Amor

Un rayo de luz acaba de iluminar la estación. Una chica de unos 20 años, sonríe y mira nerviosa el móvil. Sonríe tanto que me entra una enorme curiosidad por saber qué le provoca esa felicidad.

Sus piernas empiezan a moverse nerviosas. Tanto como sus dedos al teclear. Si, está esperando a su Romeo. Le delata el brillo que irradian sus ojos cada vez que mira hacia las vías del tren. No puede esperar ni un segundo más, lo necesita ya en sus brazos.

Esto me hace pensar en lo bonita qué está la estación hoy. Tiene un brillo especial, igual es por el haz de luz que ha entrado hace unos instantes, o quizás es porque el amor y la belleza se contagian, te hacen ver la vida de color de rosa. Sea como sea, una sonrisa se empieza a dibujar también en mi cara. ¡Qué emoción! ¿Cómo será él?

Ansiosas las dos, anuncian la llegada del tren de las 18.30 con salida desde Sevilla. ¡Cómo no! Sevilla, tierra de colores, de sabores y de amores. Y allí estaba él. Tal y como lo había imaginado. Sus miradas se funden en un gran beso antes de que sus cuerpos puedan siquiera tocarse.

Los veo marchar de la mano, no pueden dejar de acariciarse, de besarse, de amarse. Y yo, que solo he sido una simple espectadora, sonrío y pienso en que no hay nada más bonito en esta vida que el amor. Si, ámense.

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Monóvar

Toda persona tiene su corazoncito anclado en algún lugar. Para mi, ese lugar es Monóvar.

Vivo en una pequeña ciudad (la Ilustre, Fiel y Leal Ciudad de Monóvar…casi ná), pero la verdad es que no la consideramos como tal. Para nosotros es ‘el nostre poble‘. Somo monoveros, de pueblo, y a mucha honra. Nos encantan los concursos de gachamiga, bailar al son de la dolçaina y nos morimos por un chocolatito caliente mojado con tonya.

Pero hay algo que me apena: no sabemos valorar lo que tenemos. Somos un pueblo rico en patrimonio cultural, arquitectónico y gastronómico. Tenemos viejas casonas modernistas, grandes edificios religiosos, y puntos tan singulares como la Torre del Reloj o la querida Ermita de Santa Bárbara. Y no, no vemos lo que tenemos. Esta tarde, he estado haciendo fotos por el pueblo para el blog, y la propia gente me miraba extrañada… ¿Qué hace esta chica fotografiando las calles de Monóvar? Pues muy fácil, queridos vecinos, hacer ver a todo aquel que nos visite, lo bonito que es nuestro pueblo.

Hace unos meses se puso en marcha una iniciativa que me encanta: Acción poética. Consiste en volver a dar vida a viejas paredes mediante frases bonitas y murales a todo color. Y la verdad, el resultado no puede ser mejor. Hacen que el pueblo se vea más bonito, más romántico. Te dan ganas de pasear y descubrir todos estos murales, y como no ¡foto de postureo en cada uno de ellos! ¡Qué son mano de santo para Instagram! ¿Un punto de partida de inicio de la ruta? En la Plaza de Toros nos encontramos el primero, y ya que estamos, empezaremos nuestra ruta para visitar el pueblecito desde ese mismo lugar.

Os aconsejo dejar aparcado el coche y subir andando. A lo largo de toda la Calle Mayor, nos vamos a encontrar con viejos edificios con fachadas espectaculares. Si sois unos frikis como yo de las puertas y fachadas bonitas, Monóvar os va a enamorar. Mi favorita es una vieja fábrica de jabones. Ya de pequeñita le decía a mi madre que quería vivir ahí de mayor (bueno, no lo he conseguido aún, pero tiempo al tiempo).

Casi sin darnos cuenta, nos encontraremos con la Plaza de la Iglesia. Es uno de los puntos más bonitos que tiene mi pueblo. El jardín es un lugar magnífico donde parar a descansar y de paso, tomar unas magníficas fotografías de este encantador rinconcito. Si os gusta la arquitectura religiosa, no dudéis en pasar a visitar la Iglesia, ya que tiene uno de los órganos mejor conservados de toda la Comunidad Valenciana.

A tan solo dos pasos, se encuentra la Plaza de la Sala, con su Ayuntamiento. Aquí me he pasado yo muchas mañanas de mi infancia, de la mano de mi abuelo, nos sentábamos en los bancos de la plaza y me daba cinco duros para comprarme gominolas ¡qué feliz era en ese momento! Me agrada pasar y ver que aún siguen reuniéndose ahí los ancianos, es bonito ver que algunas costumbres no se pierden.

Y justo a mano derecha del Ayuntamiento, está, para mi, el lugar más especial de Monóvar: la Torre del Reloj. Mis abuelos vivían justo debajo de esta torre, y los mejores días de mi vida los he pasado ahí. Noches de verano, en las cuales todos los vecinos sacaban sus sillas a la calle y daban las tantas hablando de cómo solucionar el mundo. Quizás por estos momentos es por los que adoro los pueblos, esto no se vive en una gran ciudad,y no, no lo cambiaría por nada del mundo.

Desde este punto, os aconsejo visitar el Barrio de la Palera. Este barrio tiene un gran potencial turístico, sus viejas callecitas te llevan a unas maravillosas vistas del pueblo. Pero voy a ser sincera, necesita una pequeñita ayuda. Podría llegar a ser el barrio más visitado de nuestro pueblo si entre todos lo cuidamos un poquito más. Desde este barrio podremos visitar las ruinas del Castillo (solo queda una pared, pero mejor eso que nada oye), y subir a la Ermita de Santa Bárbara. Todos los monoveros le tenemos especial cariño a esta parte del pueblo. Sus fiestas son el último fin de semana de agosto, y desde aquí lanzo una pequeñita campaña para que no se pierdan. Son tiempos difíciles, pero si todos ponemos un granito de arena, al final este tradicional barrio podrá seguir teniendo año tras año sus fiestas.

A la bajada, viene una visita obligatoria: la Casa-Museo Azorín. Tenemos el honor, de haber tenido entre nuestros vecinos al ilustre escritor José Martínez Ruíz. Dicho museo se puede visitat y además, este año se celebrará el año de Azorín, para conmemorar el 50 aniversario de la muerte del escritor. Durante varios meses se van a realizar diferentes actividades en torno a su figura, que nos os podéis perder.

Si queréis tomar un tentempié con un entorno inmejorable, os aconsejo parar en la Sociedad Cultural Casino de Monóvar. Es un edificio de planta modernista, con un precioso jardín para pasear, y una terracita donde descansar y tomar algo fresquito. O mejor, ¿qué tal un vino de la zona? Tenemos varias bodegas donde hacen unos vinos especiales (como me tira la terreta, eh?): Bodegas Monóvar, Bodega Primitivo Quiles y Bodega Santa Catalina del Mañan. En cualquiera de ellas os atenderán amablemente y os harán una visita por sus instalaciones (eh,y con cata incluída).

Antes de iros, no os perdáis las vistas de las casas tan espectaculares que hay justo enfrente del Casino…¡Quién tuviera la suerte de vivir ahí!

Y para finalizar nuestro recorrido, visitaremos el antiguo Exconvento y la Plaza del Cristo. Desde aquí, en Semana Santa (que por cierto, una de las mejores de toda la Comunidad Valenciana, y no lo digo yo porque sea de aquí), se le cantan saetas a la imagen de la Cofradía del Cristo en el Jueves del Silencio. Si tenéis la ocasión, apuntar Monóvar para estos días, de verdad, os va a encantar su Semana Santa.

Pero eh, de mi pueblo no os podéis ir sin probar su comida. ¡Qué mira que se come bien en la terreta! Comeros una tonya, una gachamiga, unas cocas en aceite, una buena paella alicantina, una sopa con faseguras y un buen plato de embutido seco de la zona… ¡tengo la boca agua de solo pensarlo! Y es que, queridos viajeros, si mi pueblo es bonito, su gastronomía aún lo es más.

A los turistas que nos visiten, apreciar la belleza de los pueblecitos, son lugares especiales, y a mis queridos vecinos, amar y promover más nuestra cultura, que al fin y al cabo, si no lo hacemos nosotros…¿quién lo va a hacer? Espero que os guste este post especial, está hecho con todo mi cariño hacia el mejor pueblo del mundo: Monòver (bueno, Munove, que así lo diría un monovero de pro).

¡Seguir haciendo kilómetros mis viajeros!

 

Web ayuntamiento de Monóvar

Junta Festera de Monóver

Ruta del Vino Monóvar

 

 

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Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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Soledad

Y de pronto, apareció él. Él y su maleta. Siempre he ansiado tener un tesoro como ese, tan antiguo, tan raído, tan único. ¿Qué maravillosos lugares habrá visitado una maleta como esa? ¿Qué tesoros habrá guardado en su interior? La quiero, la necesito.

Una vez pude apartar la vista de su equipaje me fijé en su expresión. ¿Tristeza? Quizás dejaba atrás épocas mejores, épocas en las que la vida había sido generosa con él. Ahora en cambio, su semblante era serio, bueno, solitario.

Todo en él creaba misterio, quería saber quién era, cuál era su historia y cuál era su destino. Ese halo de misterio empezaba en su gabardina. Larga, muy larga, hasta casi los tobillos. De un color negro intenso, color que hacía conjunto con la expresión de tristeza de su cara. Y coronando, un perfecto sombrero. Para mi sorpresa, vi que tenía un toque de color, azul vibrante. Quizás, detrás de toda esa fachada de soledad, había una pequeña mota de esperanza queriendo salir.

Eran las 17:13, eso significaba que el misterioso señor cogería el tren con destino a Barcelona. Sí, sin duda alguna es un personaje digno de pasear por las mágicas calles de Gaudí. Me lo imagino con su perfecto sombrero comprando flores de colores, de mil y un colores, para dejar atrás su oscura gabardina, para olvidarse del pasado.

Llegó la hora de decirle adiós, su tren ha llegado. Y como si supiera que he estado pensando en él, se gira, se toca el ala del sombrero y me dedica una media sonrisa. Sí, nada mejor que coger tu raída maleta y dejar atrás la soledad.

Verdadero amor

Banyoles, 2013. Fue en ese mismo lugar donde comprendí qué era el amor.

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Allí estaban, sentados frente al lago, como si nada más en este mundo les importara. Sólo ellos dos y su nieto. El niño estaba sentado a sus pies, jugando con los patos. Tenía un trozo de pan en las manos e iba dándoles pequeñas migajas. De vez en cuando, giraba la cabeza y les sonreía a sus abuelos.

Decidí hacer un alto en el camino y sentarme a observarlos. Sus arrugadas y gastadas manos no dejaban de tocarse. Se acariciaban. Se besaban. Se amaban.

La gente seguía pasando pero nadie les miraba. ¿Cómo puede ser que nadie viera tan bonita escena? ¿Nadie se había fijado cómo sus miradas se entrecruzaban y se besaban sin ni siquiera tocarse? Hemos dejado de creer en el amor, pero no el tipo de amor que nos venden en las películas, si no el verdadero. Ése que se demuestra día tras día, semana tras semana, año tras año. El amor de los pequeños detalles: una sonrisa al despertar, un beso al volver a casa, una caricia al acostarse…

Y yo, a kilómetros de casa, comprendí qué era el amor. Me habían hecho falta muchos viajes a mis espaldas, muchas aventuras, muchas fotografías. Pero allí estaba, ante mis ojos. Fue un bonito golpe del destino que lo descubriera viajando. O igual no, al fin de cuentas el viajar es una de las mayores muestras de amor existentes. En cada viaje aprendes a amar de una forma diferente, cada kilómetro te enseña a querer cada rincón y cada persona de este planeta. Viajar nos abre la mente y el corazón. Así que era mi destino encontrar el verdadero amor viajando.

Les di las gracias desde la lejanía, y, como si lo supieran, la mujer se apoyó en el hombro del marido y sonrió (se que lo hizo,no me hacía falta verlo). Los miré una vez mas, tomé la fotografía y me fui. Quería guardar este recuerdo para siempre, que nunca se borrara de mi memoria. Ahora esta historia, la historia de dos desconocidos que cambiaron mi mundo, también es la vuestra. Cuidarla.

 

PD: Esta historia va para ti, se que serás el primero en leerla. ¡Qué suerte la mía!

Ayna

Por mis venas corre sangre manchega. Me gusta el campo, correr detrás de las ovejitas (siempre he querido abrazar una…), y sacar una navaja para cortarme un buen trozo de chorizo, de esos caseros que trajo mi abuela del pueblo.

Siendo yo pequeña, mi abuelo me contaba sus andanzas de jovenzuelo. Me decía que en Albacete to’ era campo. Que allí, hasta para ir a ver el fútbol, iban en carro. Así que ya os podréis imaginar cuál era mi percepción de aquellas tierras, a lo película de Almodóvar. Cuál fue mi sorpresa, al echarme yo novio manchego (cosas del destino), que descubrí que Albacete no solo tiene molinos sacados de los mejores versos de Don Quijote, si no que tiene paisajes y pueblecitos dignos de aparecer en un blog de viajes (que si amigos, que lo tenemos olvidado en nuestros escritos).

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Y como estamos en la semana del amor, os voy a recomendar un pueblecito muy muy romántico: Ayna. Enclavado en plena Sierra del Segura, es conocido como ‘La Suiza Manchega’, ya que está situado en pleno cañón del Río Mundo. Para llegar hasta allí imaginaros la de curvas que os vais a encontrar…¡Viodramina a mano! Y para entender el por qué de este nombre tan curioso, os aconsejo parar en el Mirador del Diablo (que no os asuste el nombre, esta foto no puede faltar en vuestro álbum). Desde lo alto del mirador podremos apreciar la agradable visita que nos espera del pueblecito.

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Pero antes de llegar, hubo un detalle que me llamó muchísimo la atención: una vieja moto con sidecar. Al acercarnos nos dimos cuenta de que es un homenaje a una película grabada en estas tierras: ‘Amanece que no es poco’ (si no me equivoco del año 89). Y yo, que soy la reina del postureo turistil, no pude aguantar mis ganas de hacerme la foto con el sidecar y la Sierra de fondo. ¿Mola, eh?

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Ya llegamos y tuvimos la mejor suerte del mundo: ¡aparcamos justo a la entrada del pueblo! Nada más bajar del coche, sentí la paz que se respiraba en sus calles. Libres de turistas, (sólo estábamos nosotros en todo el pueblo), sin tiendas de souvenirs, y con las puertas de los vecinos abiertas de par en par.¡Me gustó tanto! Allí el tiempo se había parado, no importaban las prisas ni los atascos de las grandes ciudades. Varios vecinos, sentados en sus portales, nos saludaron y nos dieron la bienvenida. ¡Qué bonicos por Dios!

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¿Y que contaros del pueblo? Es precioso. Lo mejor es no ir con un plan establecido, simplemente dejarte llevar por sus callecitas. Cada rincón tiene algo especial, que te llama la atención para que le fotografíes. No esperéis grandes monumentos como iglesias grandiosas o murallas fortificadas. A cambio vais a encontrar un pueblo de verdad, de los que aún conservan sillas de mimbre en las calles, botijos colgados de las fachadas y olor a pan recién hecho en la panadería del pueblo.

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Lo mejor de Ayna son sus miradores, además del ya mencionado, en nuestro recorrido por el pueblo nos encontraremos con varios de ellos. Para mi, el más bonito es el Mirador de los Mayos. Se encuentra al fin de la Calle del Castillo y para poder acceder tienes que pasar por un cortado en la roca. ¡Si vais con niños les va a resultar super emocionante! (bueno y a los no tan niños también…). Y el otro que me llamó mucho la atención fue el Balcón de los Picarzos. Se encuentra junto al Centro Social y es ideal para tomarte un café acompañado de unas vistas inmejorables.

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Si os encanta disfrutar de la naturaleza, ¡estáis de suerte! El pueblecito cuenta con un mantial de agua y una pequeña cascada. Es un lugar ideal para sentarse y relajarse, dejar atrás el estrés y darte cuenta de que el paraíso está mucho más cerca de lo que nos pensamos.

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Nos sentamos en la plaza del pueblo para descansar un poco los pies y se nos acercó un adorable señor. Nos contó que era vecino de toda la vida y que le daba mucha pena ver que el pueblo se estaba despoblando. Los jóvenes estaban emigrando a las grandes ciudades y cada vez había más casas cerradas y abandonadas. Casas señoriales que en su época habían sido grandes almacenes de ropa, a los que acudían gente de toda la provincia, hoy estaban cerrados a cal y canto. Se que es difícil la vida en estos pueblecitos, pero Ayna no puede desaparecer. Su magia, sus tradiciones y sus encantadores vecinos merecen que sus calles vuelvan a estar repletas de turistas, turistas que aprecien las bellezas rurales.

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Antes de poner rumbo a casa tenía que hacer algo que llevaba toda la mañana deseando: entrar a la panadería y comprarme unos suspiros de Ayna. ¡Qué buenos estaban! Recién hechos, calentitos, con un olor a dulce casero… (si, podéis babear). ¡Qué bien sienta al cuerpo una ración de pueblecito encantador!

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Viajar mucho mis turistas, pero sobretodo, descubrir lugares tan maravillosos como Ayna, que a veces, pasan desapercibidos para el turista deseoso de grandes clichés turísticos.  Si buscáis un rinconcito de paz en pleno corazón de España, Ayna os va a enamorar.

¡Seguid sumando kilómetros mis viajeros!

 

– Turismo de Ayna

– Turismo Sierra de Albacete

Presentación Vidas Cruzadas

Estaciones de tren.

Todas y cada una de ellas tienen encerradas miles de historias que están por contar. Sus muros están plagados de besos, llantos, deseos y añoranzas. Por sus andenes miles de vidas se cruzan por una milésima de segundo. Vidas, que por muy diferentes que sean, tienen algo en común: los viajes y los sentimiento. Vidas cruzadas.

Me gusta simplemente ir, sentarme y contemplar. Imaginarme cómo será la vida de los pasajeros. Suelo fijarme en los pequeños detalles, aquellos que nadie suele ver. Un tic nervioso en el pie, una vieja maleta que habla de vidas pasadas, unos labios rojos recién pintados… Con cada ínfimo detalle, la imaginación lo convierte en relato.

Imagino bellas historias de amor, largas ausencias, despedidas amargas y nuevos comienzos. Microrrelatos de vidas ajenas, vidas que el destino ha colocado en mi camino.

Una vez leído el relato, ni tú ni yo sabremos cuánto hay de cierto en cada historia.A lo mejor, esa vida cruzada no está conforme con mi visión de su realidad, pero así es el juego. Cada uno ve el mundo que le rodea con sus propios ojos.

¿Te animas a coger el próximo tren conmigo?

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Cehegín

Fíjense que yo, siendo de Alicante (la mejor terreta del mon, por cierto), nunca había pisado tierras murcianas. Bueno, miento, como cualquier buen dominguero que se precie, un día mi padre nos subió al coche y nos dijo: ‘ale, nos vamos al Ikea’. Y si, el Ikea y la Nueva Condomina son muy bonicos, pero… mi instinto viajero me estaba pidiendo a gritos que me dejara de tanto domingueo y visitara las tierras murcianas como se merecen. Así que, convencí a mi amorcillo (que la verdad, lo chantajeé facilmente con un bocata y un fuet… si es así de facilón), cargamos el coche y hacia Murcia que nos fuimos.

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Tenía ya bastante ganas de visitar un pueblecito del cual siempre me habían hablado: Cehegín (que por cierto, lo mio me costó aprenderme el nombre). Así que por supuestísimo fue la primera parada de nuestra ruta. A la entrada de la población hay una vista espectacular de la silueta del pueblo: casitas de colores, campanarios, huertecitas típicas murcianas… Medio le grité emocionada a mi chico para que parara el coche, ¡esa foto no podía faltar en mi blog! Después de bajar, hacer la foto y tranquilizarme (si, tranquilizarme, y es que cuando un pueblecito veo que me va a enamorar, me empieza a entrar la histeria viajera), decidimos buscar un lugar para aparcar.

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Y en eso de aparcar, la verdad es que siempre tengo suerte. ¡Aparcamos en plena plaza del pueblo! Nada mas bajarnos del coche vimos como unos vecinos de Cehegín estaban montando como una especie de hoguera. Yo, que soy la reina de las cotillas viajeras, me acerqué a un mozo del pueblo para saber qué era lo que celebraban. Bueno pues según me contó, eran las fiestas en honor a San Sebastián (aplazadas desde el fin de semana del 20 de enero a causa del temporal de frío) y que esa misma noche encenderían la hoguera y habría música y ¡migas!. ¡Qué alegría más grande, fiesta, pueblecito encantador y comida todo en uno! ¡Mi paraíso!

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Decidimos dejarnos las migas para más tarde y empezamos nuestra visita por las calles del pueblo. Y reconozco que no esperaba la maravilla que me encontré. ¡El casco antiguo está lleno de antiguos palacetes!: la Casa de las Columnas, la Casa de las Boticarias, Palacio de los Fajardo, Palacio de la Tercia… ¡menudo patrimonio arquitectónico que tiene Cehegín! De verdad que con un mapa en la mano, es un placer poder visitar todos y cada uno de los palacetes, cada cual mas colorido y bonito que el anterior.

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Y en cuanto a monumentos religiosos Cehegín no se queda corto. Cuenta con una sinagoga y cuatro magníficas iglesias: Iglesia de la Soledad, Santo Cristo, Concepción y Santa María Magdalena. He de reconocer, que para mi la más bonita fue la de Santa María Magdalena, que se encuentra justo en la plaza del Castillo y tiene un torreón espectacular que se ve desde diferentes lugares del pueblo. Pero hubo un riconcito que se convirtió en uno de mis favoritos: La ermita de la Purísima Concepción, que, ademas de tener una plaza bien bonita, justo en sus espaldas, tiene la mejor vista de todo Cehegín. ¡Que belleza! No os olvidéis de este rinconcito ya que merece mucho la pena.

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Lo mejor es perderse en sus callecitas, ya que en cada una de ellas encontraréis algo digno de fotografiar: las diferentes puertas de la antigua muralla, las diferentes plazas, torres, casitas antiguas con un encanto especial… ¡Qué queréis que os cuente si me enamoró este pueblecito murciano!

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Volvimos a la Plaza del Castillo y en ese momento me fijé en lo bonita que era. Tiene un edificio con portales, pintado de un color amarillo vibrante, que hace que no puedas apartar la vista de él. Lo acompaña un precioso jardín con la escultura de un nazareno, la Casa de las Boticarias, y al fondo la Iglesia de Santa María Magdalena.

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Decidí sentarme, tomar aire y ver como montaban la hoguera. Me encantó ver como los mayores enseñaban a los niños cómo era la mejor forma de hacerla. Por estas cosas, es por las que amo los pueblecitos… ¡Dime tu a mi si en la capital te vas a encontrar una escena tan entrañable como esta! Eso si, los abuelitos sentados en el banco mirando y opinando que en su tiempo la hoguera era mejor, no podían faltar.

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Estaba yo tan abosorta y enamorada del pueblecito que no me di cuenta de que ya iba siendo hora de darle comida al cuerpo. ¡Y volvimos a tener la mejor suerte del mundo! ¡Celebraban el fin de semana de la tapa! De verdad, ¡qué maravillosa es la provincia de Murcia! Nos pusimos hasta las trancas de tapas murcianas, me tuve que desabrochar el cinturón y todo (luego me quejo de que la dieta no funciona…). Y así, más feliz que una perdíz, decidimos dar por finalizada la visita a esta población taaaan encantadora. Eso sí, antes de irnos tenía una misión pendiente: y es que, soy una friki total de las puertas azules y paredes blancas (si, cada uno a lo suyo con sus obsesiones). Y resulta que vi varias de ellas a lo largo de nuestro recorrido. Pues eso, foto de postureo con la preciosa puerta azul y para casa.

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Espero que después de leer este entrada, os animéis y hagáis una pequeña escapada a Cehegín, que yo no soy de enamorarme mucho, y fijaros me prometí volver tan pronto como pueda. Un saludo desde aquí a una vecina encantadora que nos hizo de guía turística improvisada, explicándonos lo maravilloso que era su pueblo, ¡qué razón tiene!.

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¡Seguid haciendo kilómetros mis viajeros!

http://www.turismocehegin.es/

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Mapas turísticos Cehegín