni palabras.” Su vida transcurrió entre surcos y sangre de cebolla.  Su único vestido durante muchos años fue la pobreza. Me derrumbo, no puedo más. “Rabié de llanto, hasta cubrir de sal mi piel”. Vida, ¿cómo has podido ser tan cruel con mi niño yuntero? Me acerco a la fría ventana, acaricio sus raídos zapatos, y se que cuando me gire ya no estará, me habrá vuelto a dejar.

La luz empieza a tornarse más cálida. Ya no hace frío, la ventana ha dejado de estar helada. Ansío ver a mi niño yuntero, pero, en su lugar, aparece una bella mujer de con aroma de rosas. Por primera vez sonrío: mi niño hambriento se ha enamorado. Luchan por un amor dividido por la guerra. Ella espera ansiosa cada poema escrito con sangre de cebolla. Mujer rosada, “ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo.”  Tranquila, yo te guiaré, te cuidaré. Esperaremos juntas a nuestro niño yuntero. Él, desde las trincheras, te está gritando, ¿no lo oyes? “Tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.”

No deseo que se vaya, pero se que tiene que partir. Al decirle adiós la estación se queda completamente a oscuras. No veo nada, estoy helada. Presiento que algo malo va a pasar. Ya nadie me acompaña, ¿dónde está mi niño hambriento? Intento salir, correr hacia mi libertad, pero estoy encerrada. Grito desesperada, ¿por qué nadie me ayuda? Yo solo quería escribir, solo quería ser feliz. Voy a un rincón y me doy por rendida, ya está, “aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue.” Suspiro y entiendo que todo llega a su fin. Mi viaje, el viaje de mi niño yuntero, acaba aquí, solo, encerrado, a oscuras. “Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.” Sus días han acabado como empezaron, con llantos, cebolla y pan.

Alguien me despierta. Una mujer, me mira con ojos rosados y me dice que mi tren acaba de partir, que es hora de irme a casa. Tiene razón, no quiero explicarme lo que acaba de pasar. Igual solo fue un sueño, no hay que darle más vueltas. Salgo lentamente de la estación pero tengo el corazón en un puño. Antes de marcharme por completo, algo en mi me dice que entre a la librería de la esquina. Y allí estaba, esperándome. Entre libros de ciencia ficción y amores imposibles, veo a mi niño de ojos vacíos, Miguel. Me sonríe y me entrega un viejo libro: 28 de marzo de 1942. Lo guardaré, mi niño poeta, lo guardaré otros 75 años más.

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Sayech beach, by Josan

Tacos, nachos, empanadas, hamburgesas, patatas… ¡De solo pensarlo mi boca se hace agua! Ese fue mi gran dilema de ayer, ¿qué me pido? Allí estábamos mi amorcillo y yo, a pie de playa, con un solecito espectacular, una ligera brisa mediterránea y una gran calavera mexicana que nos quería obligar a comer todas y cada una de las cosas de la carta (que lo hice obligada, que conste).

Y no, no hace falta irte a México para probar unos tacos que están de rechupete, unos nachos repletos de queso fundido que aparecerán en tus mejores sueños, y una hamburgesa gourmet que te reafirmarán tus ganas de ser carnívoro. Solo con que vayas a Urbanova en Alicante (la millor terreta del món, por cierto), los tendrás al alcance de tu mano… ¡y de tu bolsillo!

Hace tres semanas recibí una llamada que me hizo especial ilusión: ¡estábamos invitados a la apertura del nuevo Sayech beach, by Josan! Y yo, que no me pierdo un sarao, allí que me planté. Además que soy una defensora de los grandes proyectos diferentes y originales. Que dos chicos jóvenes como son Ángela y Josan, hayan decidido abrir su tercer local en la provincia de Alicante, es algo digno de admirar hoy en día. Gracias a gente como ellos (y no gracias a quienes se creen que tienen el poder absoluto), nuestro país irá resurgiendo poco a poco de sus cenizas. Así que chicos, mil gracias por ser gente tan molona y emprendedora.

¿Y que deciros de la comida? Es de 10. Su carácter joven se nota en cada uno de los platos que te sirven. Toda su carta es de estilo callejero internacional (palabras de la propia Ángela) y lo mejor, es que todo está cocinado a la brasa, ¡así que ya podéis imaginaros que placer al darle el primer mordisco a la hamburgesa! (cual Crónicas Carnívoras). ¿Sois más amantes del pescado? No os preocupéis, a partir de veranito van a incluir carta de pescados recién traídos de los mejores puertos de la Costa Blanca… ¡apostando por el producto nacional de calidad! ¡Así me gusta! Y por si no fuera poco, llevan muchísimo cuidado con el tema de los alérgenos. Su carta está totalmente detallada y al no poder comer la gran mayoría de los platos (ya me he acostumbrado a comer por la vista), tuvieron el gran detalle de servirme un platito de un embutido que estaba para rebañar el plato y un arroz que quitaba el sentio. De verdad, mil gracias por este detalle.

Mi parte favorita es la decoración del local. Su gran cartel en el exterior, la gran calavera que te da la bienvenida, la escalera colgada del techo, el banco blanco impoluto de madera… Si te gustan los locales modernos y acogedores al mismo tiempo, te vas a sentir como en casa. Y seguro que estáis pensando que toda esta comida tan moderna y este local tan guay, además de estar en pleno paseo marítimo, tiene un precio desorbitado… ¡Pues no! ¡Sus precios son de los mas económicos! Echarle un ojo a la carta vosotros mismos:

¿Y de dónde viene esta idea de mezclar comida mediterránea con latina? Pues veréis, Ángela tiene raíces latinas, colombianas. Su genial mamá (la cual tuve ayer el gusto de conocer), les eneñó desde bien pequeñas a cocinar recetas típicas de la gastronomía de su país de origen. Fue cosa del destino que en su vida entrara Josan, un gran chef amante de la cocina tradicional pero con un toque moderno. Y el resto ya es historia, decidieron emprender su primer negocio juntos y tuvo tanto éxito, que a día de hoy son nº1 en Tripadvisor en la ciudad de Elda. ¡Estoy segura que vendrán muchos éxitos más!

Así que recordar, mis viajeros, si veraneáis unos días en la provincia de Alicante, apuntar Sayech beach, by Josan como uno de vuestros referentes para pasar un buen rato en uno de los locales mas molones de la terreta. Y os dejo su frase más famosa, de la cual estoy totalmente enamorada: A comer, beber y bailar, que el mundo se va a acabar. ¡A disfrutar de la vida mis viajeros!